Sobre la coherencia en la vida

A menudo en la política nos quedamos en los grandes titulares, en las grandes ideas, en los programas. Pero yo creo que es siempre útil ver qué personas están detrás de ellas. Porque las ideas son, en esencia, ideales, abstractas (quiero decir que se formulan en palabras y en el fondo no son sino declaraciones de intenciones), mientras que los actos son reales y concretos y manifiestan la verdad.

Como decía el Evangelio: “Por sus obras los conoceréis”. Y como dice el refrán español: “Del dicho al hecho, hay mucho trecho.” También dice Cervantes: “Nadie es más que nadie si no hace más que nadie”. Y hasta el propio Marx: “la verdad es concreta”. Así que creo que la mejor manera de analizar a las personas (y los políticos son personas), es, más que por lo que dicen, por lo que hacen.

Busquemos la coherencia en todos los que vemos por la televisión, en las élites, en los artistas, em la casta. Hay personas famosas que poseen varios pisos, mientras se manifiestan en contra de los desahucios; hay quienes en galas espectaculares de Hollywood se manifiestan contra el cambio climático y tienen aviones privados o coches que gastan muchísima gasolina; hay quienes se preocupan de erradicar la pobreza infantil, pero antes de eso ya se han comprado una mansión; hay quienes son paladines de los pobres, pero se curan en la sanidad privada en cuanto enferman. Tienen derecho, por supuesto. Todos tenemos derecho a la incoherencia. Y todos somos incoherentes, pero es mayor la incoherencia cuanto más se aleja nuestro pensamiento de la realidad que vivimos. Es duro asumir que hay pobres mientras que nosotros somos ricos y famosos; es difícil aceptar que nos gusta el poder y el mando desde que éramos hijos únicos y mimados. Pero esa es la realidad de muchas personas que ocultan estos rasgos personales tras un discurso falso. Por favor, que no tengamos que pagar los demás su complejo de culpa o su egolatría.

Predicar ideas agradables, humanitarias y pretendidamente bondadosas es relativamente sencillo. Basta con hacerse entender (aunque sea despreciando la gramática como sufrimos casi a diario) y basta con tener un cierto empuje personal (tampoco hace falta valentía, porque estas ideas estupendas siempre han sido muy bien acogidas por los semejantes).

Defender la igualdad universal, la paz, la bondad humana y especialmente la inocencia de los más humildes, atacar la maldad intrínseca de la sociedad o la injusticia del poder establecido ha sido siempre muy popular, hasta el punto de que esta defensa no ha precisado nunca de una elaborada argumentación. Son esas ideas bienintencionadas con la que todos los niños se identifican en los festivales navideños. Los humildes de corazón y los ingenuos de todas las épocas han sostenido con candor y sostienen hoy y siempre a los predicadores de este credo.

Lo que nunca ha sido fácil es ser coherente con lo que se predica. No lo es para nadie, así que mucho menos para aquellos que hicieron de la defensa de lo común y el olvido de lo propio su razón de vivir, aquellos que nos convencían de que su mayor anhelo era arreglar la vida de los pobres, los desvalidos, los desheredados; aquellos que decían que para avanzar teníamos que avanzar todos juntos, pero que en la práctica alcanzaron su meta personal antes de que los pobres salieran de la casilla de salida.

Y así, la inmensa mayoría de los predicadores, los apóstoles de lo común, a la vez que reclamaban el reparto de la riqueza, estaban amasando la suya propia, acumulando propiedades de elevado valor. Pedían el reparto de los bienes ajenos entre los pobres, pero ni renunciaban a la herencia de sus padres ni descuidaban la de sus hijos.

Pedían la igualdad entre todos los seres humanos, sí; pero sin abandonar su papel preeminente (y por ello, desigualitario) en sus partidos. Maldecían toda jerarquía, excepto la que garantizaba su papel dirigente en sus propias organizaciones o en la propia sociedad.

Proclamaban la importancia de la tolerancia, excepto con aquellos que les contradecían. Defendían la democracia y el sufragio universal hasta que alcanzaban el poder y encarcelaban, torturaban y asesinaban a quienes se les oponían.

También estaban en ese grupo los defensores de la patria, esos que ponían el mismo celo en alentar las guerras que en evitar los campos de batalla con un fusil en la mano. Y no nos olvidemos de los que pidieron la libertad  para sus pueblos negando ek derecho a la vida de sus propios vecinos.

Todos somos capaces de poner rostros, a lo largo de la historia, desde la Antigüedad hasta hoy a estos falsos profetas. Somos capaces de recordar a estos demagogos que, difundiendo estos postulados, llevaron a la muerte a centenares de millones de personas solo en el siglo XX.

Y muchos sabemos también en qué caladeros han pescado siempre a sus seguidores estos farsantes. Los han pescado entre aquellos que escuchan sus voces y no analizan sus actos, entre aquellos que se dejan llevar por los afectos más que por la razón, entre aquellos que se quedan en las intenciones sin ver las consecuencias de los actos. Es decir, entre las personas más ingenuas e idealistas, que son engañadas en su bondad de espíritu por estos falsos profetas, que predican el bien común y la igualdad, pero que siempre se favorecen en el reparto. Como decía Orwell en Rebelión en la granja: “Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros.”

Afortunadamente, hoy no podemos identificar a políticos en España como pertenecientes a esta ralea. ¿O sí se puede?.

Feliz puente de la Constitución

En los últimos días, tanto entre familiares, amigos y conocidos reales como en Facebook, he asistido con verdadera preocupación a un aumento vertiginoso de la tensión política. No diría que me quita el sueño, pero sí he dedicado bastante tiempo a preocuparme y reflexionar sobre la España que se avecina. El resultado de las elecciones en Andalucía, con el ascenso de Vox, ha encendido una hoguera de palabras gruesas y de insultos como yo no recuerdo en muchos años. Así que considero que una reflexión serena sobre lo que ocurre no está de más. Ojalá que los amigos (muchos algo más jóvenes que yo) que inicien la lectura de este texto sean capaces de terminarlo. Muchas de las personas que leerán este escrito me conocen personalmente y me tienen cierto cariño o respeto y de este conocimiento quiero valerme para hacerles llegar un pensamiento que considero importante hoy. Intentaré ser breve.

Hoy es 6 de diciembre de 2018. Como todos sabemos, es festivo, y este año, como muchos otros, se convierte en un puente, que en Portugal llaman “de los españoles” y que en España llamamos “de la Constitución”. A partir de esta realidad, voy a permitirme realizar una metáfora que considero hoy más necesaria que nunca.

En 1975 murió el general Franco y acabó su dictadura militar. Una dictadura surgida en 1939 como consecuencia de una guerra civil. Una guerra civil declarada, que ya se había iniciado de forma larvada muchos años atrás pues, como todos sabemos o deberíamos saber, el asesinato y la aceptación de la violencia como arma política fue una constante en la España de inicios del siglo XX y mucho más durante la II República. Basta leer Luces de bohemia o los versos de Machado (y muchos lo habéis hecho) para comprobar cómo la intelectualidad alentaba o comprendía lo que estaba pasando y el vendaval de violencia que se avecinaba. La guerra civil no es un incidente aislado, sino la traca final de todo un proceso anterior de décadas violentas, desde la Semana trágica hasta la acción directa anarquista o el pistolerismo patronal. Quien no sabe esto es que desconoce la historia de España y creo que debe aprenderla con urgencia, si no quiere volver a vivirla en sus propias carnes, porque lo que está ocurriendo en España en los últimos dos años tiene evidentes paralelismos con el proceso que llevó al colapso de la Segunda República.

Como hemos estudiado, nuestra guerra civil costó centenares de miles de muertos y dejó a muchos millones más sin sus familiares. Cada ejército movilizó a más de un millón de españoles que, forzados (pues la tasa de desertores era elevadísima en ambos bandos), se dedicó sistemáticamente a matar y, sobre todo, a que no le matasen. A pesar de esto, se calcula que murieron unos 350.000 españoles, lo que equivale a la población actual de muchísimas ciudades españolas. ¿Todos los habitantes de Jerez muertos así de golpe? ¡No, el doble! Los muertos por la salvaje represión en ambos bandos fueron también numerosísimos. Solo en Paracuellos del Jarama murieron fusiladas más de seis mil personas por orden del bando republicano. A muchos de los fusilados por el bando nacional todavía los están buscando. Monjas violadas, sacerdotes y católicos, asesinados por un lado. Milicianos asesinados, familiares de milicianos asesinados por el otro. Comunistas, socialistas, falangistas, verdugos de otros españoles. A sangre y fuego,la colección de cuentos del socialista (exiliado para evitar su muerte a manos de los comunistas), Rafael Chaves Nogales es hoy lectura obligada. Mis alumnos lo leerán como optativa este año.

Unos españoles, los fachas, ganaron la guerra; otros, los rojos, la perdieron. Los fachas contaban la historia durante décadas como ganadores; los rojos callaban como perdedores. ¡Qué nombres más insultantes! ¿verdad? No eran ni son definiciones políticas, sino armas arrojadizas, hechas por unos y otros para herir a sus semejantes. ¡Rojo asqueroso! ¡Puto facha! La paz o, mejor dicho, el final de la guerra, hizo el silencio… Los rojos y los fachas vivían en realidades paralelas, en un mundo en el que había muros de grueso cristal blindado. Unos encima de otros, porque habían ganado, porque esa es la lógica de la guerra, de todas las guerras. Los rojos y los fachas vivían en dos continentes sentimentales aparte y el océano que les separaba era el odio y la sangre vertida.

Hay personas muy jóvenes que no comprenden que la Constitución fue y es un puente, pero no festivo, sino de verdad. La Constitución es el pacto y el reencuentro, el derribo del muro de cristal. Los fachas pactaron con los rojos: “No miraremos atrás. Perdonaremos lo ocurrido y volveremos a convivir. Ya no seremos rojos y fachas, sino españoles con ideas muy muy opuestas”. Ese fue el pacto que juraron los viejos dirigentes republicanos del PCE con Carrillo a la cabeza y los jóvenes falangistas con Suárez a la cabeza. Carrillo era el rojo asqueroso, el asesino responsable de la matanza de Paracuellos (o así lo creían los fachas que le dejaron volver a España). En Paracuellos murió Pedro Muñoz Seca y a Ramiro de Maeztu lo asesinaron los rojos por las calles de Madrid. Los fachas habían asesinado a Lorca y Miguel Hernández murió en las prisiones franquistas. Eso pensaban los rojos que volvían del exterior. Los putos fachas lo habían matado. Pero ahora se habían dado cuenta de que no había otra alternativa que el pacto. “No miraremos atrás. Se acabó. Haremos un puente que nos una renunciando unos y otros a imponer por la fuerza las ideas. Dejaremos que haya elecciones y si las perdemos, nos fastidiaremos e intentaremos ganar la próxima vez. Seremos leales a ese pacto y al juego democrático, nos gusten los resultados o no.” Y crearon la Constitución.  La Constitución es el puente feliz que nos ha permitido durante cuarenta años disfrutar del período más largo de paz a los españoles desde el siglo XIX. A pesar de que ha habido casi mil muertos por la ETA, ha sido el período más pacífico de los últimos siglos. ¡Cómo serían los anteriores!

Pero en los dos últimos años y muy especialmente esta semana todo parece olvidado. ¿Es que queremos volver a estar enfrentados por el odio? ¿Por qué no hemos mantenido el compromiso de no mirar hacia atrás? ¿Acaso no nos damos cuenta de que continuar por esta senda tiene difícil vuelta atrás? ¿No nos damos cuenta de las consecuencias de nuestras palabras? ¿Creemos que nos van a salir gratis? Ciertamente, en muchos comentarios leídos esta semana, veo el mismo odio que ya nos llevó a la guerra hace casi cien años. Estoy seguro de que muchas personas que hablaron sin pensar en 1931 o 1934 no podían ni imaginar que cinco años después iban a morir o a ver morir con gran dolor a sus familiares y amigos. Incluyo entre ellos a mis propios familiares, represaliados, como tantos otros al finalizar la guerra.

Estos días se ha creado un ambiente guerra-civilista en muchos ámbitos y yo creo que muchas de las personas que lo están alimentando no se dan ni cuenta de que están fracturando el puente de la Constitución, ni el valor que este tiene. Tras la victoria de Vox han ardido las redes sociales (y lo que no son las redes pues se han incendiado contenedores y han sido atacados comercios). Son daños menores hechos por incontrolados. También ha habido un joven apaleado en Vitoria y otro hombre murió en Zaragoza hace meses asesinado por manifestarse como español. Un herido grave y un asesinado. Otros incontrolados. Esto ya ha pasado. Tienen familia y amigos, como todo el mundo. Desde hace unos años se vuelve a decir la palabra “facha” por todas partes. Serrat es facha. Juan Marsé es facha. Boadella es facha.  ¿Quién no es facha en Cataluña? ¿Quién es quien reparte las etiquetas de facherío? He leído en la red que la diferencia entre un fascista y un antifascista es que solo el primero sabe que lo es.

Hay muchos españoles que son lo que los rojos clásicos, los comunistas, han llamado fachas. Son millones. No son dos ni tres… millones. Son probablemente muchos millones más. Y es que hay muchos españoles, más de la mitad, que descienden de los asesinados por el bando republicano y cuando oyen hablar de las víctimas de la guerra civil se acuerdan de las suyas. Es humano. Y otros son fachas nuevos, sobrevenidos, que no perdieron familiares en la guerra ni conocieron a Franco, pero se han hecho fachas igual. Aunque no se hayan manifestado durante años, hay muchos españoles que tienen opiniones diferentes a las que han dominado durante muchos años en la política española. Hay muchos españoles que callaban, pero creen que España es su nación y están agradecidos a que exista y creen que tienen una deuda con todos sus antepasados por haber creado y sostenido la prosperidad de la que disfrutan. Son fachas y piensan y sienten así. Creen que sin la existencia de España su vida sería peor y quieren legar a sus hijos la misma herencia que recibieron de sus padres. Son fachas y piensan así.  Están en contra del aborto porque creen que es un asesinato. Es probable que estén equivocados, pero creen eso y no podemos quitarles el derecho a creer eso y a que intenten adecuar las leyes a sus creencias, porque otros crean que hasta la semana decimocuarta el embrión no es una vida humana y por eso se puede abortar. Y los fachas están en contra de la inmigración ilegal, porque creen que la emigración debe ser regulada. Son fachas, pero pueden defender una política migratoria diferente a la que me gusta a mí, que es la de que todos puedan entrar en España sin establecer ningún tipo de barrera, aunque sean millones los que vengan. Estos fachas están en contra de la ley de la violencia de género y no creen que el testimonio de una mujer en un juicio deba tener mayor valor que el de un hombre. Son fachas, pero tienen derecho a tener otra idea sobre lo que es la igualdad ante los tribunales.

Y estaban ahí. Votaban al PP… o no votaban, o votaban a otros. En realidad, esto es indiferente. Y quieren modificar el título octavo de la Constitución mediante los mecanismos legales. Y tienen derecho a votar, el mismo al menos que los seguidores de la ETA o los separatistas catalanes, que también quieren modificar la Constitución y hacer un referéndum de autodeterminación y además han matado a mil personas. Y hay que asumir que, aunque sean fachas, si ganan las elecciones, la Constitución les reconoce el derecho a desarrollar su política siempre que no rompan el marco legal que nos ampara a todos. Y, por ahora, ni han roto el marco legal, ni han matado… Aunque sean fachas. Pueden estar equivocados, sí; pero tienen derecho a equivocarse. Aunque sean fachas. Eso es lo que les garantiza la Constitución que todos aceptamos como marco legal.

Porque si eso ocurre, que no quepa duda de que entonces todos los firmantes del pacto tendrán el derecho a su defensa con la mayor firmeza; desde luego, espero que con mucha más de la que el Gobierno de Rajoy ha mostrado en Cataluña con los separatistas.

Y es ahora, quizá como última oportunidad, amigos todos, cuando debemos darnos cuenta de que, la Constitución es el puente y si lo rompemos, lo vamos a pagar muy caro. Quien hable con desprecio del régimen del 78 o de su rival político, quien desprecie la monarquía o la república, quien desprecie a España, debe saber que está rompiendo ese puente. Ese puente es el de la paz. La paz no ha sido nunca gratis: la paz es el resultado de la tolerancia verdadera o de la imposición y el odio. Pero nunca es gratis. Y en este tiempo en que ya no hablamos de “intolerancia”, porque somos tan “tolerantes” (salvo con los intolerantes, por supuesto) que la llamamos “tolerancia cero”, debemos pensar mucho más en ser y hacer que en decir. Porque la paz significa no llegar a la guerra para permitir la alternancia de los que tienen ideas diferentes.

Y esto es convivir. Convivir con el igual es fácil, lo difícil es convivir con el facha. Es más difícil convivir con el facha que con el emigrante ilegal. Y lo peor de todo, es que la alternativa a esta maldita convivencia es la guerra civil, con mayúsculas. Que nadie se lleve a engaño. Para eso se creo este puente maravilloso, para unir lo que el odio había separado. Y si no queremos destruirlo de facto, cuidemos lo que decimos, porque de las palabras se llega a los hechos y de los hechos, a la sangre, que cuando encuentra un resquicio para salir a borbotones, luego no vuelve a entrar en el cuerpo. Y entonces solo viene la muerte.

 

Un abrazo.

¿Dónde está la corrupción en el sistema educativo español?

En los últimos días, venimos oyendo quejas terroríficas sobre la corrupción de la Universidad Rey Juan Carlos, en un intento de situar el foco del desprecio y el descrédito en esta institución, como si la infección de la corrupción educativa se pudiese circunscribir a este centro. ¿Su delito? Que esta universidad creció gracias al Partido Popular y albergó y alberga profesores cercanos a ese partido. Todas las demás, la Universidad Complutense (donde hay una buena cantera de la izquierda y Podemos), la Universidad del País Vasco (donde han titulado desde la cárcel muchos etarras), la Carlos III o la Universidad Camilo José Cela (originadas y dominadas por el PSOE) serían templos inmaculados del saber, mientras que la URJC sería una cueva de ladrones. Desde este artículo nos proponemos dar una visión diferente sobre el tema.

Todo el sistema educativo español está corrompido

La mayor parte de la población escucha y asimila esa versión oficial. Sin ir más lejos, estos días he escuchado a varias personas en mi centro hacer chistes diciendo que si sus hijas suspendían en la universidad, las mandarían a la URJC, para acto seguido afirmar que “de todas formas ahora (y ese ahora quiere decir en realidad desde que se trata el tema del doctor Sánchez) los periodistas parece que no han pasado por la universidad y no saben que todas las tesis son compuestos de otras investigaciones.” Esta va a ser la tesis (sic) dominante en los próximos meses, no porque sea verdad o mentira, sino porque la caída de Sánchez acarrearía la caída de todos los que le han puesto allí (desde los neocomunistas de Podemos a los separatistas de Convergencia) y por ello el Gobierno PSOE, la televisión que controla (toda) y sus apoyos políticos van a hacer la vista gorda y pasar página lo antes posible. Sánchez será lo que sea, pero es su presidente. Defenestrar a Sánchez es convocar elecciones y eso les llevaría a todos (desde Podemos hasta el PNV) a una posición incierta, mientras que lo cierto es que ahora están en el poder.

Pero la realidad es muy diferente a esta versión mediática. Lo cierto es que todo el sistema educativo está corrompido como un lodazal. Es más, está tan corrompido que casi ninguno de sus integrantes (alumnos y profesores) se atreve a decir la verdad. Unos porque respiran ese aire viciado desde que ingresaron en el sistema y no son capaces ya de distinguir el aire puro; otros porque tienen intereses en que las cosas sigan siendo como son. Y cuando millones de personas (y hablamos de millones) se ven favorecidos por la corrupción, esta deja de ser tal para convertirse en lo normal. Eso es lo que explica la reacción de mis conocidos.

La corrupción es el oxígeno del sistema educativo

La corrupción del sistema educativo español no está en que una parte de los másteres de la URJC se haya dado de forma fraudulenta como prebenda política (lo que es una realidad), sino en que todo el sistema educativo es fraudulento en sí. Hoy todos sabemos que un titulo académico en España, sea del nivel educativo que fuere, no significa que la persona que lo posee tiene los conocimientos para los que el título faculta. Ni el título de primaria, ni el de secundaria, ni el de bachillerato, ni los universitarios garantizan (como es lógico que fuera) que la persona que lo ostenta tiene la capacidad que el título supone. Es más, estamos en un sistema tan corrupto, que ni siquiera ser profesor es garantía de nada, pues hay profesores que han aprobado las oposiciones ayudados por los miembros de los tribunales (en la universidad por puro enchufismo político al que llaman “endogamia” como el caso del doctor Sánchez y en primaria y secundaria por una bondad mal entendida que hace que los miembros de los tribunales no sean rígidos al evaluar los ejercicios de los candidatos). De eso es de lo que se han valido Sánchez, Casado, Cifuentes y todos los demás. ¿O acaso es casualidad que una gran parte de los diputados del PSOE sean y hayan sido doctores de Derecho constitucional?

De esta corrupción (a menor o mayor escala) es de la que se han valido miles de personas en España para ser docentes. ¿Eso quiere decir que todos los profesores están ahí sin mérito alguno? Desde luego que no. Yo soy profesor y fui el número uno de mi tribunal (éramos trescientos y solo había dos plazas). Y son también miles los que han alcanzado su plaza por mérito y capacidad. Y son miles los que investigan en la universidad dejándose muchas horas en los laboratorios. No hablamos de esto, sino de si es posible obtener las plazas sin tener ni mérito ni capacidad. Y la respuesta, tristemente, es sí. Y el caso del doctor Sánchez, como tantos otros que no alcanzan notoriedad mediática, lo demuestra. Como he oído decir esta semana, “eso es lo que es una investigación en la universidad”.

Esta corrupción global del sistema no trasciende a los medios, pero es una realidad cotidiana de la que, como de las almorranas, nadie se queja, pasando a ser ese oscuro lodazal en el que se desarrolla el llamado “proceso de enseñanza-aprendizaje” (obsérvese la pomposidad del término que nos evoca otras latitudes) en los centros. Ese es el aire en el que se desarrolla la vida académica. Como sabemos, las cosas que nos envuelven dejan de percibirse, como ocurre con el oxígeno que respiramos. ¿Si pasó en Alemania con el dolor invisible de los judíos en los años treinta cuando los reprimían por millones sin que “nadie se diese cuenta”, no va a pasar aquí con una cuestión mucho más difícilmente detectable?

Aprobad a toda costa y mirad hacia otro lado

Han sido las propias administraciones educativas autonómicas, siempre dirigidas o claudicantes ante el PSOE, quienes han presionado desde hace décadas a los docentes para que aumenten las tasas de aprobados en todos los niveles. La Junta de Andalucía, por ejemplo, dio miles de euros a cada docente que se apuntó a su Plan de Mejora (sic). Esta cantidad se cobraba por el profesor solo en caso de que este aumentase significativamente su porcentaje de aprobados. También en la Universidad, los profesores cobran hoy día un plus que depende de su tasa de aprobados. En secundaria, el profesor que suspende debe hacer un informe explicando por qué eso ocurre y los aprobados de despacho promulgados por la inspección educativa (siempre cercana al poder político) son una constante en los institutos cada verano. Esta situación ha determinado que los padres sean cada vez más conscientes de que, presionando al profesor, este acaba aprobando a su hijo y, por ello, las reclamaciones oficiales de notas son hoy un elemento cotidiano en los centros. Además, ese entorno cada vez más violento de los centros de secundaria, con acoso escolar a alumnos y agresiones a profesores, ha acabado conduciendo a los docentes a anticiparse a estos posibles problemas de la forma más sencilla y menos traumática. ¿Cómo? Aprobando de antemano a alumnos que, de otra manera, habrían suspendido. Eso no significa que todas las personas que tienen hoy un título en España hayan necesitado de esa connivencia corrupta. Nada más lejos de la realidad, pues hay y habrá miles de alumnos inteligentes y aplicados. De hecho, ellos son los primeros perjudicados por este perverso sistema de regalo de titulaciones, porque su mismo título lo han obtenido y lo obtendrán muchas otras personas que solo han podido obtenerlo gracias a una equivocada conmiseración por parte de los docentes. Unos aprueban y a otros los aprobamos. Yo mismo lo he hecho en ocasiones, presionado por diferentes circunstancias.

Dame pan y llámame listo

En todo caso, esa idea halagadora que hoy proclaman los políticos de que “los jóvenes se dejan la piel para sacarse el título”, esa idea demagógica de que cuesta un tremendo esfuerzo obtener un título es en términos generales una rotunda falsedad. Obtener un grado universitario en España es más fácil que nunca y el nivel medio de un universitario de 2018 está por debajo del de un alumno de COU de 1985. Esa es la realidad constatable por cualquier persona que no se deje llevar por la realidad falsificada de los medios.

Cualquier maestro sabe que hoy en día es muy raro que un alumno suspenda un curso. Cualquier profesor sabe que hoy en día una gran parte de los alumnos pasa por los institutos de curso en curso sin dominar los contenidos y es aprobada por no generarse problemas con padres e inspectores.  Cualquier persona que tenga hijos o familiares en la universidad sabe qué tipo de alumnado puede llegar allí y el nivel bajísimo de conocimientos que en muchos aspectos muestra. Ese es el caldo de cultivo que permite que una tesis no sea una tesis y un máster no sea un máster. Los políticos han diseñado un sistema del que millones de personas se aprovechan y ellos, al estar más arriba, simplemente, se aprovechan a un nivel superior. Los políticos, sobre todo los del PSOE, han ocupado la universidad como el “banquillo” de un equipo de fútbol. Mientras son suplentes, esperan pacientemente dando opiniones en los medios en tertulias y entrevistas y dominando la universidad hasta que un día les llaman para formar parte de listas electorales y se hacen diputados. El día que dejan el acta de diputados vuelven a sus clases universitarias y a crear estados de opinión desde los medios. Esa es la realidad de la universidad española desde que yo estudié y fui representante estudiantil universitario en los años ochenta. Pero no son solo ellos los corruptos, sino millones de personas que saben, repito saben perfectamente, que todo el sistema está corrupto y por eso no quieren dar clase en los grupos de responsabilidad de los institutos como 4º y sobre todo, 2º de Bachillerato, donde las presiones para el aprobado de los alumnos son brutales. Como decía antes, habrá personas absolutamente puras, pero yo no las he conocido hasta ahora.

Esa es la gran corrupción del sistema educativo de la que nadie va a hablar, porque hay tantas personas que la practican (empezando por mí mismo) y tantas otras que se favorecen o se avergüenzan de ella, que a nadie le interesa desenmascararla. Eso es lo que explica que pocos profesores quieran dar clase en el curso preuniversitario.

Los graduados en Económicas acaban de administrativos

Si se desenmascarase esta corrupción, llegarían muchos menos alumnos al bachillerato y a la universidad, con lo que miles de profesores irían directamente al paro. Eso sí, los graduados que saliesen de ella serían escogidos y no necesitarían hacer luego tres másteres para obtener un empleo acorde con su título, con lo que el gasto en educación disminuiría sensiblemente. ¿Quién gana con el sistema actual? El profesorado. ¿Quién pierde? La sociedad, que paga 8000 € anuales por cada alumno matriculado y curso universitario pues este es el coste real (descontado lo que paga en matrícula) de su asistencia a clase. Mucho de ese dinero es un dinero tirado directamente al mar, porque esos titulados no trabajarán de economistas o abogados nunca. Los profesores universitarios, mientras tanto, pueden dedicarse a diseñar másteres y vivir razonablemente bien dando clase a los posgraduados. Un chollo que pagamos toda la sociedad. Igual que el comunismo fabricaba productos inservibles, el socialismo se dedica a fabricar graduados inservibles.

Esta estrategia hiperprotectora y falsa conduce además, inevitablemente, a que alumnos mediocres o incluso malos no se enfrenten a su verdadera situación vital hasta cumplir la treintena o la cuarentena. Hoy hay una parte de la generación LOGSE que se encuentra con que, habiendo sido mimada por sus padres y aprobada con facilidad en colegio, instituto y universidad, es incapaz de hacer valer su título y fracasa a la hora de enfrentarse a las oposiciones o al conseguir un trabajo acorde con su teórica formación. Hay economistas que hacen trabajo de administrativos, graduados en Derecho de tele-operadores y un largo etcétera que todos conocemos.

Esa es la realidad, el traje nuevo del emperador que nadie se atreve a denunciar. Y por eso, seguiremos hablando de los másteres de Casado y de las tesis del doctor Sánchez, cuando son simplemente la guinda del enorme lodazal (y no la pregunta parlamentaria de Rivera según la acusación del doctor Sanchez ) en que han convertido los políticos la educación en España.

¿Hacia dónde va la España de Pedro Sánchez?

Tras la proclamación relámpago de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno de España, tras disiparse el humo y los efluvios del acto, nos vamos a atrever nosotros también a realizar una sencilla profecía. Se trata de un ejercicio acrobático, difícil y sin red, cuyo acierto o error se verá en los próximos meses.

La primera idea clave es que el Gobierno va a durar hasta que alguna de las formaciones que apoyan al Gobierno (singularmente el PSOE) crea que unas elecciones le favorecen y eso quiere decir que incluso se puede agotar la legislatura. Si esta moción de censura ha salido adelante es porque ninguno de los partidos, excepto Ciudadanos, quiere elecciones. Todos hablan de democracia, pero en estos momentos nadie quiere dar la voz a los ciudadanos, porque saben que ahora mismo Ciudadanos podría ganar holgadamente las elecciones. Muy especialmente, esto es válido para el PSOE, que va a intentar perpetuarse en el poder tras la siguiente cita electoral. Emplearán los dos años que les quedan, ya con presupuestos aprobados, en volcarse en la máquina propagandística para mostrarse como receptor natural del voto de centro izquierda. Otra cosa es que lo consigan, pues dependerá de la presión a la que le sometan los separatistas.

Si los separatistas se muestran firmes en sus posiciones (en ese falso diálogo que solo discute un punto: fijar la fecha y condiciones de los referéndums secesionistas en Cataluña, Vasconia y Navarra), Pedro Sánchez no podrá darles lo que piden (la vía a la secesión) sin romper su propio partido, pues socialistas en Castilla, Andalucía o Extremadura no podrán consentir la ruptura de la nación. Por tanto, Sánchez se vería abocado a un dilema: o mantener el Gobierno sobre un partido y una España rota (lo que es imposible) o sobre una España unida y un partido roto (lo que también sería imposible). Es decir, la crisis del PSOE sería terrible y la ruptura del PSOE (por la salida de una de las dos facciones) a medio o largo plazo, inevitable.

Pero es muy posible que los separatistas no quieran hoy elecciones tampoco y busquen una tregua táctica.. De hecho, hay ya un primer gesto de que esa tregua se puede producir y es que Torra ya ha pasado por el aro de proponer para su Gobierno consejeros nuevos, sin cargas judiciales pendientes. Los separatistas, tras el fallido golpe, van a volver a sus cuarteles de invierno, a reorganizarse y a acumular fuerzas para, andando el tiempo, cuando lo estimen oportuno, volver a la carga contra España para, esta vez sí, alcanzar sus objetivos finales y destruir la nación. Para contentar al electorado separatista, a Pugidemont y los suyos les van a bastar gestos de apaciguamiento por parte de Sánchez, como puedan ser inicialmente «mesas de diálogo» y el acercamiento de los sediciosos encarcelados a prisiones catalanas, Los separatistas saben que hoy por hoy no pueden conseguir mucho más, porque si Sánchez accediera al referéndum, el PSOE y la propia España saltaría en mil pedazos. Así que Torra, Puigdemont y compañía esperarán a que pase el tiempo y a que la acción del nuevo Ministerio de Justicia les permita a sus encarcelados incluso la libertad condicional antes del juicio. Es posble que, además, los separatistas prosigan ahora (con el consentimiento de Madrid) su acción en el exterior con sus embajadas y de seguro afinarán (gracias a los impuestos de todos los españoles) todo su aparato educativo, mediático y policial preparando el siguiente asalto contra España. La política de gestos cobrará enorme importancia durante estos meses, porque así podrán esconder y justificar que estén abandonando (tácticamente) el objetivo final. Eso sí; seguirán intentando armar a su Policía para el próximo choque con el Estado. Es decir, se trata de una tregua, nunca de una paz.

Caso parecido es el del PNV, que tampoco quiere elecciones y que también quiere justificarse ante su electorado. Sus movimientos hacia la vía catalana irán en aumento en este periodo. Tienen miedo de que una reacción de la ciudadanía española pudiese destronar a Sánchez y condujese a un Gobierno español que incluso pusiera en duda el cupo vasco. Se concentrarán sobre todo en acercar los presos etarras a las cárceles vascas y se volcarán en fingir un paisaje de reconciliación interna con la inestimable ayuda de los socialistas vascos. Los proetarras de Bildu navegarán en esa misma estela.

Los neocomunistas de Podemos intentarán dar a Sánchez el abrazo del oso. En mi opinión, Iglesias ha llegado al convencimiento por fin de que España no es Venezuela y de que, no habiendo en nuestra nación una clase social miserable que se conforme con subsistir gracias a subsidios (la base del populismo americano), su acceso al poder en solitario es imposible. Cuando se alejó de la careta comunista de IU se quejaba de que estaba llena de “pitufos gruñones”, pero él se ha convertido en el nuevo “pitufo gruñón”; eso sí, desde su nuevo chalé de Galapagar. Van a ser el socio más agrio de Sánchez y el que les va a proponer más problemas, pero menos de los que les gustaría porque su popularidad en España cada vez será menor.

¿Y si estas fuerzas son tan heterogéneas en qué pueden estar de acuerdo?

Pedro Sánchez ha sido llevado al poder por fuerzas muy dispares que solo tienen en común el deseo de romper el consenso constitucional de 1978 para sustituirlo por una república (o por varias, si añadimos la catalana y la vasca). Pero la política económica de PNV y Podemos es absolutamente irreconciliable, así que ¿en qué pueden estar de acuerdo todos?

En primer lugar, en el guerracivilismo que utilizó Felipe González y afiló dramáticamente Zapatero. La Ley de memoria histórica reunirá enormes cantidades de dinero e impondrá la visión estalinista de la historia de los años treinta, incluso con medidas coercitivas. Veremos series, películas, documentales y libros que seguirán en esta estela de enfrentamiento ochenta años después de la finalización del conflicto. ¿Por qué? Porque de ese guerracivilismo viene la culpabilizacón de la derecha española y su castración ideológica. De ahí es de donde extraen todos ellos el argumentario para deslegitimar la ideología liberal y nacional.

En segundo lugar, veremos un auge tremendo de todo lo que tenga que ver con el feminismo. Las campañas y el dinero que se va a donar al movimiento feminista van a ser también tremendos. A esta vorágine se sumarán presumiblemente también Ciudadanos y el PP, incapaces, como ya hemos visto, de articular un discurso propio y ecuánime sobre el tema.

En tercer lugar, la educación. La derogación/modificación de la LOMCE  va a ser cuestión de meses. Puede que no llegue ni a comenzar el nuevo curso académico. Es posible que no puedan a corto plazo sustituirla por otra ley por su falta de entendimiento interno, pero sí harán que cobren naturaleza el adoctrinamiento feminista, guerracivilista y antiespañol en las escuelas (sobre todo en las catalanas).

En cuarto lugar, la lucha contra la lengua española. Los procesos contra la lengua española en Navarra, Valencia y Asturias cobrarán mayor vigor y pronto se traducirán en medidas educativas y sociales que significarán el debilitamiento de los hispanohablantes y la fragmentación de la convivencia entre españoles dificultando la emigración al evitar el acceso a la función pública por medio de medidas lingüísticas.

En quinto lugar, gestos contra la Iglesia. Tampoco excesivos por dos razones. La primera porque en Cataluña y Vasconia, el clero se ha demostrado como manantial del separatismo desde siempre y, en segundo lugar, porque la Iglesia ya ha mostrado en estos meses su pasividad ante la destrucción de España. Parece mentira que una institución que no sería hoy nada sin la labor de España en América, no haya emitido una sola nota sobre Cataluña. Incluso, en determinados sectores eclesiásticos, la ideología está más cercana al PSOE que a la derecha liberal.

La reorganización de las fuerzas nacionales

Con la disipación del humo de la moción, un nuevo paisaje se nos dibuja. Hay unas fuerzas que se han unido a un lado para echar a Rajoy. Son las mismas fuerzas que estaban unidas en el llamado bando republicano durante la guerra civil: socialistas, comunistas y separatistas. Yo sé que no es esto lo que desearían los socialistas, pero las cosas por norma general, ocurren de una manera porque no pueden ocurrir de otra. Es el precio de haber seguido apostando hasta hoy por el guerracivilismo y haber preferido durante décadas a la derecha racista catalana y vasca a la derecha española. El PSOE, el verdadero hacedor cultural de la España en que vivimos, ha creado una sociedad en la que los viejos fantasmas de hace un siglo siguen en pie. No se puede invocar a los muertos impunemente. Porque ahora, nuevamente, esos muertos les han convocado. Y ellos, los socialistas, nuevamente, han acudido a su llamada y se han alineado juntos.

Y cuando un frente se alza ante ti, hay dos opciones: o ignorarlo o enfrentarlo. Rajoy optó, como toda la derecha española desde la transición, por ignorarlo, renunciando a actuar y a defender ideas y programa. Rajoy renunció a defender a la nación. Rivera ha demostrado hasta ahora su incapacidad para actuar y su incomprensión del desarrollo de los movimientos sociales que, en muchas ocasiones, se dan como resultado de un proceso de acción-reacción.. A cada palabra de los adversarios hay que responder con otra palabra. A cada acción de los adversarios, hay que responder con otra acción Eso se traduce hoy de la siguiente forma. A cada palabra de los enemigos de España hay que responder con otra palabra. A cada acción de los enemigos de España, hay que responder con otra acción. Y Rivera no está haciendo esto como vemos cada día en Cataluña, donde la población asiste al rearme separatista sin que nada se le oponga.

Como en tantos otros momentos de la historia, los españoles nos enfrentamos a la crisis nacional sin el apoyo de nuestra burguesía que, nuevamente, ha evidenciado su ceguera y falta de patriotismo, prefiriendo su cuenta de resultados a la cohesión nacional. No son conscientes, ni ellos ni tantos otros, de que, si desaparece España, gran parte de su negocio estará perdido. Sí son conscientes muchos españoles que comprenden que, si se rompe la nación, todo lo construido juntos desde hace milenios, desde los hospitales hasta las carreteras, se destruirá. Si son conscientes muchos españoles de que todos los lazos entre familiares de distintas regiones, todo lo amado y recorrido unidos en cordial convivencia, se destruirá. Y esos españoles, que son la mayoría, no quieren que eso se pierda.

La mayoría de los españoles queremos tener amigos y familiares en otras zonas de nuestro país y saber que algo más que la amistad nos une a ellos. Y ese algo más es España. La mayoría de los españoles queremos pasear por todas las regiones de España sintiéndonos en casa, comunicándonos en nuestra lengua común, que es el español. Y eso es España. La mayoría de los españoles sabemos que provenimos de un pasado unido en el que hemos vivido unidos hechos memorables y lamentables y que esa es nuestra historia.  Y eso es España. La mayoría de los españoles sabemos que somos una de las grandes naciones de Europa y que nuestra aportación a la historia de la humanidad es indiscutible. La mayoría de los españoles sabe que unidos somos más fuertes. Y eso es España.

Y por eso España sabe que se mantiene unida, como siempre ha sido desde la época romana, porque los españoles, a pesar de las minorías amargadas de cada zona y a pesar de nuestros torpes y egoístas caudillos, nos queremos y nos seguiremos queriendo. Porque España somos los españoles.

Eso es lo que cada español consciente debe explicar serenamente a cada español que no se da cuenta del tesoro que tiene. Y ahora toca defender ese tesoro.

Es el turno de las fuerzas nacionales y es momento de unidad. De la maestría en la operación de las fuerzas políticas nacionales depende el futuro de todos. Pero seamos optimistas. Que no quepa duda de que la idea política que consiga agrupar a su alrededor a los españoles conscientes, tendrá el poder en un futuro no muy lejano en sus manos. Y que no quepa duda de otra cosa: a lo largo de la historia los españoles siempre se han unido, de forma natural, cuando se tenían que unir. Ahora no será diferente.

¿Por qué Rajoy ha actuado así en Cataluña?

En los últimos meses muchos españoles han visto asombrados la actitud de Mariano Rajoy ante el desafío separatista. Se han escrito mil columnas diciendo que Rajoy intentaba contemporizar con quienes habían declarado abiertamente la secesión, quería intervenir sin hacerlo a fondo, prohibir sin reprimir, sanar una fractura abierta sin usar el bisturí… La mayor parte de los analistas señalaba que Rajoy intentaba lo imposible: Dar una solución judicial a un problema que es político.

 Y el resultado es evidente. Rajoy es ya el ex presidente de España y el separatista Torra es ya el nuevo presidente de Cataluña. Esos son los datos objetivos. Uno ha sido derrotado y el otro ha resultado triunfador.

Pero de ahí surge una pregunta importante a la que sin embargo no se ha dado respuesta: ¿Por qué Rajoy ha actuado así? ¿Qué le ha llevado a acabar en el fondo de un precipicio del que le avisaban tantísimas personas?  

Yo voy a plantear mis ideas sobre este particular. Más que nada, porque ninguno de estos tertulianos pueden decir lo que opinan sobre este particular.

 

Rajoy, antes que nada, es el representante del Ibex35

 La primera idea, y fundamental, es que Rajoy, como todo presidente en una gran economía de mercado, es en realidad, un representante indirecto del gran poder financiero. Esta idea no es mía. Se trata de un planteamiento marxista ortodoxo. La clase dominante, la gran banca y la gran burguesía (lo que llama Podemos el Ibex 35) son quienes controlan el poder a través de partidos políticos que gestionan el sistema para defender sus intereses de clase. Esta es la misión fundamental de Rajoy y de cualquier presidente.

Rajoy es aupado al poder por el voto de los ciudadanos, por supuesto que sí: pero para que eso sea posible Rajoy necesita muchísimo dinero y muchas horas de proyección pública. Y ese dinero para financiar las campañas lo dan los bancos y esa proyección pública para llevar el mensaje a la ciudadanía la dan los medios de comunicación controlados por los grupos industriales, que son quienes poseen y financian a las cadenas de radio, prensa y televisión a través de los anuncios. Quien no obtiene el beneplácito de estas dos fuerzas (banca e industria) se ve incapacitado para llevar su mensaje a la población y, por tanto, no consigue votantes entre la mayor parte de los ciudadanos, que no son personas que buscan información política por su propia cuenta, sino que se informan pasivamente a través de seguir programas como “El intermedio”, los telediarios, El País o el Abc o incluso ni siquiera se informan. Si no quieren quienes dominan los medios, no te dejan aparecer en sus canales. Esto es lo que explica las dificultades que tuvo UPyD para aparecer en los medios (sobre todo tras denunciar a la gran banca en el caso de Bankia) o las que tiene VOX para tener proyección pública actualmente. Los medios no les apoyan y así ellos no aparecen en las encuestas y por tanto, para la población pasiva, no existen. Es un círculo vicioso porque no son vistos como opciones útiles de voto, aunque potencialmente podrían tener muchos seguidores.

 ¿Qué defienden los poderosos sobre el caso catalán?

 Luego es imposible explicarse el comportamiento de ningún presidente del Gobierno de España sin atender a los deseos de los propietarios y directivos de los grandes bancos y de las empresas más importantes. ¿Y cuál ha sido el deseo del Banco de Santander, de Bankia o de La Caixa durante los últimos cuarenta años en relación con Cataluña?  ¿Cuál ha sido el deseo de El Corte Inglés, de Telefónica, de Repsol y de las grandes empresas españolas? Pues no hacer nada: defender el crecimiento económico sin atender a nada más. Pues justamente eso es lo que ha hecho Mariano Rajoy: nada.

Un solo ejemplo: La posición del Banco de Santander ante el conflicto catalán

 El Santander es el banco más importante de España. Financia con cuantiosas campañas a todos los medios de comunicación españoles. No hay por tanto articulista que pueda escribir en su contra, pues el periódico le pondría en la calle más pronto que tarde. Ellos lo saben y los veremos criticar a políticos y gobernantes, pero no a empresas ni a empresarios porque saben que, en el fondo, quienes financian y dominan los medios de comunicación son ellos. El pasado lunes 21 de mayo la presidente del Banco de Santander, Ana Patricia Botín, afirmaba en la Cadena Ser que “había que enamorar de nuevo a los catalanes del proyecto español”. Es decir, tras un golpe de estado y una proclamación de independencia, la máxima accionista del mayor banco de España no pedía el respeto y cumplimiento de la ley ni pedía proteger los derechos de los catalanes que quieren seguir siendo españoles, sino que señalaba que los catalanes son “a los que hay que enamorar” (no a los que ya están enamorados, que son los catalanes españolistas) y que es España quien debe enamorarlos. La traducción política de estas palabras es evidente: Hay que realizar nuevas concesiones a los separatistas catalanes para que se enamoren de España. ¿Explica esto la política de Rajoy? Yo creo que lo explica todo.

 ¿Por qué el poder económico no aboga por soluciones ejemplares y represivas  en Cataluña?

Así pues, la pregunta de “¿por qué Rajoy ha actuado así en Cataluña?” se debe convertir en “¿por qué´las grandes empresas actúan así en Cataluña?” Y solo hay una respuesta: la idea de las grandes corporaciones es “hagamos dinero hoy y mañana ya veremos”.  Si hay conflicto social, el consumo se verá afectado y eso significa perder dinero. Es más importante para ellos el dinero que la patria. Eso explica su comportamiento. Entre que se debilite la nación y que baje su cuenta de resultados, eligen su cuenta de resultados. 

Esto es una opción miope porque solo conduce, como hemos visto desde 1978, a postergar un enfrentamiento que se acabará produciendo indefectiblemente, ya que el bando separatista no tiene ninguna capacidad de negociación: o nos separamos o nos separamos. Cada año que se posterga el enfrentamiento abierto con la ideología separatista y con sus acciones delictivas es un año en que ese grupo se fortalece, por lo que cada vez se tiene mayor temor a enfrentarlo. La conclusión es obvia. El enfrentamiento se producirá cuando sea inevitable y en ese momento sus consecuencias serán más graves. Para entonces, eso sí, sus cuentas de resultados ya tendrán guardados y bien guardados sus beneficios.

Esto tiene unas causas y es la debilidad histórica de la burguesía española y su escaso patriotismo. Pero este es otro tema más largo y en el que me extenderé en otra ocasión.

Revolución low-cost

En los últimos años, nos encontramos ante escenarios verdaderamente curiosos. Desde dos frentes políticos muy significados (el separatismo y el neocomunismo de Podemos) se ha iniciado una guerra contra el Estado. Tanto unos como otros plantean abiertamente la ruptura del consenso constitucional actual bajo diferentes denominaciones que hagan más llevadero o incluso invisible su objetivo final. Ante todo, seamos felices…

Fantasía y realidad

Los separatistas, que pretenden privar por la fuerza de sus votos a la mayoría de los catalanes de su derecho a ser españoles y europeos (con el montante de beneficios legales, llámese derechos, que eso entraña) privándoles de DNI y pasaporte comunitario, endulzan/ocultan su objetivo final vistiéndose como “soberanistas” y hablan de su “derecho a decidir” y de su “soberanismo». Tergiversan la realidad llamando “democracia” a votar contra la legalidad o “procés” al golpe revolucionario contra el Estado. Ante todo, educación y cortesía… mientras no les toques su credo.

Karl Marx en 1875.

Los neocomunistas, por su parte, se dirigen a la “gente” (término afectivo y subjetivo que engloba a su grey) en vez de a los ciudadanos (todos nosotros, los sujetos de derecho independientemente de nuestra condición social) y hablan en privado de que “el miedo cambie de bando”, de “tomar el cielo por asalto” o de que no pueden «decir la palabra España” para al día siguiente proclamar en público que luchan por el “país de las sonrisas” o por el “diálogo”. Y es que la vida es tan bonita…

Se trata de lanzar un mensaje amable, edulcorado, apto para todos los públicos, consumible sin reparos por cualquier persona amable y sentimental, que no analice las cuestiones estableciendo la implacable lógica natural de los procesos sociales y/o desconozca la historia. Es la política posmoderna.

No es inteligente suponer que esos objetivos últimos de unos y otros (que en realidad son el mismo; esto es, la destrucción de nuestro sistema social actual para sustituirlo por otro en el que ellos sean hegemónicos) puedan conseguirse sin recurrir a la fuerza. La lógica social nos dice que si separatistas o neocomunistas vuelven a intentar destruir nuestro Estado de derecho (que parte, lógicamente, del cumplimiento de las leyes), el Estado español (y todos) se defenderá empleando la fuerza (la Policía, la cárcel y, si es necesario, el propio Ejército). Eso ha ocurrido en la Gran Bretaña cuando envío a Irlanda 45.000 soldados para imponer la pérdida de la autonomía, en Francia en mayo de 1968 o en cualquier otro país del mundo. La propia historia demuestra que los cambios sociales del calado que sueñan unos y otros han conducido siempre a la violencia y a la guerra. En Rusia, en Alemania, en España, en Yugoslavia y en todo lugar donde esto se ha intentado realmente.

El final del verano

Y aquí es donde llegamos al final de todo el ciclo actual. Los seguidores actuales de los separatistas y neocomunistas (lo que unos llaman el poblé cátala y los otros la “gente” por no asustar empleando la terminología marxista “masas”) no están dispuestos a ofrecer a su causa el esfuerzo que esta les exigirá el día en que realmente se pongan en serio en camino hacia la revolución. Y este peaje no es otro que el de sufrir la violencia real en sus carnes. Están dispuestos a irse al extranjero a pasarse unos meses de asueto a costa del erario público o a marcarse un sueldo tres veces el salario mínimo (¿por qué no uno por debajo del salario mínimo para entender mejor como viven los pobres?).

Lo que ha demostrado el sainete catalán ha sido, entre otras muchas cosas, que en la situación actual los separatistas y su sacrosanto “poble catalá” están dispuesto a hacer colectas, fiestas y asistir a misas y manifestaciones, pero bajo ningún concepto a enfrentar las consecuencias que les supondría una verdadera ruptura. Ni los dirigentes, ni los seguidores. Y de ahí toda la farsa a la que asistimos hoy. Quieren ganar la independencia sin arriesgar nada. Ir a la manifestación y cenar en un restaurante de lujo. Apoyar el independentismo y tener las sedes sociales de sus empresas en Madrid. Ja.

Tres cuartas partes de lo mismo cabe decir de los seguidores de Podemos. Están dispuestos a la revolución, por supuesto; pero sin renunciar a su consumismo, a sus vacaciones, a sus peinados de una hora ante el espejo, a sus móviles de última generación y a sus pisos de protección oficial. La Sexta, el escaparate rouriano del neocomunismo low-cost, lo tiene bien claro. Propietario y presentadores que claman contra la «especulación inmobiliaria», pero poseen decenas de propiedades; humoristas que se burlan de la Constitución y de las leyes con sarcasmo para acto seguido acogerse a ellas sin el menor rubor; ideología revolucionaria (antiburguesa y antiespañola) en todos sus programas, pero emisión incansable de publicidad; lucha a ultranza contra el machismo y la mujer-objeto, pero con presentadoras jóvenes, guapas y vestidos cortos; preocupación por la cultura española, pero con la emisión diaria de programas futbolísticos de la peor calaña; crítica a la riqueza y a los ricos, pero emitiendo programas donde algunos privilegiados enseñan sus lujosas casas; críticas al imperialismo yanqui, pero programando películas de acción norteamericanas todos los días. Por un lado, los sueños irreales; por el otro, la tozuda realidad. Se trata de un mensaje incoherente que solo pueden comprar revolucionarios low-cost. Es un mensaje, además, con fecha de caducidad. No se puede estar esperando la revolución toda la vida como si fuera la primavera. El territorio de nadie es el de la inmadurez de las consignas cursis. Más tarde o más temprano, hay que romper abiertamente con la sociedad o aceptarla para sobrevivir. Salvo que se sea rico y se haga del cinismo un modelo de vida.

Mikhail Koltsov – Trabajo propio photo 1936

Durruti decía en 1936, poco antes de morir en la Casa de Campo: “los trabajadores no le tenemos miedo a la destrucción”. ¿Qué diría hoy el viejo revolucionario si viera a quienes defienden la lucha contra la burguesía en España? La LOGSE ha hecho creer en Cataluña y en España a millones de treintañeros (y casi  casi a cuarentones) que se puede alcanzar la revolución con un tuit o tocando el mando a distancia del televisor.

El vano ayer engendrará un mañana…

El despertar llegará y, con toda seguridad, será muy duro. La madurez llegará a todos, aunque sea con setenta años ya cumplidos… Los que hoy duermen despertarán en la sudorosa angustia y sufrirán las consecuencias sobre sí mismos de este gigantesco engaño. ¿Recaerá su ira sobre alguien más?

 

¿Cambiar la Constitución o cambiar la ley electoral?

Desde hace años (y más desde hace meses) se oye que hay que cambiar la Constitución. Todavía más, la respuesta que el PSOE ha dado al órdago separatista catalán ha sido, precisamente, crear una comisión que estudie el cambio en la Constitución para dar «encaje» (eufemismo que quiere decir en realidad concesiones) a la ambición catalanista.

La supuesta crisis de Estado que vivimos no es en el fondo más que la consecuencia de una desafortunada ley electoral que nos ha condenado a la mayoría de los españoles a ser chantajeados constantemente por las minorías. Nos explicaremos.

Hay dos grandes focos que cuestionan el marco constitucional: los neocomunistas de Podemos y los separatistas. Para empezar, hay que señalar que con otra ley electoral ni unos ni otro tendrían el peso que hoy tienen. Con la ley electoral alemana, por ejemplo, no se hubieran sentado en el Congreso de los Diputados ni los separatistas catalanes, ni los vascos, ya que para acceder al Bundestag es preciso alcanzar el 5% de votos nacionales y CiU en sus mejores tiempos bailaba en torno al 3% (y no es ironía). Por otro lado, con una ley electoral como la francesa o la inglesa, Podemos no tendría apenas representación parlamentaria porque en esos países solo alcanza sillón parlamentario quien tiene la mayoría en una circunscripción y eso no lo consiguen los podemitas en casi ninguna provincia. Es decir, que los mayores focos de resistencia anticonstitucional se deben, no a la fuerza de sus votantes, sino a una ley electoral que alimenta la diferencia y que ha sido y es un permanente foco de inestabilidad social.

En las épocas anteriores, los separatistas del PNV o de CiU se valían de su voto en Madrid para ir arrancando concesiones al Gobierno de la nación. Es decir, para poder gobernar, los separatistas exigieron a Felipe o Aznar un chantaje. O me das más concesiones o no te apoyo. Lo malo es que el pago del rescate no lo hizo ni el PP ni el PSOE de sus propios fondos sino que pagaron usando como moneda la propia nación española (que es de todos), Es decir, fueron al casino de los trileros separatistas apostando no su propio capital, sino lo que no era suyo  y sí era de todos: la nación española.

Tras la crisis económica, ceder al chantaje se volvió  imposible porque, nuevamente ( y van tantas desde 1898) los separatistas explicaron que las causas de una crisis mundial eran una consecuencia de la opresión española. Y es que cualquier problema internacional, nacional o regional es explicado siempre por los separatistas como una consecuencia de la «opresión» española. El odio a la idea de España es la base de su pensamiento.

Además, tras la crisis, ha surgido de la órbita del viejo PCE más fundamentalista , un partido antisistema y neocomunista que trata de destruir la convivencia, simbolizada en la Constitución. Todo ello ha desembocado en esta crisis de Estado.

Las leyes electorales proporcionales garantizan la dictadura de las minorías

Las leyes electorales son filtros, que traducen los votos en bruto de los ciudadanos en fuerzas de poder político capaces de gobernar un país. Una ley que no garantiza la gobernabilidad es estéril, pues no cumple su función. De poco sirve ser puristas en este sentido. La práctica demuestra que los países en los que ese filtro es inexistente o poco eficaz, tienen gobiernos débiles. Es el caso de Israel, donde hay un sistema muy proporcional en el que un 20% de votos equivale casi a un 20% de diputados. Esto ha conducido a que sea casi imposible que el partido mayoritario (sea el Partido Laborista o el derechista Likud) gobierne en solitario, por lo que al final ha tenido que pactar traidcionalmente con los partidos religiosos,  que para realizar el pacto (como aquí´los separatistas catalanes y vascos) han ido poniendo condiciones cada vez más duras. En la práctica, por tanto, el modelo proporcional es el gobierno de las minorías por encima de las mayorías. Sí, igual que el 3% de CIU o del PNV imponían la política regional a Felipe o a Aznar por encima del deseo mayoritario de los españoles (con lo que la minoría se imponía  sobre la mayoría) allí el Shas imponía sus prebendas para las sinagogas y los judíos ortodoxos por encima de la opinión mayoritaria en Israel. Las consecuencias, en ambos casos, están a la vista: mayor radicalización de ortodoxos y separatistas, menor poder de la mayoría. Es decir, las leyes electorales proporcionales garantizan la dictadura de las minorías.

Las leyes electorales mayoritarias son garantía de estabilidad

Por contra, los países más estables políticamente son aquellos en los que el sistema electoral es abiertamente mayoritario. En  Inglaterra o Francia, para entrar en el parlamento hay que obtener la mayoría en una circunscripción. La segunda fuerza no tiene representación. Y no digamos la tercera: está directamente fuera del mapa. Eso quiere decir que los extremistas (que inicialmente siempre son minoritarios) nunca van a acceder al parlamento con lo que entrarán en un circulo vicioso. Al no entrar en el parlamento, no obtienen dinero de los presupuestos para financiarse, ni tienen presencia mediática, ni obtienen atención de los ciudadanos, con lo que, por lógica, acaban en la cuneta del tablero político. En Gran Bretaña, un partido como Podemos es imposible e inviable como partido gobernante. En Alemania, también, pero por otras razones pues el comunismo está prohibido por ley.

¿Qué ley nos conviene a los españoles?

Algunas personas plantean que se debe ir a un sistema de listas abiertas dentro de un sistema proporcional. Esto es un error que no va a arreglar nada. Nadie conoce a las personas que integran las listas de diputados que vota. De hecho, en el Senado hay listas abiertas y los ciudadanos votan a partidos.   Eso demuestra que esta propuesta no tiene mucho sentido, porque la población no va a hacerle caso.

Hoy, una gran parte de la población está cansada de los partidos. Pero hay un ámbito en que esto es diferente y es en las elecciones locales desarrolladas en los pueblos. ¿Por qué? Pues porque ahí las personas sí conocen personalmente a quién votan y votan a una persona y no a un partido. En el ámbito rural, el alcalde tiene mayor prestigio entre sus vecinos que el diputado entre sus votantes y se preocupa por sus ciudadanos, pues sabe que su permanencia en el cargo depende de ellos. Es más, es común que el alcalde que se ha pasado de un partido a otro haya seguido manteniendo el apoyo de sus vecinos. Esto hace que en ese ámbito la fuerza de esos partidos que emponzoñan la vida nacional sea menor. Aprendamos la lección y hagamos lo siguiente.

Circunscripciones pequeñas y voto mayoritario. Como en Gran Bretaña. Hay en España 35 millones de votantes. Eso quiere decir que en un parlamento de 350 diputados habría un diputado por cada 100.000 habitantes. Si doblásemos el número de diputados (lo que podría hacerse fácilmente suprimiendo el  Senado), habría un diputado cada 50.000 habitantes.

Hechas estas circunscripciones pequeñas al estilo inglés, nos encontraríamos con que Jerez tendría dos diputados y Alcorcón, uno (igual que San Sebastián). Mientras tanto, Gerona (que no llega a los 100.000 votantes) tendría que sumarse a los pueblos de los alrededores para tener un diputado. En las grandes ciudades, como Madrid o Barcelona, los diputados serían diputados de sus barrios y no de los partidos.

Una vez hechas estas circunscripciones el voto sería mayoritario. En cada ciudad y en cada barrio habría un solo elegido: el más votado.

¿Cambiaría la ley electoral el mapa político?

Los partidos perderían fuerza, pues dependerían de sus diputados y no al revés. Y esta fuerza de los diputados sería en realidad la fuerza de los ciudadanos.  Para hacer campaña en un barrio o en un pueblo no hace falta mucho dinero, hace falta que la gente conozca al candidato de toda la vida, de que ha vivido allí y ha hecho cosas por la comunidad.

El separattismo estaría muerto con un sistema así pues no podría chantajear a la mayoría nacional. ¿Estaría en duda la Constitución? ¿Habríamos estado sometidos a la dictadura separatista estos últimos cuarenta años? ¿Se habrían aprobado las discriminatorias y segregadoras leyes lingüísticas catalanas y vascas?

El comunismo también estaría muerto, pues es una fuerza forzosamente minoritaria y que solo alcanza el poder porque otra fuerza también minoritaria la apoya como demuestran las alcaldías que controlan. Podemos no ha sido mayoritaria en ninguna de las capitales en las que gobierna.

En síntesis, hablamos de reformar la Constitución, hablamos de radicalización, de crisis de Estado y a veces hasta de guerra civil. Y no merece la pena tanto dolor y tanto sufrimiento como hemos vivido en Cataluña. Reformemos la ley electoral en las líneas más arriba planteadas y todos los españoles seremos más felices y viviremos con mayor paz y armonía. Seguro.

Una lectura política de La casa de Bernarda Alba

Acabo de releer, por motivos profesionales, La casa de Bernarda Alba. Y en este artículo no voy a tratar aspectos que ya han sido tratados y demostrados en la última década, aunque sí esbozarlos, para que el profano en la materia sea capaz de profundizar si quiere en las causas de la muerte del autor granadino y ver la relación que esta tuvo con la publicación de su obra. El asesinato de Lorca, tal y como se demuestra en el excelente documental Lorca, el mar deja de moverse  fue la consecuencia de rencillas familiares y odios personales que se unieron a la terrible situación política que estalló en España en 1936. Lorca reflejó en su obra con nombres y apellidos reales a la despótica familia Alba-Roldán con quien mantenía la suya lazos familiares y de vecindad. Su asesinato fue la venganza ante esta supuesta ofensa. Esto explica la actitud de la familia de Lorca de absoluta oposición a que se invierta dinero en buscar sus restos. Para ellos, la muerte de su más famoso familiar era tabú.

Pero la lectura de Bernarda Alba de estos días ha encendido una débil luz en mi mente y es la posibilidad de interpretar la obra desde un punto de vista político. No estoy diciendo con esto que el propio autor diseñara su obra desde planteamientos políticos de forma consciente, sino que, en el maremágnum en que se convirtió España en 1936, Lorca, inconscientemente, reflejó en la obra su visión sobre el conflicto ideológico de las fuerzas antagónicas que en España estaban a punto de enfrentarse en una guerra civil abierta. No olvidemos que Lorca escribió la obra en pocas semanas y la remató en junio de 1936.

La España de 1936 y la violencia política

Para ello es preciso hacerse cargo de cuál era la situación española de la época. El país desde 1931 estaba embarcado en una dinámica de acción-reacción que amenazaba día a día en solucionarse por medio de una confrontación violenta. La polarización entre derechas e izquierdas era cada día mayor. Tras la Revolución de 1934 en la que el PSOE y los anarquistas de la CNT unidos a fuerzas separatistas catalanas intentaron derrocar la República, todo había ido a peor. La violencia política se adueñó de las calles. Un país absolutamente a la deriva en el que se habían producido unas elecciones en febrero de 1936 en las que habían vencido fraudulentamente las izquierdas (esto está hoy demostrado documentalmente gracias al libro de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, 1936: Fraude y Violencia). Una España en la que a partir de ese día funesto, se producía una media de tres asesinatos políticos diarios y los diputados como la Pasionaria asaltaban las cárceles liberando los presos de la Revolución de 1934 sin mandato judicial alguno. El caos era la realidad cotidiana de la población.

La ideología de García Lorca

Lorca procede de una familia acomodada, terrateniente, pero de ideología republicana. Es, además, homosexual y mantiene una posición amistosa y abierta hacia la ideología comunista. Sus críticas al capitalismo son bien visisbles en su obra Poeta en Nueva York. No es un político y nunca lo será, pero sí es lo que los comunistas de la época llamaban un “compañero de viaje”.  Por otro lado, habría que señalar su identificación con colectivos marginales como los negros y los gitanos es también evidente en su obra. Su posición en materia sexual en todas sus obras es siempre liberal y tendente a exaltar los instintos por encima de las convenciones sociales de la época o el propio matrimonio. Esto es perceptible tanto en Yerma como en Bodas de sangre. Es decir, se trata de un autor comprometido (no de un político) que se mueve en una ideología vagamente izquierdista en el aspecto político y absolutamente liberal en el terreno sexual. Es desde este postulado desde el que hay que entender la obra.

La lectura política de La casa de Bernarda Alba

En ella, el personaje de Bernarda Alba representa, justamente, a los sectores sociales que se enfrentan a la ideología de Lorca. Bernarda Alba es el autoritarismo y la represión: no tenemos más que ver cómo ha convertido su casa en una cárcel de la que no deja salir a sus hijas, cómo las somete al silencio y a la represión de los sentimientos. Es una persona cruel, fría y desalmada. Es también, por otro lado, una persona muy preocupada por las apariencias y el respeto hipócrita de las convenciones sociales hasta el punto de llegar a la mentira y la ocultación de la verdad (y por ello finalmente, aunque su hija ha perdido la virginidad con Pepe el Romano, proclamará su castidad e inocencia). Y también es enormemente clasista y está muy preocupada por el dinero. No permite que sus hijas se casen con personas que no sean de su clase social. Todos estos defectos son los mismos defectos que veía Lorca en las capas dominantes españoles y muy especialmente en los pueblos, a los que de forma equivocada corrió a refugiarse en julio de 1936.

 

Contra esa España tradicional y reaccionaria de la CEDA representada por Bernarda Alba, se alza Adela, que en esta lectura política representaría inconscientemente la posición liberal, sobre todo en el aspecto sexual, de las capas burguesas; es decir, sería una contrafigura de las propias posiciones de Lorca. Esa España está llamada a la rebelión (de ahí que Adela rompa el bastón de su madre) y de hecho en la primavera de 1936 esa rebelión ya se estaba produciendo.

 

¿Y quién es Pepe el Romano? Un personaje externo, al que no vemos nunca, “pero tiene la fuerza de un león” y es el causante último que agita la España cerrada de Bernarda y de las capas reaccionarias. Si no fuera por él, a pesar de no aparecer en escena, Adela no se rebelaría. En mi opinión, políticamente Pepe representa al sector social destinado a “salvar”, a redimir a las otras capas sociales y a romper el dominio de la oligarquía tradicional. Es por tanto un símbolo vago de las ideas proletarias y marxistas. Es ese “fantasma que recorre Europa” al que se refirió Carlos Marx.

 

Adela se suicida al creer que esa posibilidad ha muerto. Y no es así, Lorca apuesta porque eso todavía es posible. ¿Por qué no puede enfrentarse Pepe a Bernarda? Porque no tiene armas. Bernarda tiene las armas porque representa el poder del Estado. Marx dijo que el Estado se reduce al final a un grupo de personas armadas en defensa de la propiedad privada. Esa es Bernarda Alba. Y ahí está la posibilidad de que Pepe, en un futuro, armado, pueda enfrentarse a ella.

 

Finalmente, la enorme violencia que se aprecia en la obra, con actos de sexo colectivo (lo que hoy se llama bukake), los linchamientos a mujeres, el intento de asesinato de Pepe o el suicidio de Adela son reflejo de la caótica situación que en los meses anteriores se había desencadenado en España hasta amenazar la convivencia con funestas consecuencias. Ese mismo juego de acción-reacción que se precipita en el final de la obra con la rebelión de Adela y la consiguiente ruptura del bastón, asesinato y suicidio fue el que se estaba dando en la realidad.

 

Lógicamente, esto es mi lectura personal. No es una lectura excluyente sino complementaria a otras que se han realizado y se seguirán realizando. Y no pretendo, ni podría pretender dados mis escasos conocimientos, plantear más que esta sencilla pregunta: ¿Hubiese escrito Lorca esta obra, tal y como la conocemos, en 1927?

 

¿Hacia la guerra civil?

Desgraciadamente, España se enfrenta a la mayor crisis nacional desde la Guerra Civil. No ha habido en los últimos cien años mayor peligro de disgregación nacional y de enfrentamiento entre los españoles que los acontecimientos que estamos viviendo estos días.

Estamos ante la mayor crisis nacional desde 1939

Ni siquiera los años posteriores a la muerte de Franco o el golpe de Estado de 1981 habían llevado a las calles y a la vida cotidiana de los españoles el clima de crispación nacional que hoy, desgraciadamente, vivimos. En aquellos tiempos, por supuesto, fuimos espectadores y partícipes de actos violentos y asesinatos políticos, pero la violencia era ejercida y sufrida directamente por una minoría de la población. Fuera la ETA, fueran facciones terroristas de extrema derecha, lo cierto es que sus actos violentos en ningún momento supusieron un peligro real de quiebra del sistema político ni de ruptura de la unidad nacional. Ni en sus mejores sueños tuvo la ETA  la capacidad de situar la independencia de Vasconia en la agenda política cotidiana. Eran, en el fondo, un grupo de rudimentarios asesinos sin otro horizonte que la violencia.  Incluso durante el golpe de estado de 1981, la violencia ejercida por algunos  sectores del Ejército duró horas escasas y no supuso quiebra alguna de los partidos democráticos. Nunca se produjo en los años anteriores una crisis de estado como la que ahora enfrentamos.

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Y esto debido a una razón esencial: durante la Transición, todos los partidos políticos nacionales apoyaban el régimen constitucional y los nacionalismos dominantes iniciaban su camino hacia la secesión de forma hipócrita, fingiéndose leales al Estado de derecho para ir despojando a España, uno por uno, de sus mecanismos estatales de igualdad democrática (educación, policía, sanidad, etc.). El extremismo nacionalista era marginal.

La crisis del modelo de 1978

Pero, por diferentes razones que ahora no analizaremos, hay cambios esenciales en la situación. Por un lado, los partidos nacionalistas catalanes se han radicalizado hasta adoptar ya posturas abiertamente independentistas y por el otro, el surgimiento del neocomunismo y su irrupción en el Congreso con un grupo de diputados muy numeroso ha conducido al sistema constitucional de 1978 al momento de mayor crisis de su historia. Los acontecimientos de Cataluña demuestran esta crisis y a la vez, la postura de los partidos neocomunista y separatistas ante los mismos suponen en la práctica la destrucción del consenso constitucional alcanzado con grandes esfuerzos para poder instaurar la democracia en nuestra nación.

España, como nunca desde los tiempos de la República, está dividida. Hay un porcentaje amplio de la población que apuesta  ya, sin ambages, por la ruptura del pacto social de 1978, aunque no pueda ofrecer un pacto nuevo con más apoyos que el vigente. La aceptación de unos valores comunes por parte de los españoles, encarnados en el voto masivo a la Constitución de 1978 ya no existe. Creo que hoy día, sería prácticamente imposible no ya votar una nueva constitución, sino ni siquiera redactarla. No habría consenso. Y eso quiere decir, digámoslo claro, que una parte de la sociedad se niega al consenso que es la asunción del pacto de mínimos más amplio posible. Hoy los mínimos de los neocomunistas pasan por establecer una república inspirada en los años treinta  y los de los separatistas por la posibilidad de independizarse. En esas bases, los mínimos pasan a ser máximos por lo que el consenso es, simplemente, imposible.

Es por ello también que las posturas equidistantes alumbradas desde el PSOE y sus altavoces mediáticos en las que se pide diálogo entre las partes (incluyendo ese movimiento supuestamente espontáneo de las camisetas blancas que surgió ayer) está condenado de salida al fracaso. No hay nada que negociar porque las posturas son absolutamente irreconciliables y no tendrán jamás acuerdo. Chamberlain tuvo que dar paso a Churchill tras intentar apaciguar a Hitler. No hay tercera vía y cuánto antes lo comprendan los socialistas y quienes les siguen, mejor para España y para los españoles.

La similitud de la situación actual con la de los años treinta.

Puestas así las cosas, resulta harto significativa la similitud de los acontecimientos que vivimos con la que se vivió en España a partir de 1930 y sobre todo, a partir de 1934-35. Explicaremos sencillamente esta idea. En 1930 las organizaciones republicanas, el PSOE y las organizaciones catalanistas sellaron el Pacto de San Sebastián, un pacto unitario para acabar con la monarquía e instaurar la república. Sus planes dieron fruto pocos meses después, en abril de 1931. El bloque actual es parecido: se ha producido una confluencia de intereses entre los separatistas catalanes y Podemos. Ambas fuerzas quieren acabar con el sistema. Dos fuerzas inicialmente enfrentadas por ser de izquierdas y de derechas, abandonaban sus diferencias para unirse contra la monarquía. Eso mismo ocurre ahora.

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Otra similitud de la situación actual con la de los años treinta es la aparición en el tablero catalán de una fuerza de reminiscencias proletarias. Esta fuerza nueva es muy agresiva y muy amiga de la acción directa. Están dispuestos a la violencia con tal de destruir la unidad de España y el propio sistema capitalista. La agresividad de esta fuerza es tal que ha polarizado el debate catalán arrastrando a sus posturas extremistas a Esquerra Republicana primero y a la burguesía catalana después. Es la nueva CNT y se llaman la CUP.

Finalmente, el PSOE, el partido mayoritario histórico, se debate en una potente crisis histórica y ha perdido evidentemente la capacidad de liderar el proceso, tal y como le ocurrió desde el inicio de la guerra. Un partido reformista poco tiene que ofrecer cuando la alternativa supone tomar partido entre la conservación del orden y la sustitución violenta del mismo. En ese terreno, simplemente no hay espacio para la reformas. Y así, sus dirigentes (en tanto en cuanto no se solvente la crisis de Estado) se dividirán entre quienes apoyen las políticas de derechas y quienes se vean arrastrados por los neocomunistas (como ya les ocurrió en los años treinta, acabando de satélites del viejo PCE exceptuando a Besteiro y otros dirigentes antiguos que serían hoy las figuras de González o Guerra). Ese mismo papel subsidiario y a remolque de los comunistas ya se ha comenzado a dar y la política dubitativa de Pedro Sánchez es muestra de ella.

 

¿Quién nos quiere llevar a la guerra y por qué?

Estas semanas diferentes personas cercanas me han dicho que tenían miedo de lo que pueda ocurrir y, efectivamente, lo cierto es que la ruptura del consenso no va a solventarse probablemente en mucho tiempo y por ello, la radicalización de la situación política española es un riesgo que vamos a vivir en los próximos años.

Lo que cualquier español debe comprender es que una nación, y más la nuestra, España, se fundamenta en un complejo equilibrio de fuerzas que se sostiene unido por la aceptación de unas normas comunes. Esas normas comunes son las leyes y más en concreto, la Constitución.

Hay que ser claros y coherentes: estar en contra del régimen constitucional de 1978 (sobre todo si no se asegura un nuevo marco de convivencia con más apoyos que el anterior) supone en la práctica romper ese equilibrio y abogar por el enfrentamiento entre españoles. Si no hay Constitución (y no la hay para Podemos y los separatistas), se abre obligatoriamente un  periodo de desequilibrio y tensiones que no puede arreglarse salvo con un enfrentamiento civil en el que una parte venza a la otra. Es decir, como ya dije yo desde el principio en otros artículos del blog, el objetivo último de Podemos es quebrar el orden constitucional para imponer su ideario comunista y eso, en la práctica, supone conducirnos a una nueva guerra civil. Tras la “sonrisa de un país” (cínico eslogan en las últimas elecciones) y la dialéctica cursi que gastan Iglesias y los suyos está la ambición, cada vez menos ocultada, de acabar con el régimen actual. Y como esto será imposible (pues una gran parte de los españoles de toda condición no lo consentirán sin oponerse con vigor, (empezando por el tejido empresarial y acabando por el pueblo llano, como hemos visto estos días), el apoyo a las tesis de Podemos supone, inevitablemente, iniciar el camino hacia la guerra civil. No es ninguna casualidad que los neocomunistas se estén aliando (de nuevo, casi cien años después) con las fuerzas separatistas. Su intención, ya evidente a todas luces, es volver a formar un Frente Popular. Falta saber si el PSOE de Sánchez secundará finalmente su fatídico empeño.

Ley o Revolución

Así pues, todas las personas bienintencionadas y pacíficas que les están votando, tienen que pensar hasta qué punto están dispuestas a seguir el acoso y derribo del consenso constitucional, hasta qué punto quieren quebrar la convivencia pacífica que hoy disfrutamos y hasta qué punto creen que merece la pena jugarse la vida propia y la de los demás por sus ideales (que han fracasado en todas partes donde se han puesto en práctica desde Rusia a Venezuela pasando por Cuba).

A esto se me podrá objetar que por qué han de aceptar los neocomunistas un consenso en el que las actuales clases favorecidas sigan siendo favorecidas y ellos sean los perjudicados. La respuesta en tan obvio como dura y simple: porque es ese el equilibrio actual y es el que nos mantiene en paz. Esa es la Ley que consensuamos entre todos. Ni más ni menos. El Estado y la sociedad se sostiene (y se sostiene bien como podemos ver en los niveles de bienestar que hemos alcanzado por encima de los de Cuba o Venezuela) gracias a este equilibrio existente. Al imperio de la Ley sostenido por medio de cuerpos de hombres armados para hacer cumplir las leyes. Lo contrario es el Oeste, la intimidación, el odio y la violencia, tal y como hemos visto estos días. Dinamitar los cimientos del edificio, ha de suponer, inevitablemente, que el edificio caiga. Y eso supone, también de forma inevitable, violencia. Y como los inquilinos actuales, que viven en paz, no lo van a permitir y además tienen de su lado las leyes y el aparato coercitivo del Estado, el enfrentamiento social está servido. Como bien sabe Iglesias, el que conduce el convoy, es imposible hacer una tortilla sin romper los huevos. Es imposible zarandear la sociedad sin que ejercer la violencia y quebrar las leyes. Es imposible que el Frente Popular venza salvo por el uso de la violencia, tal y como también se está demostrando en Barcelona estos días.

 

¿Qué lecciones debemos aprender del pasado? Barcelona como laboratorio.

Afortunadamente, la Barcelona y la Cataluña del 1 de octubre es un experimento, un enorme laboratorio que nos conduce al pasado del Frente Popular y al futuro de nuestra patria, porque en esencia, las fuerzas que contienden ahora mismo es Cataluña son las herederas de las que contendieron hace casi cien años

El pasado español nos enseña varias cosas. La primera, que a una guerra civil no se llega de la noche a la mañana. La historiografía comunista española ha idealizado falsariamente la República y ha retratado la guerra civil como la consecuencia de un golpe de Estado contra la población. Este relato es de un simplismo atroz y ha tenido como consecuencia que los españoles de hoy no sean capaces de discernir con claridad lo que supone entrar por la senda de la negación de la legalidad vigente. Cuando se niega la Ley, solo hay una alternativa: la Revolución. Y no existen revoluciones sin muertos ni enfrentamientos civiles. Eso mismo es lo que acabó ocurriendo en 1936. La reacción militar y social ante un proceso revolucionario que se había iniciado en 1930.

El golpe de 1936 y sus causas

Así mismo, las últimas investigaciones históricas que demuestran que la victoria electoral del Frente Popular fue un fraude (que nos recuerda a los episodios vividos en Barcelona este 1 de octubre de 2017 con las urnas que llegaban a los colegios ya llenas de papeletas) arrojan una luz y un enfoque distinto sobre lo ocurrido en 1936 y explican mejor que el relato comunista que nos enseñaron en el colegio por qué una gran parte de la población española apoyó la insurrección militar encabezada por Franco. No se engañen: sin ese apoyo popular el triunfo de Franco habría sido imposible. Y muchas de las personas que apoyaron (de forma activa o pasiva) el golpe de estado de 1936 no lo hicieron por que fueran más o menos militaristas o fascistas, sino porque comprendieron que España estaba en una situación anárquica. Baste recordar que entre febrero de 1936 y julio del mismo año había tres asesinatos políticos diarios. Lean por favor las memorias de personas tan poco «fascistas» como Orwell o José Luis Sampedro, cuando reflejan como se vivía esa revolución idílica en las calles. En una situación de inseguridad así, con la crispación general que esto supone y que ahora podemos ver en Barcelona como si fuera un laboratorio, ¿cuántos de nosotros hoy no desearíamos una vuelta al orden y al trabajo y a la paz social? ?¿cuántos no estarían temerosos de ver grupos de jóvenes armados  de la CUP irrumpiendo en los comercios? ¿No es acaso justamente la quiebra de la convivencia lo que más temen las personas normales de Barcelona a día de hoy?

¿Qué ocurrirá en el futuro?

Pero hay motivos para no caer en el desánimo y en el temor infundado. Hoy son muchísimas las diferencias que nos separan de aquellos meses aciagos.

El fundamental, la creación de una clase media que entonces no existía. La huida de depósitos de catalanes temerosos de la independencia y de la anarquía subsiguiente es una muestra de la fuerza que hoy tienen estas capas y de lo rápidamente que se desengañarían los propios separatistas al comenzar la violencia en serio con las CUP dominando las calles (y no les quepa duda de que empezaría como ya se ha empezado a ver). Si en los años treinta, una gran masa de campesinos y de obreros pudieron ser objeto de la propaganda comunista fue debido a sus paupérrimas condiciones de vida. El odio y la violencia surgen, inevitablemente en la pobreza. Eso no quiere decir que no puedan surgir en la riqueza, pero en la pobreza son efecto seguro. En una situación económica como la actual, el techo de los comunistas es el 10% de la población. Tiene algo más por el tremendo apoyo mediático de la Sexta y su grupo, pero nunca llegarán al 20%. Y ni con un 30%  se puede hacer triunfar una revolución si el otro 70% se organiza mínimamente,

En segundo lugar, la ausencia de armas en el bando del nuevo Frente Popular. La población entonces tenía armas de la Revolución de 1934 y hoy no. Yo no descarto que la Generalidad haya comprado en el mercado negro en los últimos veinte años fusiles y otras armas ligeras (de hecho sabemos que lo ha intentado), pero en una guerra convencional contra un Ejército profesional el enfrentamiento actual sería rápido. La capacidad de corromper el Ejército al estilo venezolano en España es casi imposible.

En tercer lugar, el Ejército español es profesional y eso dificulta enormemente la infiltración de elementos comunistas en sus estructuras. Hoy la división del Ejército ante una eventualidad así es casi imposible.

En cuarto lugar, la fuerte presencia de una inmigración de origen hispano en España como muy bien saben los separatistas vascos y catalanas. Precisamente esta es la razón por la que los separatistas han impulsado una inmigración de musulmanes en Cataluña. Las masas latinoamericanas de Ecuador o Colombia han venido aquí justo a vivir en paz y a alcanzar unas cotas de bienestar que no tienen en sus países de origen. Están agradecidos a España y defienden nuestro idioma. Pocos de estos emigrantes apoyarán las ideas del nuevo Frente Popular. Solo el hundimiento de la economía nacional podría alterar esto.

Y el quinto y definitivo: la integración europea. Hoy un proceso revolucionario en España sería contestado sin contemplaciones por Francia y Alemania. Mientras la UE esté en pie, este proceso es muy difícil.

Dicho de otro modo, para que Pablo Iglesias y los suyos puedan arrastrarnos a una guerra civil se necesita que la economía española se hunda y que la Unión Europea se rompa. Si esas dos circunstancias se dieran, entonces, todos los que votan a los neocomunistas Podemos se dividirían en dos grupos: los que comenzarían a ejercer la violencia callejera e institucional y los que asistirían estupefactos y luego asqueados (creyéndose inocentes) a sus actos. Y, entonces sí, de ahí a una nueva guerra civil no habría más que un paso.

Ahí es donde nos quieren conducir Pablo Iglesias, Oriol Junqueras y la CUP. Que nadie se lleve a engaño, por favor.

El PSOE como Caballo de Troya

En las últimas semanas, el separatismo catalán ha mostrado sus fauces abiertas y ha asustado (y de verdad) por primera vez a los militantes socialistas e incluso a destacadas personalidades cercanas a la izquierda como el propio Joan Manuel Serrat (inteligentemente equidistante hasta en el nombre comercial) están sucumbiendo a una campaña de agresiones que solo tiene paralelo en Europa con la que acometieron los nazis contra los judíos en la horrenda Alemania de los años treinta. Definitvamente, ha caído el velo que muestra que el nacionalismo es siempre (y antes que nada) nazionalismo.  La persecución al disidente, la exclusión del perseguido del propio pueblo y su conversión en chivo expiatorio es un proceso propio de las horas más terribles de la humanidad y que se reencarna grotescamente en los separatistas catalanes.

No deja de resultar sarcástico que justamente estén sufriendo ahora el epíteto de «facha», «fascista» o «franquista» quienes durante más de un siglo han sustentado moralmente el discurso separatista. Ocurrió en los años treinta, ocurrió durante el franquismo y ocurrió ahora con el llamado «cordón sanitario», como si el PP fuera inhumano, un cuerpo infeccioso ajeno. La imagen democrática y amable del separatismo catalán como compañero leal y deseable antes que la derecha española es una construcción del PSOE. La idea de que esto es así ha servido al PSOE para estigmatizar y situar fuera del certificado democrático a la derecha española durante cuarenta años. La forma de legitimarse en el poder y mantenerse en él ha sido de forma recurrente asociar al PP con Franco. Y en esa estrategia de pinza, el PSOE ha sido el colaborador necesario, imprescindible en realidad, con el que ha contado el separatismo para llegar hasta donde ha llegado. Toda la mercancía de división lingüística y social de España ha sido auspiciada por los socialistas, sin cuya participación, el crimen de rebeldía y secesión que se está produciendo contra la nación y sus ciudadanos (todos los españoles) no se estaría cometiendo. Muchos españoles han mirado hacia otro lado y han resultado vulnerables ante el mensaje separatista y sus secuelas (la imposición de su modelo lingüistico y cultural, la aceptación del victimismo falsario catalanista) debido a que el PSOE se lo ha vendido y empaquetado como regalo. ¿Por qué hemos aceptado falsedades como que el catalán se persiguió durante el franquismo? ¿Por qué decenas de miles de andaluces cambiaron su nombre en Cataluña para ser admitidos y se llamaron Joan o Pere cuando de niños eran Juanito o Pedrito? ¿Es porque los españoles oprimían a los catalanes o al revés?

El PSOE ha sido el Caballo de Troya en cuya barriga estaban escondidos esperando su momento los separatistas. Y ahora, esos guerreros están quemando el caballo. Claro, creen que ya no lo necesitan. Y lo peor es que el caballo, ciego, sigue confundiendo a amigos y enemigos.