¿Millenials o niños mimados?

Leo hoy en la edición catalana de El País que el jefe de los Mossos d’Esquadra, José Luis Trapero, se queja de que los nacidos entre 1980 y 1995, que suponen el 16% de la plantilla, están capacitados para tomar el relevo, pero que tienen “poca paciencia y baja tolerancia a la frustración. Están acostumbrados a tener todos los recursos y medios. Lo tienen que tener todo de forma inmediata. Eso se expresa de forma continua como una queja por falta de medios.”

¿De dónde surge este comportamiento? ¿Tendrá relación con que una parte de esta generación se ha visto obligada desde su más tierna infancia a buscarse la vida por sí misma? ¿O quizá con el hecho de que sus padres les negasen a sus vástagos la paga semanal y les obligasen a trabajar? O a lo mejor es por lo mucho que los profesores les han hecho estudiar para aprobar el Bachillerato, la Selectividad y la carrerita. ¿No será porque los periodistas se han hartado de decirles que antes que el desparpajo y la rebeldía está la educación y la experiencia?  ¿O es porque los sucesivos Gobiernos han reconocido el fracaso del sistema educativo por nuestra posición en PISA?

Yo nací en 1966. Mis padres no me daban paga, no me rellenaban las matrículas y no iba al instituto a que me motivaran sino a que me transmitieran conocimientos. No me quejaba mucho y no lloraba jamás, porque desde niño me habían dicho que los hombres no lloran. A mi alrededor vi la crisis del petróleo de 1973, vi derrumbarse toda la industria nacional por la reconversión industrial de los ochenta y vi a cientos de yonquis robando por las calles para pagarse sus dosis. Existían el Jaro y el Vaquilla. Eran famosos. Pero ahora escucho que los mismos que tienen un Iphone 6 o 7 y llenan terrazas, playas y discotecas, han vivido y viven la crisis más dura de la historia. Vivir para ver.

Criar entre algodones tiene sus consecuencias. La más importante: la incapacidad de madurar y comprender que la realidad nunca será como la deseamos.

Desgraciadamente, a una parte de los nacidos entre 1980 y 1995 en España, sus padres les enseñaron que, como hijos, podían menospreciarles, exigirles y cobrarles una paga semanal sin dar ni un beso a cambio, sus profesores les enseñamos que para aprobar no hacía falta esforzarse (¡Viva la LOGSE!), los medios de comunicación halagaron su agresividad y rebeldía para venderles todo lo vendible (que, por supuesto, pagaban sus padres) y los Gobiernos les entronizaron como la generación mejor preparada de la historia para aumentar sus réditos electorales. ¿Por qué todo eso iba a ser mentira? En realidad no son millenials, sino la generación estafada, como yo indicaba ya hace años en mi blog “El nuevo claustro”

Ahora, hasta hay un partido en España que ha convertido en programa político con aura de utopía su rabieta de niños estafados al ver que los Reyes Magos no existen. La película de Disney duró demasiado tiempo y alcanzar la realidad con treinta años es muy difícil. Y las consecuencias las estamos pagando y las pagaremos todos. Porque de la rabia al odio no hay más que un paso.

Reírse de Estados Unidos

En los ámbitos educativos y propagandísticos españoles es moneda corriente reírse de la ignorancia de la población´estadounidense. A menudo escuchamos en claustros, en tertulias televisivas o en las emisoras de radio (los focos más importantes de ideologización de la sociedad actual) que los norteamericanos no saben dónde está España (ni ningún otro país que no sea el suyo propio) o que creen que todos los españoles somos toreros. Su ignorancia es proverbial. A menudo, estos filósofos de lo cotidiano acompañan sus comentarios de sonrisas burlonas y exhiben una sonrisa autosuficiente y un tanto despreciativa que quiere decir: “Nosotros, los españoles, sí que sabemos.”

Para muestra, vale un botón. En la edición digital de hoy de El País, aparece este titular: “El 23% de estadounidenses piensa que su país se independizó de Francia, México o Alemania”. ¡Fíjense qué barbaridad!, le falta rematar al periodista. Podrían haber titulado al revés: “El 77% de los estadounidenses sabe que su país se independizó del Reino Unido.” Pero el medio progresista, el más influyente difusor de la ideología progre en la España de la Segunda Restauración, elige cargar las tintas en la ignorancia norteamericana.

Sin embargo, pocas veces se oye decir (o se lee) que la culpa de esa ignorancia proverbial de los Estados Unidos radique en su sistema educativo. Parece que la ignorancia de estos congéneres de allende los mares se deba simplemente a su carácter de yanquis asquerosos e imperialistas. Sí, parecen decir nuestros filósofos de luces cortas, serán ricos, poderosos y dominarán el mundo,,,,, pero son una pandilla de asnos. Un coro de sonrisas complacientes aplaude tal aseveración.

Y lo cierto es que si una población nacional es ignorante no nos puede caber la menor duda de que es la consecuencia de la organización y funcionamiento de su sistema educativo. Así que la pregunta es obvia: ¿Por qué cuándo se critica la ignorancia yanqui (o sudista, que para el caso es la misma) no se menciona su sistema educativo? Pues muy sencillo, amigos, porque nuestro sistema educativo (el que defienden esos mismos filósofos) está calcado del suyo.

Las ideas sobre la bondad de la comprensividad, la importancia de la motivación del alumno y de las innovaciones docentes por encima de la evaluación externa, el rigor y la transmisión de conocimientos está en la base del sistema educativo norteamericano que, desgraciadamente y de forma criminal, instauraron en España los sucesivos gobiernos del PSOE con la connivencia de gran parte de este profesorado tan progresista. Estados Unidos nos lleva décadas de ventaja por el camino de la ignorancia, amigos; pero España  es una alumna aventajada. Desde la instauración de la LOGSE en 1990, no ha habido un año en que la ignorancia, como mancha negra, no se haya extendido más entre la población española. Ya es motivo común comentar o reírse del bajo nivel que tienen los universitarios españoles. Podríamos hacer una encuesta entre ellos para preguntarles cuál es el origen de España o por qué nuestra bandera es roja y amarilla. Pero a nadie le interesa hacer encuestas así. Tan solo recordaremos que entre los aspirantes a maestro de la Comunidad de Madrid (la única comunidad que se ha atrevido a hacer una prueba así para cribar a los opositores) no llegó al 25% quienes ordenaron correctamente en una sencilla sucesión histórica a celtas, romanos, visigodos  y árabes  en su aportación a la historia de España.

Esa es nuestra realidad y estos son nuestros maestros. Estas semanas atrás he leído un magnífico libro de Alicia Delibes (sobrina del famoso escritor) , La gran estafa, editado por Alegoría, en el que explica la evolución ideológica que desgraciadamente ha conducido a la educación española a un callejón sin salida: el de la ignorancia y su sustitución por la ideología progresista.

Y es que los docentes progresistas de aquí se ríen de los norteamericanos por ignorancia, cinismo y sectarismo. Se ríen porque se trata de norteamericanos, pero no por las causas reales de su ignorancia ¿Si se rieran delante de un espejo, se darían cuenta de que se están riendo de sí mismos? Lo dudo. Ni siquiera así creo que se les helase la sonrisa de complacencia. ¡Y es que no hay nada mejor que tener a todos los alumnos juntos en la misma clase! Igualito que en Estados Unidos…

El error universitario de Susana Díaz lo pagamos todos

La decisión de Susana Díaz de becar a todos los alumnos andaluces por aprobar todas las asignaturas supondrá un gasto de 29 millones de euros. Según la presidente andaluza y su aparato mediático, esta medida va a favorecer a 30.000 alumnos. Me permito disentir y explicar brevemente por qué creo que es una medida incorrecta.

En primer lugar, porque a pesar de sus declaraciones según las cuales, “Europa marcha en ese camino”, lo cierto es que la sociedad española está saturada de universitarios. España es un país donde hay muchas más personas que quieren ejercer profesiones que requieren un título universitario que puestos de trabajo de esas características. Es decir, es un país donde hay muchos que quieren ser jefes y muy pocos que quieren ser indios. Y al final, la estructura social ha de ser forzosamente piramidal y como no todos pueden ser jefes y muchos tienen que ser indios, pues una gran parte de la sociedad está frustrada y lo seguirá estando toda su vida. Una gran parte del problema de los indignados pasa por aquí. Por mucho que lo desee Susana Díaz, no va a haber más directores de sucursal que empleados, ni más arquitectos que obreros. Y en Andalucía va a haber muchos más camareros que gestores de restaurantes; eso seguro. Y si esto es así (y no puede ser de otra manera) ¿por qué gasta de mis impuestos un dinero que no va a ir a más sitio que a desarrollar frustraciones? (y a que los profesores universitarios vivan mejor).

 

En segundo lugar, todos sabemos que el nivel de exigencia de la universidad (y por lógica de la secundaria española) son hoy mucho más bajos que hace veinte o treinta años. Hoy las universidades (con raras excepciones) son meras expendedoras de títulos, donde aprender y estudiar se lleva muy poco. El reino de las optativas ha hecho que los alumnos elijan justamente aquellas en que menos se tienen que esforzar. A esa cultura del esfuerzo es a la que desea premiar Díaz. Un cinco hoy está al alcance de cualquiera. Y no es lo mismo aprobar todo en Derecho que en una ingeniería… ¿Esta medida tiene lógica para alguien que tenga una mínima formación?

 

Y finalmente, no hay ninguna razón para becar a personas que tienen dinero. ¿Por qué los trabajadores deben financiar con sus impuestos las carreras universitarias de personas que tienen mucho más dinero que ellos y que en el futuro ocuparán puestos de mayor responsabilidad y disfrutarán de mejores salarios?

 

La universidad andaluza y española es hoy de juguete. Un juguete que sirve esencialmente para que sus profesores vivan fenomenalmente y todos sus alumnos vivan en la ilusión de que llegarán lejos durante unos años. Lo que ocurra después no es problema para Susana Díaz. Lo que cueste, tampoco. Ya estamos los demás para asumir sus errores. Con nuestro dinero.

 

¿Hay sentido común en el sistema educativo y la sociedad?

A menudo se afirma que el sentido común es el menos común de los sentidos. ¿Y qué es el sentido común? El uso del razonamiento lógico para resolver los problemas que nos interpone la vida cotidiana. Es decir, están relacionadas con el sentido común capacidades como la inteligencia y la lógica. Actuar con sentido común supone prever qué puede ocurrir en una situación dada anticipándonos a las consecuencias de nuestros actos y optando por la solución mejor, que nunca es la óptima. Es decir, supone aplicar el razonamiento hipotético deductivo y asumir que las utopías no forman parte del paisaje cotidiano y que hay que pactar con la realidad para alcanzar avances prácticos. Supone que cada vez que pensamos en una determinada medida, nos planteamos cuáles serán sus efectos reales en la población y si estos son perniciosos, por buena que idealmente sea la medida, no la realizaremos. Es el realismo por encima del idealismo.

Contra el sentido común se oponen el dogma y el prejuicio; es decir, no el pensamiento lógico, sino la creencia o el principio moral. Es el idealismo por encima del realismo.

Cualquier que haya leído hasta aquí creerá que nos estamos refiriendo a ese conjunto de dogmas de fe, axiomas y creencias que conforman las religiones. Y es cierto, de eso también hablamos; pero no solo de eso, sino también de los sistemas morales que acaban siendo un obstáculo para el desarrollo lógico y natural de las cosas y que, por tanto, acaban creando perversos círculos viciosos en la política o la educación, que es el caso que aquí nos ocupa. En la actualidad, los paladines del prejuicio, los maestros y sacerdotes del pueblo, no acuden a Dios o a la fe, sino a principios morales que nos hablan no de cómo son las cosas, sino como deberían ser (como deberían ser para estos individuos, por supuesto). Y estos monjes del prejuicio, estos maestros de pueblo, imponen su credo a todos los demás sin pensar en las consecuencias de las medidas que pretenden implantar. Las cosas deberían ser así y punto. Y si no lo son, nos negamos a aceptar la realidad. Ese es el círculo vicioso e insano del pensamiento apriorístico, que, como en el cuento del emperador, obliga a todo el mundo a decir que el emperador está vestido aunque esté desnudo.

Pondremos algunos ejemplos referidos al sistema educativo, donde hay legión de maestros de este tipo. El sentido común y la observación de la naturaleza en general y de los seres humanos en particular, nos muestra las enormes diferencias que existen entre unos seres humanos y otros. No hay hombre igual a otro; ni mujer igual a otra mujer.; ni mucho menos hombre igual a una mujer. Es más, cuando nosotros vamos a adquirir un producto o requerir un servicio, somos conscientes de que lo mejor es que sea personalizado e individualizado; cuanto más personalizado e individualizado mejor, pues por pura lógica (por puro sentido común) responderá mejor a los intereses de cada cual. Eso es el realismo y cuando cada uno paga las cosas de su bolsillo, busca exactamente esto. Y cuando acepta un producto no individualizado es por abaratar costes, no porque crea que es mejor.

Sin embargo, la moral dominante en la actualidad es la del igualitarismo, que no es la igualdad de derechos con la que estamos de acuerdo, sino la creencia de que todos los seres humanos somos iguales. Ese virus tiene totalmente infectada la sociedad y también el sistema educativo. Y por ello, en el sistema educativo (que no olvidemos, paga el Estado) obligamos a alumnos que naturalmente no tienen el menor interés por estudiar a que estudien porque deberían sentir ese interés. Obligamos a seres humanos activos y poco sedentarios a los que les gusta esencialmente moverse y hacer cosas más que discurrir sobre ellas (lo cual es perfectamente respetable) a que se sienten durante seis horas en una clase aunque los supuestos beneficiarios crean que están perdiendo el tiempo. Como creemos que lo bueno  y asumible es que titule el 85% d los alumnos que hacen ESO, pues nos dedicamos a facilitar los aprobados sin pensar en las nocivas consecuencias que eso tiene para la sociedad y que ya se están manifestando en todos los órdenes.

El sentido común también nos dice que las experiencias y la moral aprendida en el sistema educativo por un joven repercutirán en su vida y en toda la sociedad futura con lo que la actitud y moral de los enseñantes es clave. ¿Cómo explicarle a un ser humano que ha aprobado hasta una carrera universitaria sin dar un palo al agua (lo que como todo el mundo sabe es hoy moneda corriente) a que las cosas cuestan un esfuerzo? La salida natural a este tipo de existencia es la petición de una renta básica sin trabajar: es decir, el pan y circo romano. Y así, hoy ya hay organizaciones políticas que plantean en sus programas electorales dar dinero a muchas personas solo por el hecho de haber nacido. Se supone que eso es bueno porque es humanitario. Otra vez se impone el idealismo y la moral cristiana sobre el sentido común. ¿Qué ocurrirá si tal hacemos? ¿Que nos dice el sentido común? Pues obviamente que muchísimas personas no querrán esforzarse ni trabajar y se convertirán en parásitos de los que si trabajarán. Si estas ideas se extienden por parte de demagogos, maestros y sacerdotes del pueblo, el choque social está servido. Y la caída de la producción también. Al final, no trabajará nadie.

¿Por qué hay tanta gente contaminada de prejuicios morales? Ya Piaget señalaba que la mitad de la población era incapaz de desarrollar el pensamiento hipotético deductivo. Creo que una parte de la explicación va por aquí. Son recetas sencillas y moralmente agradables. ¿Quién no quiere ser solidario, buena persona; es decir, un buen cristiano o un comunista de buen corazón?

Por favor, apliquemos el sentido común a todo y neguémonos a escuchar las ideas de los moralistas, los maestros y los sacerdotes del pueblo.

¿De qué hablamos cuando hablamos de educación?

La semana pasada visité el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid. Hacía casi diez años que no iba por allí y las instalaciones han sufrido una reforma muy grande y seguramente extraordinariamente costosa.

Pero lo esencial que quiero contar no es esto, sino el inesperado espectáculo al que asistí. Coincidí en mi visita (iba con mi hija menor de siete años) con la de tres colegios. Lógicamente, los encontré en diferentes salas y en momentos distintos, pero los tres grupos era bastante parecidos.

Todos se componían de menos de veinte alumnos e iban acompañados de tres adultos como mínimo (había uno que llevaba cuatro). Esto quiere decir obviamente que la ratio en los tres colegios es bajísima, lo que sería un indicio evidente de buenos medios económicos. No era así en mis tiempos de escolar; eso desde luego.

Todos los grupos se sentaban en el suelo en corrillos ante las vitrinas de la exposición, con los maestros a su espalda, lo que es una buena muestra de su espíritu práctico. ¿Para qué estar de pie si se puede uno repantingar en el museo y descansar de la dura jornada?

Todos los grupos estaban compuestos por niños y niñas de unos ocho a diez años, de diferentes razas y culturas. Es evidente que esto es positivo, porque es muestra de una escuela pública e integradora.

Todos los niños estaban charlando abiertamente, con serenidad y sin prestar la menor atención al maestro o maestra, mientras este o esta les explicaba ésta o aquella pieza. Daba igual si eran los dioses egipcios, las tumbas neolíticas o la Dama de Elche. En ningún caso les prestaban la menor atención. Esto también es muestra de su libertad, independencia y espíritu crítico, pues eran capaces de decidir qué era mejor: si  bromear con sus amiguitos o atender a sus maestros.

Y ahora viene lo mejor de todo: en ningún caso los maestros hicieron absolutamente nada por evitar o corregir la situación. A menos de un metro de distancia de los niños, concentraban su mirada en la vitrina que se tratara, evitando voluntariamente ver cómo sus supuestos discípulos charlaban animadamente entre sí. Esto, obviamente, lo hacían para potenciar su autonomía.

Por otro lado, ninguno de los alumnos llevaba una carpeta o bolígrafo para tomar notas. ¿Para qué? se habrían dicho, si de lo que se trata es de ser libres y autónomos. Era evidente que sus maestros consideraban que una buena visita didáctica consiste en soltarles un rollo y que ellos escuchen pasivamente la explicación sin tener que hacer nada más…

Fue tal la vergüenza que me dio que en el tercer grupo no me pude contener y a uno de los niños que ya reía con desfachatez le toqué levemente la espalda y al volverse el niño asustado, le dije con tranquilidad y en voz baja y grave: “¿No crees que deberías callarte mientras habla tu maestra?”. Todos los niños giraron sus cuellos para mirarme y se callaron. La maestra enrojeció.

La educación de calidad está en nosotros mismos, en la dignidad y responsabilidad. ¿Tanto cuesta darles una actividad que realizar que implique que tengan que sacar y anotar la información ellos solos, dejarles que ellos mismos la busquen orientándoles si es preciso y velando por su adecuado comportamiento y luego evaluar, con reflejo en la nota, lo que han hecho?

¿A cuánto se mide hoy la dignidad, el trabajo y el respeto en la educación pública? ¿Tanto cuesta trabajar y hacer que se respete nuestro trabajo? ¿Tanto cuesta explicarle a un niño por qué debe callar cuando habla su maestra? ¿Tan poca dignidad tenemos de cara a los alumnos?

¿De qué hablamos cuando hablamos de una enseñanza púbica y de calidad?

Los que aprobamos somos nosotros

La entrevista publicada el 22 de enero de 2017 con el ministro Méndez de Vigo en El País no tenía desperdicio. Tal es así que quizá en próximas entradas la analicemos más en profundidad. El eco de la misma ha llegado a todos los grupos de profesores que hay en la Red provocando furiosos comentarios. Lo más llamativo son sus declaraciones sobre los suspensos que el propio periodista usaba como titular: “He comprendido que repetir curso no es la solución”.

Efectivamente, amigos, el pobre ministro por fin, rodeado por todas partes de los más sesudos exorcistas de la nueva pedagogía ha comprendido. Antes era tonto (al fin y al cabo, es un asqueroso del PP), y no comprendía. Era como San Pablo antes de caerse del caballo. Pero por fin se hizo la Luz y él mismo, no ha tenido más remedio que cambiar de forma de pensar y abrazar enfervorizado el credo de la pedagogía innovadora. ¡Aleluya!

Hablando un poco más en serio, sus declaraciones me recuerdan a las de los judíos quemados en las hogueras por la Inquisición o a las de los pobres rusos asesinados por Stalin en los procesos de Moscú tras confesar sus crímenes contra el estado soviético. No creo que tampoco Méndez de Vigo vaya a correr mejor suerte. Por mucho que Méndez critique a Wert, se haga el progresista y haga la ley más chachi y más guay, siempre le van a tachar de facha y de reaccionario. ¡A la hoguera! Es lo que tiene ser del PP y tener en contra a Wyoming y compañía.

Y claro que todos sabemos que lo que ha dicho el ministro es mentira. Por supuesto que cualquiera que ha dado clase (un maestro, un profesor y hasta un burro de Goya, que también los hay) sabe que la repetición de curso es buena con los buenos alumnos, con los recuperables, con los que han cometido un error, con los que se han abandonado a la molicie porque sus padres lo han consentido o porque se han dejado influir por sus compañeros. Cualquier persona que da clase sabe además que con los alumnos a los que no les ayuda la repetición, no sirve nada más que dejarles pasar de curso para que fastidien a sus compañeros y perviertan el sistema educativo. Decir que la repetición no sirve, tal y como afirman los progres, quiere decir en la práctica (obviamente) que lo que sí sirve es dejar pasar a todos los alumnos que deberían suspender. ¿Alguien se imagina una clase de esquí (o de cualquier cosa, oiga) en la que los que no quieren estudiar retrasen a los que sí quieren hacerlo?

Porque es que además, cualquier persona que da clase sabe que hoy en día solo suspenden los alumnos que no quieren aprobar, los que no van a clase o van como si no fueran. El sistema da a estas criaturas de Dios mil opciones, programas de refuerzo y diversificaciones para que aprueben sin saber absolutamente nada y es tan triste todo que hasta obtienen todos estos seres humanos la misma titulación, tanto el mastuerzo que no pega un palo al agua como aquel héroe (o heroína, que también conocemos esta palabra) que se esfuerza.

¡Como no nos vamos a encender los que damos clase (los maestros, los profesores y hasta los burros de Goya, que también los hay)! ¡Y por eso incendiamos las redes! ¡Por supuesto!

Y eso que no decimos en los claustros, ni en las salas de profesores, ni en las Redes que quien aprueba a esos alumnos son los ministros y los inspectores. Los que firman las notas son el ministro y nuestro inspector. Los que se ponen nerviosos (¿por qué?) cuando llegan las evaluaciones son ellos. Los que votan levantando la mano en los equipos educativos para que el mastuerzo titule aunque tenga dos, tres y hasta cuatro suspensas no somos nosotros, sino el ministro y el director. Los que sabemos hasta qué punto nos corrompen/nos corrompemos somos nosotros.

Los que sostenemos la mentira que cuentan todos los demás somos nosotros con nuestra firma en las actas de evaluación. Y los que luego le echamos las culpas al ministro, al director, a los padres y a todo el mundo menos a nosotros mismos, somos nosotros también.

Y todo eso no es propio de maestros, ni de profesores valientes y comprometidos, sino de los burros de Goya (que también daban clase).

 

La culpa de que no haya reválidas es de Franco

Ministerio de Educación, Madrid

En un artículo anterior, analizaba por qué el pacto educativo ha sido muy difícil en los últimos cuarenta años. Decía que había cinco sectores con poder social que situaban sus intereses como grupos por encima del interés social y del de los estudiantes. Esos cinco grupos son profesores universitarios, los partidos separatistas, los sindicatos y partidos de izquierda, la Iglesia y los centros concertados y los profesores de secundaria y maestros. Hoy quiero tratar las ampollas concretas que levantan las reválidas. ¿Por qué han sido  y son las reválidas la línea del frente de esta guerra educativa?

¿Qué son y a qué llamamos reválidas?

Las reválidas son exámenes que dan lugar a la obtención del título académico correspondiente. En Europa existen las reválidas en bachillerato en todos los países excepto en tres: Suecia, Turquía y España. Estos exámenes garantizan que los aprendizajes de todos los alumnos del país son similares pues las pruebas son organizadas estatalmente.

¿Por qué son buenas las reválidas o exámenes externos?

Aportemos el sentido común. Cuando contratamos un hotel o pensamos ir a un restaurante o hacemos cualquier compra, ¿acaso no acudimos a evaluaciones externas?, ¿o bien nos fiamos de la propia propaganda del local en cuestión sin obtener otras fuentes de información? Dicho de otra manera, ¿por qué existe la Guía Michelín o por qué seguimos los comentarios del Trip Advisor, el Airbnb o Booking? Pues porque son evaluaciones externas, reválidas. ¿Por qué pedimos auditorías en las cuentas de partidos y empresas? Pues porque son evaluaciones externas. ¿O es que a alguien le parece serio que un restaurante se posicione según su propia valoración en la Guía Michelín o un hotel se haga sus propios comentarios en Booking?

Las evaluaciones externas son una garantía de calidad.

Si los títulos dependen de los profesores de cada instituto, todos van a tender a dar por bueno lo que sea, pues si suspenden mucho, su propio trabajo será cuestionado. Es igual que si un cocinero pusiera en la puerta de su local. Aquí, el 50% de los platos están por debajo del 5. ¿Quién va a hacer eso?

¿Pero es que acaso quien paga el sistema educativo, la sociedad, no tiene derecho a evaluarlo?

Obviamente, sí. Es una cuestión de pura lógica y sentido común. Es la forma, además, de garantizar que el trabajo de profesores, alumnos y demás implicados en el sistema es correcto y que el dinero que se invierte en educación y se paga a los profesores está bien invertido. Los profesores universitarios se quejan de que los alumnos de los institutos están mal preparadores y echan la culpa a los de secundaria, y éstos a los maestros… Todos queremos ir a un hospital y que médicos, enfermeros, auxiliares y celadores estén bien preparados y sean amables. Las empresas quieren contratar graduados en Económicas que sepan su trabajo. Esto en España no está garantizado.

Además, las reválidas sirven para que haya una garantía de igualdad de derechos en todos los institutos de España. Al pasar el mismo examen final, todos los profesores se ven forzados a dar los mismos niveles en los centros de los barrios más humildes y en los pudientes y no como ocurre ahora, cuando los sectores más humildes reciben una educación de segunda categoría porque los profesores “se adaptan al contexto”. Hoy, lo cierto, es que el nivel de los institutos es radicalmente distinto. Todo el mundo sabe que las notas de Bachillerato o 4º de ESO se ponen en función de las necesidades de los alumnos para obtener una nota alta que les garantice el acceso a la universidad y la permeabilidad del claustro de profesores a estas presiones. Muchos padres cambian a sus hijos de instituto para llevarlos a los más “benevolentes”. Todo esto acabaría con las reválidas.

Las reválidas se parecen al cuento del traje del emperador (¿recuerdan?: ese que hacen un traje de mentira a un emperador que solo pueden ver los capaces para su cargo) porque son la prueba que  nos van a decir si el emperador va desnudo o vestido realmente; es decir, si el sistema es bueno o malo.

Entonces si son tan buenas… ¿por qué nadie quiere las reválidas?

Pues la respuesta está en el inicio de esa artículo. Los grupos de presión social que dominan el sistema educativo no quieren este sistema de reválidas. Veremos por qué razones.

Los profesores universitarios, verdaderos amos del sistema (son gente ciertamente preocupada por la educación), no quieren reválidas porque son almas tan caritativas que quieren que todas las personas (pero todas, todas) puedan acceder a la Universidad. Es por humanidad. No tiene nada que ver que la instauración de las reválidas supone que el grifo de acceso a la universidad dejaría de estar controlado por ellos. La conferencia de rectores universitarios ha estado machacando al Gobierno hasta que ha conseguido que el examen de selectividad siguiera siendo como hasta ahora; es decir, puesto por las propias universidades y diferente en cada comunidad. ¿Por qué? Pues porque eso les garantiza que el 97% de los alumnos aprueba y por tanto, ellos obtienen las subvenciones que otorga el Estado por cada alumno y, por tanto, les garantiza sus cómodos y vitalicios puestos de trabajo a todos. Si con reválidas de ESO y Bachillerato, la tasa de aprobados bajase al 60% (algo perfectamente posible), la conclusión sería lógica: el 40% de los profesores tendría que ir a la calle. Será imposible que estas buenas gentes estén a favor de las reválidas si no se les garantiza que ellos controlarán el proceso de acceso a la universidad.

Los separatistas tampoco quieren las reválidas ya que han sido elegidos entre los mortales para velar por las esencias de sus patrias inventadas y de bolsillo. Las reválidas las pone el Estado (esa odiosa España, ¡qué asco!) y de esta forma los alumnos tendrían que aprender Historia y Geografía y Literatura y Lengua española forzosamente Y ellos no quieren que los alumnos aprendan la cultura española. Será imposible que estén a favor de las reválidas salvo que estas no sean españolas, sino catalanas o vascas.

Los sindicatos y muchos profesores y maestros son muy buenas personas y se hartan de pedir dinero (al que le llaman calidad) para  el sistema educativo. Pero no quieren reválidas ya que tienen tal confianza en el sistema y en su propia capacidad  como profesionales de la enseñanza que no quieren destacar y ser bien considerados socialmente. Además, bajo ningún concepto quieren segregar a los alumnos y generarles un trauma. ¡Pobres niños! (o mejor chavales, que es la terminología que a ellos les gusta).. Lo cierto y verdad es que las reválidas suponen un elemento de calidad en el sistema que a ellos les aterra. Si se empieza a evaluar externamente a los alumnos, automáticamente se sabrá que tal instituto tiene un 86% de aprobados y otro el 50%, con el consiguiente quebradero de cabeza para esos profesores y centros. Llegará la temida diferenciación… Es más, si eso ocurre en un instituto, bien pronto se sabría qué profesores concretos de este centro garantizan e imparten mejor docencia que sus compañeros. ¿Para qué diferenciarse si todos unidos e iguales somos invencibles? Esto fragmentaría la igualdad por lo bajo que siempre defienden los sindicatos y abriría la puerta a procesos de diferenciación entre los buenos profesores y los malos, cosa que a estos últimos y a los sindicatos les aterra. Solo habrá apoyo de estas personas (que son la mayoría del sistema) a las reválidas si estas no son externas y son los propios profesores quienes ponen las notas a sus alumnos.

Y finalmente, la Iglesia y la patronal de los concertados están en contra de las reválidas (y por ello no han alzado la voz cuando todos los demás se han puesto contra ellas) porque ellos han trucado las notas de sus alumnos de toda la vida. Y esto lo sabe en España cualquier persona que se dedique a la educación. La privada pone mejores notas que la pública. Siempre. Y los maestros de la privada saben muy bien lo que tienen que hacer para mantener su puesto de trabajo y ser bien considerados por su patrón. Cualquier mecanismo que haga que la nota privada pierda peso o desaparezca sustituida por la pública está en contra de sus intereses.

¿Y cómo se defiende todo este conglomerado de intereses inconfesables?

Pues sin confesarlos. Ninguno de estos sectores va a confesar abiertamente que está en contra de las reválidas porque ponen en peligro sus intereses. Y entonces aparecen las divinas palabras  que, como en la obra de Valle Inclán, paralizan a todo el mundo: Las reválidas son segregadoras, injustas y sobre todo, franquistas. ¿Y quién quiere ser franquista salvo para usar el sistema sanitario de la Seguridad Social que fundó el franquismo? Vaya, nos hemos quedado solos, me temo…

Y con esta palabra mágica en la boca, los cuarto sectores sociales se van a los medios de comunicación que controlan  y la repiten sin pudor. Mientras la Iglesia calla… y otorga. Pase que en programas chabacanos y sin ningún rigor como el Intermedio ese chiste cuele, pero es que también aparece esta información en todos los medios separatistas, El Mundo, El País o la Cadena Ser y hasta en la propia Televisión Española, supuestamente controlada por el Gobierno. Y el resultado de todo ello es que  la sociedad española, malinformada y desarmada, acepta que el emperador no va desnudo sino vestido. Las reválidas son franquistas. Punto y final.

Así pues, difícil lo va a tener este país nuestro de cada día para dejar de ser uno de los tres países europeos que no tienen reválidas. Y la culpa, ya lo sabemos, es de Franco.

¿Por qué es tan difícil el pacto educativo?

Congreso de los Diputados, MadridDe todos es sabido que en España no ha habido un pacto educativo nunca. ¿Por qué? ¿Es el diablo quien está detrás del asunto? ¿Por qué una cosa tan elemental no se lleva a la práctica desde hace cuarenta años? ¿Por qué la educación es siempre zona de litigio? Hoy hacemos una pequeña aproximación al asunto.

El lunes, la conferencia sectorial, que reúne a todos los consejeros de Educación de las autonomías con el ministro, fue una balsa de aceite. En las imágenes televisivas podíamos apreciar rostros muy sonrientes y cordiales abrazos. No era para menos. El ministro de Educación, Méndez de Vigo,  les había anunciado a sus adláteres la muerte de la LOMCE. Tal y como sucediera con la LOCE de Pilar del Castillo, la ley del PP no ha resistido dos asaltos. En su lugar, todos los partidos políticos se embarcarán en la creación de un pacto estatal por la educación.

¿Porque ese pacto no se ha producido hasta ahora? ¿Por qué el pacto es tan difícil?

Si ese pacto es tan necesario como todos sabemos, ¿por qué no se ha producido hasta ahora? Pues porque es muy difícil. La educación tiene en España un grave problema y es que las personas implicadas en la misma ponen sus propios intereses por delante del de los estudiantes y del propio país. Eso es lo que ha impedido (y va a dificultar enormemente) un pacto por la educación.

Los culpables o implicados

Pensemos quienes son los sectores implicados y al ver sus intereses, tomaremos conciencia de la dificultad de cuadrar el círculo. Haré un análisis del problema situando sus causas de mayor a menor.

Los separatistas

Por un lado están las fuerzas separatistas, que desde un inicio han concebido el sistema educativo  como el resorte ideal para hacer propaganda de su credo. Y así, comenzaron llevándose las competencias educativas a principios de los ochenta, prosiguieron diferenciando los currículos, prohibiendo o dificultando la enseñanza y el uso del español y ahora emplean  a los estudiantes criados por su sistema como ariete de la separación de España. ¿Cree alguien que una estrategia que les ha dado un éxito tan soberano va a ser abandonada con facilidad? El PSOE acaba de pactar con el PNV que Euskadi es una nación. ¿Una nación, la gran nación vasca, va a renunciar a tener un sistema educativo diferenciado?

Los profesores universitarios

Por otro lado están  los profesores universitarios y la universidad en general, que en España está sobredimensionada. En nuestro país hay unas cincuenta universidades (en California, nueve con cuarenta millones de habitantes), la mayoría surgidas al calor de la LOGSE. Para entender esto, hay que saber  que el profesorado universitario en España entra por enchufe directo. Las universidades desde 1975 han servido para dar trabajo a miles de personas cercanas a los partidos de izquierda (sobre todo PSOE y PCE) pues son los profesores en activo quienes enchufan a los que llegan nuevos por afinidad política. Esto es lo que explica que gran parte de los políticos sean profesores universitarios. Para llenar las universidades y dar trabajo a esta santa compaña es preciso que todos los alumnos  aprueben el bachillerato y que la selectividad o las reválidas no existan o no supongan una criba. ¿Por qué en la prueba de Selectividad, que controlan las universidades, aprueba el 97% de los alumnos? ¿Por qué es tan fácil aprobar ahora las carreras? Como en los juicios americanos, no hay más preguntas. Estos señores viven del sistema y no querrán bajarse de su posición. Están más preocupados por mantener su puesto de profesor universitario que por el futuro de sus alumnos al acabar sus estudios. De ahí su oposición al Plan Bolonia.

Los sindicatos y partidos de izquierda

Otra pata del banco son los sindicatos y las fuerzas de izquierda, que también esperan que el sistema educativo ideologice a los alumnos, preocupándose mucho más de que se les aleccione en  valores supuestamente progresistas como el pacifismo, el feminismo o el ecologismo que en que los profesores sean buenos y los alumnos aprendan sistemas de ecuaciones y sean evaluados objetivamente.. Es algo parecido a lo que hacen los nacionalistas, pero aplicado a la ideología de izquierdas. Para contar con más fuerzas en los centros impusieron los consejos escolares, ganando a padres indómitos en defensa de sus intereses (los de las fuerzas de izquierda).

Los centros concertados y la Iglesia

Otro elemento clave son los centros concertados, que están más preocupados por el dinero que les da graciosamente el Estado para pagar las nóminas de sus empleados y por la libertad para imponer sus criterios ideológicos y curriculares en los centros que por el futuro de los alumnos españoles. Esto quiere decir que a estos empresarios les va mejor cuanto peor vaya y más se desprestigie la educación pública, por lo que el deterioro de los centros públicos en los últimos veinte años les ha venido de perlas. No hay que olvidar tampoco que la mayor parte de estos centros concertados forman parte de la estructura de la Iglesia Católica, por lo que a sus intereses económicos se unen los religiosos.

Los profesores de instituto y los maestros

Y finalmente, forman parte del problema una gran parte de los profesores de instituto y de los maestros del sistema público, que están más preocupados por vivir de forma cómoda y tener un trabajo eterno que por el futuro de sus alumnos. Una parte importante de ellos ha accedido a la docencia y hasta se ha convertido en funcionario sin superar unas pruebas exigentes. A todos se les llena la boca de Finlandia, pero lo cierto es que las pruebas de cultura general para las oposiciones de maestro de la comunidad de Madrid fueron suspendidas por más del 80% de los maestros que se presentaban. Y preguntaban cosas como las provincias por las que pasa el Duero; es decir, los mismos conocimientos que ellos han de impartir. Esta es la situación real del profesorado en España. ¿Por qué muchos profesores no quieren reválidas ni ninguna prueba externa? ¿Acaso no le va mejor a un mal restaurante una guía Michelin donde cada uno se ponga sus estrellas?

Dios bendiga el pacto

Como podemos ver, son muchas las fuerzas más preocupadas por si mismas que por el futuro de los alumnos. Eso es lo que explica que no haya habido hasta ahora un pacto por la educación y eso es lo que explica que este pacto sea tan difícil.

En todo caso, hay también elementos a favor y es que por primera vez los partidos parecen decididos a hacerlo. Esperemos que sean capaces de cuadrar el círculo por el bien de todos. Ah, y que el pacto sea bueno… que esa es otra.

Sobre el acoso escolar

En las últimas fechas, afortunadamente los medios de comunicación han comenzado a hacerse eco del acoso escolar. Y digo afortunadamente, no por las pobres víctimas, sino porque el acoso escolar ha existido siempre y sin embargo, hasta ahora, nunca había sido tratado por los medios como un problema social al que enfrentarse sino como “casos aislados”. No hace tanto tiempo de la muerte de Jokin o del suicidio de aquella alumna ecuatoriana acosada hasta en el propio autobús que la conducía a clase. Entonces fueron casos aislados. Hasta ahora, no se había tratado como lo que es: un problema social de primera magnitud.
Y ante un problema social, si queremos entenderlo y solucionarlo deberemos atender a la forma que adopta el problema, a sus causas y consecuencias.
El acoso escolar ha existido siempre. Los grupos humanos generan chivos expiatorios. Ocurre en cualquier grupo humano: en la familia, en los grupos de amigos y, lógicamente, en el instituto. Ese chivo expiatorio, esa persona que sirve para descargar sobre él el malhumor, las tensiones, los complejos, la angustia y los sinsabores que produce la existencia toma cuerpo en los centros como alumno acosado.
La diferencia entre el acoso de antaño y el actual estriba básicamente en que los individuos antisociales y dañinos que inevitablemente genera la existencia humana hoy están dentro de los centros de estudio y antes estaban fuera. En los años 80 del siglo pasado, los jóvenes antisociales se convertían en delincuentes callejeros y aterrorizaban barrios enteros. Esto incluso dio lugar a un género cinematográfico, el de los macarras, con obras como Deprisa, deprisa, Perros callejeros, Perras callejeras, El Vaquilla o El pico. Pero entonces, un instituto de bachillerato era un oasis, un lugar sagrado, donde los seres antisociales tenían muy difícil entrar e imposible mantenerse.
La LOGSE cambió ese estado de cosas. El lado positivo es que aquella masa humana sin estudios ni educación, que era expulsada del sistema educativo sin título alguno, desapareció de las calles y la delincuencia callejera hoy no existe. El lado negativo es que la permanencia de esa carroña dentro del sistema educativo en igualdad de condiciones con los estudiantes que sí quieren estudiar degeneró en la triste situación que muestra el sistema educativo actual y que se detecta en todas las pruebas internacionales.
Y una vez que hemos colocado a los lobos dentro del corral, ¿nos extrañamos de que maten a los corderos? ¿Existe hoy una legislación que castigue a los violentos y ampare a los débiles? ¿A quién protege realmente la legislación sobre menores? ¿A las víctimas?
No hay que olvidar tampoco que para que se produzca el acoso, como todos sabemos, es preciso que muchas personas miren hacia otro lado. Los primeros, los compañeros, que acompañan, adulan o temen al acosador y permiten que la víctima quede aislada. Y en segundo lugar, y con mucha mayor trascendencia y responsabilidad, a los maestros y profesores. Yo soy profesor y he visto decenas de veces a personas que se dicen compañeros míos mirando hacia otro lado ante los indicios evidentes de acoso. “Son cosas de chicos”. “Es que también el otro se lo anda buscando…” o tratando con fingida ecuanimidad a quienes son desiguales. Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en que una alumna fue agredida por otra que la agarró de los pelos e hizo chocar su cabeza contra un banco de piedra. La otra chica se enfrentó a la agresora y la golpeó. La dirección expulsó a las dos el mismo número de días. Yo fui a quejarme a la dirección porque en mi opinión existe el derecho a la legítima defensa. Poco después un grupo de alumnos acosó a otro hasta el punto de que dejó de ir al centro. La respuesta de la dirección fue cambiar de clase al acosado. En otra ocasión un padre de un alumno rayó el coche del director del centro tras ser expulsado su hijo, un simpático alumno ferviente seguidor del Camarón de la Isla. Yo recomendé al director que arbitrase un aparcamiento para que los miembros del equipo directivo y quienes se encargaban de la disciplina tuvieran su coche a buen recaudo de este tipo de padres. El director me aseguró con sonrisa complaciente que él no tenía miedo de nadie. Pero lo cierto es que los seguidores del Camarón de la Isla que había en el centro ya no fueron expulsados más del instituto.
Creo que esto refleja con nitidez cuáles son las causas del problema y creo que a la vez dibuja un panorama muy sombrío en cuanto a las soluciones porque, no nos quepa duda, lo que hace falta para luchar contra el acoso es valentía. Y eso, hoy por hoy, no es fácil de encontrar ni entre políticos, ni entre padres, ni entre profesores, ni entre alumnos. Todos temen a los adolescentes violentos y a sus violentos padres. Esta es la clave del asunto. Y mientras esto siga así, los débiles corderos seguirán tristemente a merced de los lobos.