Sobre los términos “fascismo” y “fascista” y su función social

Introducción

Desde el surgimiento del fascismo en Italia en los años veinte del siglo pasado hasta la actualidad, los términos “fascismo” y “fascista” han seguido una interesante evolución semántica que tiene que ver con su función pragmática-social. Resulta interesante seguir este proceso, pues da cuenta de la extraordinaria movilidad de los significados que se produce en los vocablos relacionados con los discursos políticos y de su estrecha relación con las necesidades política de quienes los emplean con estos cambios.  

¿Qué fue el fascismo en sentido estricto? 

Como bien sabemos, el fascismo es el nombre del movimiento político creado y encabezado por Benito Mussolini en los años veinte del siglo pasado. 

El fascismo combinaba el totalitarismo político con la presencia de elementos económicos socialistas (como la intervención estatal en la producción, los salarios y el mercado) y un exacerbado nacionalismo. Tenía, por tanto, similitudes con los idearios de los nazis alemanes y los comunistas rusos. Los parecidos con los comunistas rusos estribaban en el carácter revolucionario de su movimiento (esto es, la utilización de la violencia para alcanzar el poder y mantenerse en él), la prohibición de los partidos opositores, la negación del liberalismo económico y político y el control de la producción por medio del llamado “corporativismo”. 

¿Qué diferencia hay entre el fascismo y el comunismo? La propiedad privada

Las diferencias entre el fascismo y el comunismo estribaban en que, mientras que los comunistas no respetaban la propiedad privada, los fascistas sí lo hacían, aunque poniendo a las empresas bajo la autoridad del Estado. Es decir, en el fascismo, el patrón seguía siendo el dueño de su empresa, pero no tenía libertad plena para dirigirla, ni para optimizar su beneficio, sino que estas decisiones dependían total o parcialmente del Estado. En el comunismo, la empresa era expropiada y el patrón perdía su propiedad, pasando la misma a ser propiedad del Estado y siendo gestionada por las personas que el Estado designase.

¿Qué diferencia hay entre el fascismo y el comunismo? La supuesta participación democrática de la población.

Los comunistas señalan como otra diferencia el hecho de que en su régimen, son los obreros quienes detentan supuestamente el poder político y eligen sus representantes democráticamente. Pero en la práctica, todos los regímenes comunistas desde la URSS hasta China se han caracterizado, como todos sabemos, por la existencia de un partido único y una dirección política a cargo de la elite del Partido Comunista, de la misma forma que el régimen de Mussolini también tuvo su propia elite dirigente y también hacía elecciones restringidas.

Tabla comparativa entre democracia liberal, fascismo y comunismo

Simplificando, podemos comparar los sistemas políticos y sociales en esta tabla en la que observaremos que entre el comunismo y el fascismo hay más parecidos que diferencias.

Regímenes liberalesFascismoComunismo
Acceso al poder exclusivamente por vías democráticasAcceso al poder mediante elecciones o la violencia revolucionaria.Acceso al poder mediante elecciones o la violencia revolucionaria.
Libertades políticas y elecciones libres.Régimen de partido único. Censura. Represión violenta de los oponentes políticos.Régimen de partido único. Censura. Represión violenta de los oponentes políticos. 
Libertad de prensa y de expresión. Utilización sistemática de la violencia, la cárcel y el asesinato contra sus enemigos políticos.Utilización sistemática de la violencia, la cárcel y el asesinato contra sus enemigos políticos.
Libertad de empresaEconomía planificada por el Estado.Economía planificada por el Estado.
Existencia de propiedad privada.Existencia de propiedad privada.Ausencia de propiedad privada.
Control de la empresa por sus propietarios.Participación del Estado en el control de las empresas.Expropiación y nacionalización de las empresas.

¿Qué designan los términos “fascismo” y “fascista” hoy día? El proceso de generalización y envilecimiento.

Sin embargo, el significado de estas palabras en la actualidad es mucho más amplio de lo que fue en sus inicios hace cien años. Desde el punto de vista semántico, se han producido en ellas dos procesos: los llamados “generalización” y “envilecimiento”. 

Llamamos “generalización” al cambio semántico que supone que el significado de una palabra pase a designar algo más general o amplio de lo que designaba originalmente. Y así, mientras que en los años veinte, “fascista” se aplicaba de forma estricta a los seguidores de Mussolini, hoy día se emplean los términos “fascismo” y “fascists” de forma generalizada refiriéndose como “fascismo” no a ese movimiento concreto sino a todas las ideologías que se consideran autoritarias, poco democráticas o directamente violentas y de la misma forma se definen como “fascistas” a quienes se considera que defienden estas ideas. 

Además ambos términos (“fascismo” y “fascistas”) han sufrido un proceso de envilecimiento, pues han pasado de designar de forma neutra a los fascistas originarios (que entonces y ahora se siguen proclamando como tales de forma orgullosa)  a utilizarse como insulto individual y colectivo, con connotaciones claramente peyorativas.  

¿Cómo y por qué se generalizó y envileció el término “fascista”? 

El vocablo “fascista” dejó de ser una denominación objetiva, con significado denotativo como seguidor de Mussolini y comenzó a ser utilizado como insulto con significado connotativo contra quienes no eran realmente fascistas a finales de los años veinte. Esta obra de modificación semántica se debió al comunismo ruso, sus ideólogos y propagandistas.

Comenzó por el uso del vocablo “social-fascista”, que fue una creación de la Internacional Comunista (Komintern) en su VI Congreso en 1928 para atacar a sus (entonces) enemigos socialdemócratas. Inicialmente, este término se empleó como insulto y forma de señalamiento y aislamiento contra los partidos socialistas europeos en una época en que los comunistas pugnaban por diferenciarse nítidamente de todo aquel que no fuera comunista. Recordemos que los enfrentamientos entre estos partidos socialistas y comunistas habían sido muy fuertes llegando en algunos lugares al asesinato como ocurrió en Alemania. Los comunistas habían escindido la II Internacional y creado la III Internacional o Komintern acusando a los socialistas de “criminales”, “revisionistas” y “traidores” a la clase obrera. Recordemos que, por ejemplo, el líder obrero de la UGT y del PSOE, Largo Caballero, que luego sería llamado el “Lenin español”, formó parte del gobierno del dictador Primo de Rivera. Así, los miembros del PSOE o del SPD alemán pasaron a ser llamados por los comunistas “socialfascistas”.

Pero tras la llegada de Hitler al poder en 1933, el VII Congreso de la Internacional Comunista de 1935 impulsó por toda Europa la creación de “frentes populares” con los partidos socialistas, por lo que los socialdemócratas pasaron de ser enemigos a ser aliados de los comunistas. Por ello, se dejó de emplear el término “socialfascista” y se pasó a generalizar el término “fascista” para designar de forma genérica a los principales opositores al comunismo, que dejaron de ser los socialistas para ser todos los grupos de derecha. Durante la Guerra Civil española, el término se generalizó todavía más, pasando a designar no solo a los seguidores de Falange, sino a los militares, a los religiosos y sus fieles católicos y a las personas de clase media o alta independientemente de su ideología. Todos ellos pasaron a ser “fachas”. Podemos ver ejemplos de este análisis, por ejemplo, en la interesante obra de Clara Campoamor La revolución española vista por una republicana reseñada aquí.

El termino “fascismo” y su función pragmática como chivo expiatorio

Hay una parte de la humanidad que muestra una evidente tendencia a desviar sus problemas y errores hacia los demás. De esta forma, de verdugos o culpables pasan a mostrarse como víctimas. Con esto consiguen limpiar su conciencia, desviar el enfado y el dolor hacia sectores más débiles de la sociedad y, además, recabar simpatías hacia ellos mismo. Se conoce la figura del chivo expiatorio desde la Antigüedad con el sacrificio ritual de personas luego sustituidas por animales y podemos advertir esta misma tendencia en cualquier grupo humano, entre pandillas de amigos, en las clases de los institutos, en las familias y, por supuesto, en la política. Y así, este proceso de asilamiento social y deslegitimación que en ámbitos familiares llamamos ser el “garbanzo negro” y en el ámbito laboral hoy llamamos “acoso”, en la política se ha empleado también con profusión desde los inicios. Ya se hablaba entre los griegos del “ostracismo”, durante la Edad Media se generó el antisemitismo y a partir de nuestro Siglo de Oro, la leyenda negra ha sido el elemento clave usado por los protestantes para estigmatizar a los españoles como punta de lanza del catolicismo y hacerse con el dominio mundial fragmentando la comunidad hispanohablante.

Se trata, por tanto, de un fenómeno tan viejo como el hombre y que sigue hoy día teniendo plena efectividad. Hoy día, en España, se sigue hablando por parte de la izquierda o de los partidos separatistas de establecer “cordones sanitarios” contra Vox o contra el PP, con la carga semántica que esto conlleva. Al emplear esta terminología, las personas contra las que se establecen esos cordones sanitarios son, por tanto, convertidas en gérmenes patógenos, deshumanizándolas de hecho.

Los nazis hicieron eso mismo con los judíos. Primero los señalaron como culpables de la decadencia de Alemania, después los animalizaron comparándolos con cucarachas o ratas, luego los aislaron socialmente, después los encarcelaron y finalmente los asesinaron por millones. Este comportamiento inhumano ha convertido a Hitler en el enemigo público número uno de la historia de la humanidad y buena prueba de ello es que en el reciente conflicto ruso-ucraniano, los dos bandos califican a sus rivales como “nazis”. Esa es la etiqueta que acepta toda la humanidad como significante de las mayores cotas de crueldad e inhumanidad posible. En esto hay un consenso casi universal. 

Sin embargo, como muestra de forma irrebatible Yuri Slezkine en su magnífico ensayo La casa eterna, quienes desarrollaron ese sistema de violencia social y lo llevaron a sus mayores cotas de inhumanidad y exterminio, tanto en número de personas como en el perfeccionamiento cruel de las torturas y asesinatos fueron los comunistas rusos desde Lenin en adelante.

La creación constante  de un enemigo imaginario

Y fueron los comunistas rusos quienes comenzaron sus “cordones sanitarios” desde su acceso al poder. La Revolución rusa, desde el principio, fue un baño de sangre ejecutado por los comunistas rusos en el que murieron por violencia política e ineficacia administrativa decenas de millones de personas. Repitámoslo: a pesar de que han sido los nazis quienes han acabado como representantes máximos de la maldad humana, decenas de millones de rusos habían muerto en la URSS a manos de los comunistas rusos antes de que Hitler llegara al poder. Obviamente, ante esa avalancha de hambrunas y asesinatos masivos en la URSS, los dirigentes solo vieron una forma de impedir la rebelión social, como muy bien señala Orwell en su obra 1984: reprimir hasta la cárcel, la tortura y la muerte cualquier foco de disidencia posible o inventado y generar un enemigo al que echarle las culpas del desastre económico que las ideas comunistas habían producido. Crearon desde el principio una policía política, el NKVD (en el que luego se inspiró la Gestapo) y se aprestaron al señalamiento de disidentes reales e imaginarios, para luego ejecutar sobre ellos la más cruel represión. Los encarcelamientos y asesinatos ejecutados además contra supuestos enemigos (muchas veces militantes comunistas) cuya inocencia era conocida perfectamente por familiares, compañeros de trabajo o camaradas del partido, servía para crear un ambiente de Terror social del que era imposible sustraerse. En ese clima terrible, en el que los propios hijos denunciaban a sus padres, se criaron todas las generaciones soviéticas desde 1917 hasta 1989. 

De esta forma, los bolcheviques desde Lenin hasta la actualidad fueron poniendo nombre a los supuestos enemigos que impedían el progreso de la URSS, a los que hacían culpables de todos los males que asolaban el país. Primero, nada más tomar el poder, fueron los “zaristas”, denominación en la que incluyeron por ejemplo a los cosacos. Cuando violaron, mataron y robaron a todos los “zaristas”, los enemigos de la Revolución pasaron a ser los “burgueses” y los “intelectuales”. Tras el encarcelamiento o fusilamiento de miles de familias enteras de la clase media rusa, los comunistas designaron un nuevo enemigo: los “kulaks”. Era el tiempo de la colectivización forzosa (que generó una hambruna que solo en Ucrania costó más de cinco millones de muertos). Entonces, cualquier propietario de tierras por minúscula que fuera su propiedad podía ser considerado un “kulak”, lo que suponía el requisamiento de las cosechas, la expropiación de sus tierras y su encarcelamiento en Siberia para realizar trabajos forzosos. Es ahí cuando surge el Gulag, el impresionante y terrible conglomerado de campos de concentración soviético que luego imitarán, pálidamente, por supuesto, los nazis. Cuando los comunistas soviéticos acabaron con la clase de los “kulaks”, la economía seguía yendo fatal y el nuevo enemigo fueron los “saboteadores”, que al parecer no tenían mejor cosa que hacer que sabotear los procesos económicos para empobrecer Rusia. Otros tantos millones de personas, entre ellos muchísimos líderes comunistas, fueron encarcelados y asesinados acusados de ser “saboteadores”. Después vinieron los “agentes provocadores”, luego los “social-fascistas” y finalmente los “fascistas”. En todos los casos, lo que menos importaba era qué quería decir el vocablo, porque en realidad siempre quiso decir lo mismo: enemigo que hay que eliminar como a “insectos”. Este lenguaje, consistente en animalizar a los enemigos reales o imaginarios, fue inventado por el propio Lenin y como demuestra Slezkine está en todos sus artículos, documentos y correspondencia privada. Para Lenin los enemigos son insectos, cucarachas, etc. No es un proceso inventado por Stalin, aunque él mismo lo desarrollara como nadie, sino que surgió con el propio comunismo real. 

Los términos “fascista” y “fascismo” como polarizadores sociales y chivos expiatorios del comunismo: El caso de Andrés Nin

Este proceso, en España, mostró muchísimos ejemplos tras la llegada de los espías rusos del NKVD durante la Guerra Civil, donde con la anuencia de los sucesivos Gobiernos prosoviéticos, organizaron y dirigieron el SIM (Servicio de Inteligencia Militar). El PCE consiguió en aquellos tiempos popularizar el término “fascista” (con su variante española: “facha”) entre los comunistas y sus aliados contra sus enemigos políticos, independientemente de que fueran fascistas en sentido estricto o no. De hecho, fueron decenas de miles las personas asesinadas por los comunistas durante la Revolución española desde 1931 hasta 1939 acusadas de ser “fascistas” y posteriormente. Tal fue el caso de Andrés Nin, que había sido secretario personal de Trostky, enemigo de Stalin (también asesinado en 1940 por un agente estalinista, el español Ramón Mercader).

Nin era el líder del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) que, dentro del bando republicano, se enfrentó durante la Guerra Civil al todopoderoso PCE proponiendo unas políticas más abiertamente revolucionaria. Este proceso lo describe muy bien George Orwell en su Homenaje a Cataluña, pues el escritor inglés participó en nuestra guerra enrolado en las milicias del POUM. De su experiencia en nuestra guerra surge precisamente su visión sobre el comunismo que plasma en 1984. Tras los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona (una pequeña guerra civil entre los comunistas del POUM y la CNT dentro de la Guerra Civil contra los estalinistas), el PCE publicó una falsa carta en la que Nin, supuestamente, proponía a Franco ayudarle a invadir Barcelona. Hoy todo el mundo sabe que esa carta que se empleó como prueba acusatoria era torpe y absolutamente falsa, pero las cosas no eran tan sencillas en 1937 y, de hecho, a las pocas semanas, el periódico del POUM (La Batalla) fue prohibido por el Gobierno prosoviético de la República y Nin fue secuestrado por agentes del espionaje soviético (NKVD) y conducido a Alcalá de Henares, donde fue despellejado y asesinado por los espías rusos. Su cadáver aún no ha sido encontrado, aunque no parece que haya nadie interesado en encontrarle, lo cual puede estar relacionado con lo que estamos hablando.

Cuando esto ocurrió, los militantes del POUM lanzaron una consigna en pintadas callejeras que rezaba: “¿Dónde está Nin?”. A esta campaña por esclarecer el secuestro y asesinato de su líder, los comunistas del PCE contestaban jocosamente escribiendo debajo: “En Burgos, en Roma o en Berlín.”; es decir, tras haberlo asesinado, tildaban a Nin de fascista. Incluso Negrín, el presidente del Gobierno, declaró que Nin estaría “con sus amigos de la Gestapo”. Recordemos que, en esos mismos momentos, era el propio Stalin quien se disponía realmente a negociar con los nazis un pacto que suponía la repartición de Polonia entre ambos países.

El antifascismo como plataforma de masas del comunismo 

El antifascista como antónimo del fascista.

Es también una creación de la guerra española la figura del “antifascista”, como ser político cuya finalidad principal es noble y altruista, pues se trata, simplemente, de un “enemigo del fascismo”. A ese banderín de enganche intentaron unir los comunistas (y con mucho éxito) a todos las personas (de buena o mala fe) que pudieron. Desde el inicio de la contienda, una de las más significativas en lo relativo a la propaganda, los comunistas crearon un relato según el cual la Guerra Civil española era el combate entre un gobierno democrático legítimamente elegido y un grupo de fascistas que se había alzado en armas contra él. Este relato no fue creído por las democracias burguesas de la época y de ahí que tanto Inglaterra como Francia o Estados Unidos firmaran el famoso pacto de no intervención.

Pero otra cosa fueron las masas de estos países y del mundo occidental que, como democracias, eran muy susceptibles a la propaganda. Y a esta tarea se aprestaron los comunistas, lanzando la dicotomía “democracia-fascismo”, que ocultaba la real “comunismo-anticomunismo”, que era la que realmente entre la población española operó durante todo conflicto.

En esta tarea singularmente se intentó polarizar a los escritores y artistas, intentando que firmaran “manifiestos antifascistas” por el tremendo efecto propagandístico que ello tenía en todo el mundo. Y con esa finalidad, los comunistas crearon la Alianza de Intelectuales Antifascistas (AIA) en la que figuraron prestigiosas personalidades como o se hicieron manifiestos en Hollywood. 

Fue así como surgió el término “antifascista”, intentando dividir el mundo en dos facciones opuestas e irreconciliables. Por un lado, estarían los “fascistas” que, como ya hemos visto, eran una creación del comunismo que englobaba a todos los enemigos políticos del comunismo y, por el otro, estarían los antifascistas, que era el término con el que los propios comunistas se designaron a sí mismos y a quienes les quisieran acompañar en su viaje.  La elección de este término intentaba agrupar a toda la población a la que le repugnaba el fascismo, buscando de esta forma atraer a la ideología y estrategia comunista a personas inicialmente no comunistas para instrumentalizarlas para sus propios fines. Esta técnica tan simple como efectiva sigue siendo utilizada hoy por los comunistas en todo el mundo y sigue recogiendo simpatías entre las personas más ingenuas.

Los términos “fascismo” y “fascista” tras la Guerra Mundial

Tras la Guerra Mundial y la derrota de los países del Eje, que podían ser clasificados como “fascistas” (Japón, Alemania e Italia), surgió el Telón de Acero y la Guerra Fría: el mundo de los bloques comunista y anticomunista, el Pacto de Varsovia y la OTAN. Esto hizo que, por ejemplo, la dictadura de Franco y otras similares fueran toleradas por las democracias liberales en la medida en que formaban parte del bloque anticomunista. Esto hizo que el término “fascista” y “fascismo” retrocedieran en su uso y pasaran a ser utilizados en Estados Unidos o Europa solo por los comunistas o filocomunistas.

Estos pasaron a asociar ambos términos a las dictaduras militares de todo el mundo, independientemente de que pusieran o no la economía en manos del Estado. Así la dictadura de Franco o Pinochet fueron caracterizadas como fascistas mientras que con la de Perón el juicio es más benévolo y la de Fidel Castro, directamente no era “fascista”, pues era comunista. Tampoco se designaron así los grupos terroristas de izquierda que defendían ideas comunistas (y por tanto totalitarias) mediante el crimen y el asesinato.

El sinónimo referencial actual del fascismo: el término “ultraderecha”

En los últimos años, se ha producido en toda Europa el surgimiento de unos partidos que manifiestan un abierto rechazo ante la inmigración ilegal, reivindican las tradiciones culturales y la identidad política de sus propios países, son conservadores y cristianos desde el punto de vista moral y desconfían de las regulaciones de corte socialdemócrata que imperan en la Unión Europea. Este bloque ha sido tildado de “ultraderecha” sin atender a las diferencias que pueda haber entre ellos. En la mayor parte de los casos, estos mismos partidos no han mostrado gran interés en deshacerse de esta etiqueta. El auge de estos partidos ha conducido a que, sobre todo en medios socialistas, se haya comenzado a emplear este término en vez del de “fascismo”, pero buscando las mismas finalidades. Este uso se debe a que ninguno de estos partidos reivindica la violencia ni la llegada o mantenimiento del poder por medios violentos.

Los términos “fascismo” y “fascista” en España

El caso español es el más interesante para nosotros, pues es el país en el que vivimos y quizás en el que el término se ha revitalizado con mayor vigor en la última década empleado por dos sectores muy marcados: los comunistas y los separatistas catalanes y vascos. 

La utilización actual se debe, en primer lugar, a las tendencias que en la izquierda española se dieron de forma recurrente tras la Transición a romper el pacto del olvido de lo ocurrido en la Guerra Civil y que daba por supuesto crímenes nefandos por ambos bandos. Este pacto de convivencia se rompió bien pronto y la acusación de “fascismo” abierta o encubierta contra los partidos de derecha y sus militantes se dio desde la izquierda (singularmente el PSOE de Felipe González) desde la propia aprobación de la Constitución (1978) y se revitalizó cada vez que la izquierda vio peligrar su mayoría parlamentaria (singularmente en las elecciones de 1996 con el spot donde se representaba al PP con un dóberman, perro de connotaciones nazis) y eso a pesar de que cuatro de los siete redactores de la Constitución eran de derechas. Esta tendencia llevó a que la derecha española haya sido acusada reiteradamente por los líderes socialistas de ser “heredera del franquismo”, de “no ser homologable a la derecha europea”, de tener comportamientos antidemocráticos o incluso, directamente (en el caso de Vox), de ser fascista. Esta línea de propaganda socialista ha sido secundada por los comunistas sobre todo tras la irrupción de Podemos.

Por otro lado, los separatistas han empleado los términos con igual profusión y así tanto el mundo de la ETA como el separatismo catalán han tildado como “fascistas” a quienes se le han opuesto e incluso ha intentado deslegitimar a España calificándolo como “Estado fascista”, insistiendo en que pervive en nuestra nación el franquismo y justificando de forma constante las agresiones, el aislamiento y hasta el asesinato de de sus opositores (muy singularmente de las casi mil víctimas de la violencia etarra).

La finalidad pragmática: la extensión del terror. 

Desde un punto de vista pragmático, la voz “fascista” se empleó y se emplea, por tanto, por elementos comunistas y filocomunistas contra una persona o un partido con la intención de aislarlo socialmente y, posteriormente si se dan las circunstancias oportunas o necesarias, reprimirlo, prohibirlo, agredirlo y asesinarlo. Es decir, el término, como todo insulto, es el paso previo en la escalada de la violencia, convirtiéndose además en la justificación del empleo de métodos violentos contra las personas que primero han sido así caracterizadas. Es decir, primero se le adjudica el calificativo de “fascista” a algún grupo de personas y eso sirve como justificación suficiente para repudiarlo, aislarlo socialmente, prohibir la difusión de sus ideas, encarcelarlo o asesinarlo. Por tanto, la finalidad pragmática del vocablo es la instalación del terror social, favoreciendo de este modo la pasividad y la inacción ante las políticas comunistas. 

De este modo, además, se realiza una política disuasoria y preventiva. Si una organización a la que previamente hemos catalogado como “fascista”, alcanza el poder democráticamente, nos sentimos legitimados para utilizar cualquier medio para derribarla, singularmente el caos y la violencia. Un ejemplo claro de esto lo pudimos ver en España en 2019, cuando Podemos reaccionó a su derrota electoral y a la victoria del PP declarando la “alerta antifascista”, que consistió en promover conflictos callejeros incluyendo violencia y vandalismo, que no llegaron a más no por falta de interés de sus promotores, sino por el escaso eco social obtenido.

Ese mismo proceso se sigue utilizando hoy por parte de toda la izquierda. Tanto el PSOE como Podemos y sus terminales mediáticas repiten hasta la saciedad la acusació a Vox de ser fascistas y la derecha de ser “cómplices del fascismo y la ultraderecha”, término que es ahora más utilizado para referirse a los enemigos del socialismo y el comunismo. Esto es perceptible cada día en el Telediario o en las declaraciones de los grupos de izquierda. Solo hace falta tener ojos y mirar la realidad de manera objetiva.

Lo más singular de la evolución del término es que algunos partidos de derechas en España, Ciudadanos y el PP, también han empleado últimamente estos términos para designar a sus enemigos políticos, con lo que la generalización del término es ya absoluta llegando a grados de confusión tragicómicos. De este modo, es la misma derecha quien renuncia a explicar a la población qué es el fascismo y cuáles fueron sus causas, para asumir la propia lógica del comunismo, pero encauzándola fuera de su significado primigenio y dirigiéndola hacia otro objetivo externo a ellos: los propios comunistas, singularmente cuando emplean métodos de tipo violento. De este modo, para los ideólogos de la derecha, “fascista” es un sinónimo de “autoritario” o “violento” y no un seguidor de Mussolini.

Conclusiones

Finalizamos por fin esta serie con las siguientes conclusiones fundamentales:

1. El término fascista se asocia con el totalitarismo, la ausencia de libertades, la tortura, la represión y la muerte. Hitler sería el máximo exponente del mismo y el enemigo más importante de la humanidad. 

2. El término fascista se utiliza de forma generalizada por las izquierdas para designar a personas que no son objetivamente fascistas. 

3. La finalidad de su uso es aislar a los colectivos sociales que la izquierda elige como enemigos. Su significado acaba quedando realmente vacío, pues se aplica de forma arbitraria. Su sentido es siempre el de “ser despreciable”. La finalidad es el aislamiento social de estos grupos y finalmente, si se dan las condiciones, su represión, encarcelamiento y asesinato.

4. La segunda finalidad de usar ese término es polarizar la sociedad y dividirla. Al designar a una parte como fascistas, se persigue conseguir que el resto de la sociedad también se declare anti-fascista y simpatice por tanto con la ideología comunista. De estas simpatías provendrán alianzas, influencias ideológicas e incluso la hegemonía ideológica sobre las masas.

5. La tercera finalidad de usar este término es ocultar con esta cortina de humo que las prácticas totalitarias, la negación de las libertades, los robos, las torturas y los asesinatos masivos han sido ejecutados sobre millones de personas allá donde el comunismo ha gobernado o ha intentado gobernar. Es decir, se acusa a un supuesto rival exactamente de los mismos delitos que en la práctica los comunistas han cometido de forma constante.

6. Las derechas han sido incapaces de revelar ante la población este burdo juego semántico y han calcado sus expresiones y conceptos y son ellos mismos quienes emplean también los términos “fascistas”, “cordón sanitario” o “ultraderechistas”. De esta forma, se muestra su incapacidad para dotar a sus bases sociales de una explicación racional de la sociedad quedando a remolque de los conceptos generados por la izquierda.

7. En España, el término se ha usado con profusión sobre todo por los terroristas etarras y por la izquierda en general, bien de forma explícita o bien de forma subliminal al indicar que la derecha española es heredera del franquismo, nostálgica del mismo o no es homologable a la europea. La finalidad ha sido siempre aislar las ideas de derechas en la sociedad. El éxito de esta propaganda es innegable.

Feliz puente de la Constitución

En los últimos días, tanto entre familiares, amigos y conocidos reales como en Facebook, he asistido con verdadera preocupación a un aumento vertiginoso de la tensión política. No diría que me quita el sueño, pero sí he dedicado bastante tiempo a preocuparme y reflexionar sobre la España que se avecina. El resultado de las elecciones en Andalucía, con el ascenso de Vox, ha encendido una hoguera de palabras gruesas y de insultos como yo no recuerdo en muchos años. Así que considero que una reflexión serena sobre lo que ocurre no está de más. Ojalá que los amigos (muchos algo más jóvenes que yo) que inicien la lectura de este texto sean capaces de terminarlo. Muchas de las personas que leerán este escrito me conocen personalmente y me tienen cierto cariño o respeto y de este conocimiento quiero valerme para hacerles llegar un pensamiento que considero importante hoy. Intentaré ser breve.

Hoy es 6 de diciembre de 2018. Como todos sabemos, es festivo, y este año, como muchos otros, se convierte en un puente, que en Portugal llaman “de los españoles” y que en España llamamos “de la Constitución”. A partir de esta realidad, voy a permitirme realizar una metáfora que considero hoy más necesaria que nunca.

En 1975 murió el general Franco y acabó su dictadura militar. Una dictadura surgida en 1939 como consecuencia de una guerra civil. Una guerra civil declarada, que ya se había iniciado de forma larvada muchos años atrás pues, como todos sabemos o deberíamos saber, el asesinato y la aceptación de la violencia como arma política fue una constante en la España de inicios del siglo XX y mucho más durante la II República. Basta leer Luces de bohemia o los versos de Machado (y muchos lo habéis hecho) para comprobar cómo la intelectualidad alentaba o comprendía lo que estaba pasando y el vendaval de violencia que se avecinaba. La guerra civil no es un incidente aislado, sino la traca final de todo un proceso anterior de décadas violentas, desde la Semana trágica hasta la acción directa anarquista o el pistolerismo patronal. Quien no sabe esto es que desconoce la historia de España y creo que debe aprenderla con urgencia, si no quiere volver a vivirla en sus propias carnes, porque lo que está ocurriendo en España en los últimos dos años tiene evidentes paralelismos con el proceso que llevó al colapso de la Segunda República.

Como hemos estudiado, nuestra guerra civil costó centenares de miles de muertos y dejó a muchos millones más sin sus familiares. Cada ejército movilizó a más de un millón de españoles que, forzados (pues la tasa de desertores era elevadísima en ambos bandos), se dedicó sistemáticamente a matar y, sobre todo, a que no le matasen. A pesar de esto, se calcula que murieron unos 350.000 españoles, lo que equivale a la población actual de muchísimas ciudades españolas. ¿Todos los habitantes de Jerez muertos así de golpe? ¡No, el doble! Los muertos por la salvaje represión en ambos bandos fueron también numerosísimos. Solo en Paracuellos del Jarama murieron fusiladas más de seis mil personas por orden del bando republicano. A muchos de los fusilados por el bando nacional todavía los están buscando. Monjas violadas, sacerdotes y católicos, asesinados por un lado. Milicianos asesinados, familiares de milicianos asesinados por el otro. Comunistas, socialistas, falangistas, verdugos de otros españoles. A sangre y fuego,la colección de cuentos del socialista (exiliado para evitar su muerte a manos de los comunistas), Rafael Chaves Nogales es hoy lectura obligada. Mis alumnos lo leerán como optativa este año.

Unos españoles, los fachas, ganaron la guerra; otros, los rojos, la perdieron. Los fachas contaban la historia durante décadas como ganadores; los rojos callaban como perdedores. ¡Qué nombres más insultantes! ¿verdad? No eran ni son definiciones políticas, sino armas arrojadizas, hechas por unos y otros para herir a sus semejantes. ¡Rojo asqueroso! ¡Puto facha! La paz o, mejor dicho, el final de la guerra, hizo el silencio… Los rojos y los fachas vivían en realidades paralelas, en un mundo en el que había muros de grueso cristal blindado. Unos encima de otros, porque habían ganado, porque esa es la lógica de la guerra, de todas las guerras. Los rojos y los fachas vivían en dos continentes sentimentales aparte y el océano que les separaba era el odio y la sangre vertida.

Hay personas muy jóvenes que no comprenden que la Constitución fue y es un puente, pero no festivo, sino de verdad. La Constitución es el pacto y el reencuentro, el derribo del muro de cristal. Los fachas pactaron con los rojos: “No miraremos atrás. Perdonaremos lo ocurrido y volveremos a convivir. Ya no seremos rojos y fachas, sino españoles con ideas muy muy opuestas”. Ese fue el pacto que juraron los viejos dirigentes republicanos del PCE con Carrillo a la cabeza y los jóvenes falangistas con Suárez a la cabeza. Carrillo era el rojo asqueroso, el asesino responsable de la matanza de Paracuellos (o así lo creían los fachas que le dejaron volver a España). En Paracuellos murió Pedro Muñoz Seca y a Ramiro de Maeztu lo asesinaron los rojos por las calles de Madrid. Los fachas habían asesinado a Lorca y Miguel Hernández murió en las prisiones franquistas. Eso pensaban los rojos que volvían del exterior. Los putos fachas lo habían matado. Pero ahora se habían dado cuenta de que no había otra alternativa que el pacto. “No miraremos atrás. Se acabó. Haremos un puente que nos una renunciando unos y otros a imponer por la fuerza las ideas. Dejaremos que haya elecciones y si las perdemos, nos fastidiaremos e intentaremos ganar la próxima vez. Seremos leales a ese pacto y al juego democrático, nos gusten los resultados o no.” Y crearon la Constitución.  La Constitución es el puente feliz que nos ha permitido durante cuarenta años disfrutar del período más largo de paz a los españoles desde el siglo XIX. A pesar de que ha habido casi mil muertos por la ETA, ha sido el período más pacífico de los últimos siglos. ¡Cómo serían los anteriores!

Pero en los dos últimos años y muy especialmente esta semana todo parece olvidado. ¿Es que queremos volver a estar enfrentados por el odio? ¿Por qué no hemos mantenido el compromiso de no mirar hacia atrás? ¿Acaso no nos damos cuenta de que continuar por esta senda tiene difícil vuelta atrás? ¿No nos damos cuenta de las consecuencias de nuestras palabras? ¿Creemos que nos van a salir gratis? Ciertamente, en muchos comentarios leídos esta semana, veo el mismo odio que ya nos llevó a la guerra hace casi cien años. Estoy seguro de que muchas personas que hablaron sin pensar en 1931 o 1934 no podían ni imaginar que cinco años después iban a morir o a ver morir con gran dolor a sus familiares y amigos. Incluyo entre ellos a mis propios familiares, represaliados, como tantos otros al finalizar la guerra.

Estos días se ha creado un ambiente guerra-civilista en muchos ámbitos y yo creo que muchas de las personas que lo están alimentando no se dan ni cuenta de que están fracturando el puente de la Constitución, ni el valor que este tiene. Tras la victoria de Vox han ardido las redes sociales (y lo que no son las redes pues se han incendiado contenedores y han sido atacados comercios). Son daños menores hechos por incontrolados. También ha habido un joven apaleado en Vitoria y otro hombre murió en Zaragoza hace meses asesinado por manifestarse como español. Un herido grave y un asesinado. Otros incontrolados. Esto ya ha pasado. Tienen familia y amigos, como todo el mundo. Desde hace unos años se vuelve a decir la palabra “facha” por todas partes. Serrat es facha. Juan Marsé es facha. Boadella es facha.  ¿Quién no es facha en Cataluña? ¿Quién es quien reparte las etiquetas de facherío? He leído en la red que la diferencia entre un fascista y un antifascista es que solo el primero sabe que lo es.

Hay muchos españoles que son lo que los rojos clásicos, los comunistas, han llamado fachas. Son millones. No son dos ni tres… millones. Son probablemente muchos millones más. Y es que hay muchos españoles, más de la mitad, que descienden de los asesinados por el bando republicano y cuando oyen hablar de las víctimas de la guerra civil se acuerdan de las suyas. Es humano. Y otros son fachas nuevos, sobrevenidos, que no perdieron familiares en la guerra ni conocieron a Franco, pero se han hecho fachas igual. Aunque no se hayan manifestado durante años, hay muchos españoles que tienen opiniones diferentes a las que han dominado durante muchos años en la política española. Hay muchos españoles que callaban, pero creen que España es su nación y están agradecidos a que exista y creen que tienen una deuda con todos sus antepasados por haber creado y sostenido la prosperidad de la que disfrutan. Son fachas y piensan y sienten así. Creen que sin la existencia de España su vida sería peor y quieren legar a sus hijos la misma herencia que recibieron de sus padres. Son fachas y piensan así.  Están en contra del aborto porque creen que es un asesinato. Es probable que estén equivocados, pero creen eso y no podemos quitarles el derecho a creer eso y a que intenten adecuar las leyes a sus creencias, porque otros crean que hasta la semana decimocuarta el embrión no es una vida humana y por eso se puede abortar. Y los fachas están en contra de la inmigración ilegal, porque creen que la emigración debe ser regulada. Son fachas, pero pueden defender una política migratoria diferente a la que me gusta a mí, que es la de que todos puedan entrar en España sin establecer ningún tipo de barrera, aunque sean millones los que vengan. Estos fachas están en contra de la ley de la violencia de género y no creen que el testimonio de una mujer en un juicio deba tener mayor valor que el de un hombre. Son fachas, pero tienen derecho a tener otra idea sobre lo que es la igualdad ante los tribunales.

Y estaban ahí. Votaban al PP… o no votaban, o votaban a otros. En realidad, esto es indiferente. Y quieren modificar el título octavo de la Constitución mediante los mecanismos legales. Y tienen derecho a votar, el mismo al menos que los seguidores de la ETA o los separatistas catalanes, que también quieren modificar la Constitución y hacer un referéndum de autodeterminación y además han matado a mil personas. Y hay que asumir que, aunque sean fachas, si ganan las elecciones, la Constitución les reconoce el derecho a desarrollar su política siempre que no rompan el marco legal que nos ampara a todos. Y, por ahora, ni han roto el marco legal, ni han matado… Aunque sean fachas. Pueden estar equivocados, sí; pero tienen derecho a equivocarse. Aunque sean fachas. Eso es lo que les garantiza la Constitución que todos aceptamos como marco legal.

Porque si eso ocurre, que no quepa duda de que entonces todos los firmantes del pacto tendrán el derecho a su defensa con la mayor firmeza; desde luego, espero que con mucha más de la que el Gobierno de Rajoy ha mostrado en Cataluña con los separatistas.

Y es ahora, quizá como última oportunidad, amigos todos, cuando debemos darnos cuenta de que, la Constitución es el puente y si lo rompemos, lo vamos a pagar muy caro. Quien hable con desprecio del régimen del 78 o de su rival político, quien desprecie la monarquía o la república, quien desprecie a España, debe saber que está rompiendo ese puente. Ese puente es el de la paz. La paz no ha sido nunca gratis: la paz es el resultado de la tolerancia verdadera o de la imposición y el odio. Pero nunca es gratis. Y en este tiempo en que ya no hablamos de “intolerancia”, porque somos tan “tolerantes” (salvo con los intolerantes, por supuesto) que la llamamos “tolerancia cero”, debemos pensar mucho más en ser y hacer que en decir. Porque la paz significa no llegar a la guerra para permitir la alternancia de los que tienen ideas diferentes.

Y esto es convivir. Convivir con el igual es fácil, lo difícil es convivir con el facha. Es más difícil convivir con el facha que con el emigrante ilegal. Y lo peor de todo, es que la alternativa a esta maldita convivencia es la guerra civil, con mayúsculas. Que nadie se lleve a engaño. Para eso se creo este puente maravilloso, para unir lo que el odio había separado. Y si no queremos destruirlo de facto, cuidemos lo que decimos, porque de las palabras se llega a los hechos y de los hechos, a la sangre, que cuando encuentra un resquicio para salir a borbotones, luego no vuelve a entrar en el cuerpo. Y entonces solo viene la muerte.

 

Un abrazo.

En manos de la televisión

En las últimas semanas se han ido sucediendo una serie de noticias que son verdaderamente escandalosas. Y no me estoy refiriendo simplemente a los casos de corrupción, que lo son y mucho. La familia Pujol o Ignacio González se suman a una larga y desastrosa lista que encabeza, tristemente, la propia Casa Real. No es que los minimicemos, pero la corrupción ha existido y existirá siempre (como ya señalamos en otra entrada en este mismo blog), porque no es que los políticos sean corruptos, sino que los seres humanos son corruptos y ha sido, es y será imposible evitarlo.

Pero en este contexto de corrupción generalizada, quiero poner el énfasis en un aspecto que, entre la hoguera de informaciones que nos consume, se ha relegado a un discreto segundo o tercer plano y que, sin embargo, es una muestra mucho más palpable que el Tramabús de cómo funciona nuestro sistema político. La Guardia Civil, en su afán persecutorio de la operación sobre el Canal de Isabel II ha interceptado unas grabaciones en las que el presidente del diario La Razón y adjunto al presidente de Atresmedia,, un anteriormente desconocido Mauricio Casals, le dice a un encarcelado por la operación que «el sándwich al PSOE con La Sexta funciona de cine». Es decir, reconoce que la línea editorial de La Sexta sirve para potenciar a Podemos y, como consecuencia, debilitar al PSOE, lo que a su vez favorecería al PP, pues una gran parte del electorado, temeroso de que gobierne un partido de extrema izquierda, que apoya tácita o expresamente dictaduras como la cubana o la venezolana, votaría al PP como forma de evitar el triunfo de los comunistas de Podemos.

Efectivamente, este hecho se está produciendo y de ahí que, a pesar del lodazal cotidiano de casos de corrupción que asola al PP, la mayor parte de los españoles le han confiado, aunque poniéndose unas pinzas en la nariz, su voto.

A menudo oímos hablar a muchas personas jactándose de su independencia. Hemos podido ver en las tertulias de La Sexta a periodistas cercanos al PP y cercanos a Podemos enfrentarse de forma ácida, reivindicándose como paladines de la moral y la dignidad. Hay podemitas que hablan como si ellos mismos fueran Jesucristo resucitado, que vinieran a liberar a la humanidad (o al menos a España) de la opresión de una casta insana, de una trama abominable. y criticando a los medios. ¿Pero qué sería de Pablo Iglesias y de Podemos sin La Sexta? ¿No participan todos de otra trama infecta? ¿Por qué no aparece en el Tramabús el propio Casals o Marhuenda o el mismo García Ferreras? Hemos oído también a los gobernantes del PP enfrentarse a ellos un día para a los dos o tres días estar entre rejas. Vemos a diario a ese portento de la intelectualidad, un tal Wyoming, reírse y ridiculizar a los populares, sabiendo que es un peón de una estrategia diseñada desde Génova para debilitar al PSOE.

Y ahora resulta que todo esto no es más que un circo en el que unos y otros se rhan repartido las caretas para medrar a costa del pobre ciudadano que, debe optar entre Guatemala y Guatepeor. Porque para un votante moderado, para una persona con cierto sentido común y un mínimo de inteligencia, escuchar a este personaje es una garantía de que Rajoy gobernará siempre.

Así que por un lado, tenemos un Gobierno que en vez de potenciar un PSOE leal con España, la Unión Europea y el capitalismo reformista (lo que sería lógico) prefiere crear un Frankenstein que aterrorice a las personas conservadoras y les haga cautivo de su mensaje: yo o el caos. Por el otro, tenemos un partido comunista que se ha rebautizado y ocultado tras el 15-M de la misma forma que ahora Le Pen quiere ocultarse disolviendo el Frente Nacional en un movimiento de patriotas.

Y los pobres ciudadanos españoles, ¿qué podemos hacer? Pues al menos, ser conscientes de que por mala que sea la corrupción económica, que lo es; peor es la corrupción moral. Al menos ser conscientes de que estamos en manos de la televisión y de que estas no son las bases de la regeneración pues la estrategia de elevar un monstruo comunista de la nada (como ha hecho Podemos gracias a la televisión), solo puede conducir al final a la violencia.

Rectores de copia y pega

Había una vez en ochenta universidades españolas (pues ahora las hay hasta en los lugares más insospechados) un ser humano muy prestigioso y, sobre todo, muy bien relacionado. Al parecer era un hombre que había estudiado mucho, por lo que decían de él que se había convertido en un profesor ejemplar e intachable, digno de ser imitado. Este hombre siempre tenía un padre (como todo el mundo) que era profesor universitario (no como todo el mundo) y tenía también un hijo que se parecía mucho a él (no en vano eran abuelo, padre e hijo) así que, para que le imitase completamente como un clon, decidió incorporarle a una profesión llena de riesgos, aventuras y desventuras: le hizo profesor universitario como él y como su propio padre (abuelo de la universitaria criatura). Podemos (y no queremos aludir con esto a ningún partido político) decir que copió y pegó a su hijo en la universidad, de la misma forma que había sido copiado y pegado por su padre. Lo llevaban en los genes (y no es que fueran una casta, ¿eh? ¡Hasta ahí podemos llegar!).

Pero su hijo (copiado y pegado en la tarima ante la pizarra; así, de repente) se aburría en la universidad. Esto de investigar era un rollo. Menudo petardo la costumbre esa de leer libros y, sobre todo, de extraer ideas propias. ¿De dónde iba a sacarlas si él mismo era una copia? Por otro lado, ni se le pasaba por la imaginación ser otra cosa en la vida que no fuera ser lo que habían sido su padre y el padre de su padre:  personal docente e investigador (eso es lo que dice en el contrato de todos los profesores universitarios). Si su padre y el padre de su padre le habían copiado y pegado ahí, por algo sería…

Lo malo es que había que ser además de ser humano, docente e investigador. ¡Ahí es nada! ¡Cómo si a todos se nos ocurrieran cosas que investigar! Eso era muy difícil, porque ¿a quién le importa realmente nada? ¿cómo se le puede ocurrir algo útil que investigar a quien ha nacido y se ha criado fuera de la realidad ajena al campus universitario? Pero claro; por otro lado, ¿cómo podía ser un ser humano como él personal docente e investigador sin investigar nada? Había que investigar algo, lo que fuera. Oía a otros compañeros que le decían que estaban investigando temas decisivos para la sociedad,  como el crecimiento del clítoris de las moscas del vinagre, la reproducción de los helechos arborescentes afectados por el cambio climático o la tasa agropecuaria de repoblación interprofesional y sus efectos en la economía del Valle del Tuérano.  ¡Qué rabia le daba su portentosa imaginación! Pero es que a él, Dios mío, no se le ocurría nada y, ,en el fondo en el fondo, la verdad es que todo le daba igual, salvo el calor de la calefacción de su despacho y su cómoda nómina mensual y vitalicia. Así que el primer día de investigación, tras pasar un par de minutos pensando, se desesperó. ¡Es que no se me ocurre pero nada de nada, recórcholis ! (porque este ser humano no dice palabrotas nunca). Así que a los tres o cuatro minutos se animó  a copiar. Y le fue bien. Le sentó mejor que un par de alprazolanes o un whisky doble: se le quitaban todas las angustias rápido. Era fácil,  iba a las bibliotecas, enseñaba su carné de docente investigador, pedía libros a los humildes conserjes (viles seres humanos sin capacidad investigadora por lo que cobraban bastante menos que él) y copiaba párrafos de lo que habrían escrito otros cualesquiera sobre cualquier cosa. Tras la copia, los escribía en su propia investigación con una sonrisa de genio.

El mejor día de su vida fue cuando aprendió que con un programa informático llamado Word Perfect se podían copiar y pegar textos enteros sin necesidad de hacerlo a mano. ¡Menudo chollo! ¡Esto de los ordenadores sí que era un invento! Copia y pega sin fronteras. Mientras tanto, las universidades se multiplicaban en España, por lo que cada vez había más seres humanos como él, copiados y pegados. Y todos eran amigos y se copiaban y pegaban todos sus trabajos de investigación sin delatarse unos a otros, por lo que todos acumulaban sus sexenios sin pestañear. Frases por aquí, parrafitos por allá, una media tesis por otro lado; porque, al final, ¿para qué estudiar nada? Para redondear la orgía de copia y pega, este profesor cortado y pegado por su padre daba clases y a sus alumnos les permitía también copiar y pegar. ¿Por qué no? ¿Acaso tenía que leerse esos rollos de trabajos que le presentaban? ¿Para qué? Buena nota a todo el mundo y a vivir, que son dos días.

Lo mejor era lo de los congresos de investigación. Viajes pagados por España (con suerte por medio mundo) para dejar de dar clase una semana y leer ante otros colegas generosos unos parrafitos copiados de un trabajo ajeno escrito hacía diez años y hecho rodajas de sabiduría por parte de nuestro ser humano tan finas que en cada congreso hacía una glosa amplificativa que luego servía en universidades de todas las latitudes. Los otros profesores asentían mientras leía monocorde y, generosos, aplaudían al finalizar. Así se garantizaban ir en otro congreso a la universidad de nuestro personaje.

Gracias a este mundo de copia y pega, el ser humano copiado y pegado por su padre y por su abuelo y por tanto, el mejor copiador del Reino, fue elevado a la dignidad de jefe de todos los copiones. Se reunía con otros jefes para pedirle al Gobierno más y más dinero para investigar. Y si no se lo daban, golpeaban la mesa con sus puñitos y se ponían a hacer pucheros. Luego, llamaban a los estudiantes y les convencían de que hicieran huelga para que el Gobierno claudicase. A cambio,  prometían a sus alumnos aprobados generales y notas altísimas a los que mejor copiaran.

Pero ahora parece que este hombre tiene problemas. le han pedido la dimisión y al final ha tenido que renunciar al cargo. ¿Pero, por qué, Dios mío? Si a él mismo lo copiaron  y pegaron allí. Si él no tiene culpa de nada… Porque vamos a ver, ¿qué culpa tiene él de que no haya ninguna universidad española entre los mejores ciento cincuenta del mundo? Si al fin y al cabo, su propia universidad ni siquiera sale en el ranking ese de Shangai…  Si es que son ganas de liarla….

Nace Palabras de Agua y de Fuego

 

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Este blog se llama Palabras de Agua y de Fuego porque creemos en la fuerza de las palabras; más perdurables y verdaderas que las imágenes. Se llama Palabras de Agua porque queremos ser manantial que brote de la pureza, río que serene las conciencias y mar que reúna voluntades.  Se llama Palabras de Fuego porque queremos ser antorcha que guíe en la oscuridad, hoguera que caldee el alma y fuego que purifique la tierra.

¡Quiera Dios que lo consigamos!