Sobre la coherencia en la vida

A menudo en la política nos quedamos en los grandes titulares, en las grandes ideas, en los programas. Pero yo creo que es siempre útil ver qué personas están detrás de ellas. Porque las ideas son, en esencia, ideales, abstractas (quiero decir que se formulan en palabras y en el fondo no son sino declaraciones de intenciones), mientras que los actos son reales y concretos y manifiestan la verdad.

Como decía el Evangelio: “Por sus obras los conoceréis”. Y como dice el refrán español: “Del dicho al hecho, hay mucho trecho.” También dice Cervantes: “Nadie es más que nadie si no hace más que nadie”. Y hasta el propio Marx: “la verdad es concreta”. Así que creo que la mejor manera de analizar a las personas (y los políticos son personas), es, más que por lo que dicen, por lo que hacen.

Busquemos la coherencia en todos los que vemos por la televisión, en las élites, en los artistas, em la casta. Hay personas famosas que poseen varios pisos, mientras se manifiestan en contra de los desahucios; hay quienes en galas espectaculares de Hollywood se manifiestan contra el cambio climático y tienen aviones privados o coches que gastan muchísima gasolina; hay quienes se preocupan de erradicar la pobreza infantil, pero antes de eso ya se han comprado una mansión; hay quienes son paladines de los pobres, pero se curan en la sanidad privada en cuanto enferman. Tienen derecho, por supuesto. Todos tenemos derecho a la incoherencia. Y todos somos incoherentes, pero es mayor la incoherencia cuanto más se aleja nuestro pensamiento de la realidad que vivimos. Es duro asumir que hay pobres mientras que nosotros somos ricos y famosos; es difícil aceptar que nos gusta el poder y el mando desde que éramos hijos únicos y mimados. Pero esa es la realidad de muchas personas que ocultan estos rasgos personales tras un discurso falso. Por favor, que no tengamos que pagar los demás su complejo de culpa o su egolatría.

Predicar ideas agradables, humanitarias y pretendidamente bondadosas es relativamente sencillo. Basta con hacerse entender (aunque sea despreciando la gramática como sufrimos casi a diario) y basta con tener un cierto empuje personal (tampoco hace falta valentía, porque estas ideas estupendas siempre han sido muy bien acogidas por los semejantes).

Defender la igualdad universal, la paz, la bondad humana y especialmente la inocencia de los más humildes, atacar la maldad intrínseca de la sociedad o la injusticia del poder establecido ha sido siempre muy popular, hasta el punto de que esta defensa no ha precisado nunca de una elaborada argumentación. Son esas ideas bienintencionadas con la que todos los niños se identifican en los festivales navideños. Los humildes de corazón y los ingenuos de todas las épocas han sostenido con candor y sostienen hoy y siempre a los predicadores de este credo.

Lo que nunca ha sido fácil es ser coherente con lo que se predica. No lo es para nadie, así que mucho menos para aquellos que hicieron de la defensa de lo común y el olvido de lo propio su razón de vivir, aquellos que nos convencían de que su mayor anhelo era arreglar la vida de los pobres, los desvalidos, los desheredados; aquellos que decían que para avanzar teníamos que avanzar todos juntos, pero que en la práctica alcanzaron su meta personal antes de que los pobres salieran de la casilla de salida.

Y así, la inmensa mayoría de los predicadores, los apóstoles de lo común, a la vez que reclamaban el reparto de la riqueza, estaban amasando la suya propia, acumulando propiedades de elevado valor. Pedían el reparto de los bienes ajenos entre los pobres, pero ni renunciaban a la herencia de sus padres ni descuidaban la de sus hijos.

Pedían la igualdad entre todos los seres humanos, sí; pero sin abandonar su papel preeminente (y por ello, desigualitario) en sus partidos. Maldecían toda jerarquía, excepto la que garantizaba su papel dirigente en sus propias organizaciones o en la propia sociedad.

Proclamaban la importancia de la tolerancia, excepto con aquellos que les contradecían. Defendían la democracia y el sufragio universal hasta que alcanzaban el poder y encarcelaban, torturaban y asesinaban a quienes se les oponían.

También estaban en ese grupo los defensores de la patria, esos que ponían el mismo celo en alentar las guerras que en evitar los campos de batalla con un fusil en la mano. Y no nos olvidemos de los que pidieron la libertad  para sus pueblos negando ek derecho a la vida de sus propios vecinos.

Todos somos capaces de poner rostros, a lo largo de la historia, desde la Antigüedad hasta hoy a estos falsos profetas. Somos capaces de recordar a estos demagogos que, difundiendo estos postulados, llevaron a la muerte a centenares de millones de personas solo en el siglo XX.

Y muchos sabemos también en qué caladeros han pescado siempre a sus seguidores estos farsantes. Los han pescado entre aquellos que escuchan sus voces y no analizan sus actos, entre aquellos que se dejan llevar por los afectos más que por la razón, entre aquellos que se quedan en las intenciones sin ver las consecuencias de los actos. Es decir, entre las personas más ingenuas e idealistas, que son engañadas en su bondad de espíritu por estos falsos profetas, que predican el bien común y la igualdad, pero que siempre se favorecen en el reparto. Como decía Orwell en Rebelión en la granja: “Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros.”

Afortunadamente, hoy no podemos identificar a políticos en España como pertenecientes a esta ralea. ¿O sí se puede?.

¿Dónde está la corrupción en el sistema educativo español?

En los últimos días, venimos oyendo quejas terroríficas sobre la corrupción de la Universidad Rey Juan Carlos, en un intento de situar el foco del desprecio y el descrédito en esta institución, como si la infección de la corrupción educativa se pudiese circunscribir a este centro. ¿Su delito? Que esta universidad creció gracias al Partido Popular y albergó y alberga profesores cercanos a ese partido. Todas las demás, la Universidad Complutense (donde hay una buena cantera de la izquierda y Podemos), la Universidad del País Vasco (donde han titulado desde la cárcel muchos etarras), la Carlos III o la Universidad Camilo José Cela (originadas y dominadas por el PSOE) serían templos inmaculados del saber, mientras que la URJC sería una cueva de ladrones. Desde este artículo nos proponemos dar una visión diferente sobre el tema.

Todo el sistema educativo español está corrompido

La mayor parte de la población escucha y asimila esa versión oficial. Sin ir más lejos, estos días he escuchado a varias personas en mi centro hacer chistes diciendo que si sus hijas suspendían en la universidad, las mandarían a la URJC, para acto seguido afirmar que “de todas formas ahora (y ese ahora quiere decir en realidad desde que se trata el tema del doctor Sánchez) los periodistas parece que no han pasado por la universidad y no saben que todas las tesis son compuestos de otras investigaciones.” Esta va a ser la tesis (sic) dominante en los próximos meses, no porque sea verdad o mentira, sino porque la caída de Sánchez acarrearía la caída de todos los que le han puesto allí (desde los neocomunistas de Podemos a los separatistas de Convergencia) y por ello el Gobierno PSOE, la televisión que controla (toda) y sus apoyos políticos van a hacer la vista gorda y pasar página lo antes posible. Sánchez será lo que sea, pero es su presidente. Defenestrar a Sánchez es convocar elecciones y eso les llevaría a todos (desde Podemos hasta el PNV) a una posición incierta, mientras que lo cierto es que ahora están en el poder.

Pero la realidad es muy diferente a esta versión mediática. Lo cierto es que todo el sistema educativo está corrompido como un lodazal. Es más, está tan corrompido que casi ninguno de sus integrantes (alumnos y profesores) se atreve a decir la verdad. Unos porque respiran ese aire viciado desde que ingresaron en el sistema y no son capaces ya de distinguir el aire puro; otros porque tienen intereses en que las cosas sigan siendo como son. Y cuando millones de personas (y hablamos de millones) se ven favorecidos por la corrupción, esta deja de ser tal para convertirse en lo normal. Eso es lo que explica la reacción de mis conocidos.

La corrupción es el oxígeno del sistema educativo

La corrupción del sistema educativo español no está en que una parte de los másteres de la URJC se haya dado de forma fraudulenta como prebenda política (lo que es una realidad), sino en que todo el sistema educativo es fraudulento en sí. Hoy todos sabemos que un titulo académico en España, sea del nivel educativo que fuere, no significa que la persona que lo posee tiene los conocimientos para los que el título faculta. Ni el título de primaria, ni el de secundaria, ni el de bachillerato, ni los universitarios garantizan (como es lógico que fuera) que la persona que lo ostenta tiene la capacidad que el título supone. Es más, estamos en un sistema tan corrupto, que ni siquiera ser profesor es garantía de nada, pues hay profesores que han aprobado las oposiciones ayudados por los miembros de los tribunales (en la universidad por puro enchufismo político al que llaman “endogamia” como el caso del doctor Sánchez y en primaria y secundaria por una bondad mal entendida que hace que los miembros de los tribunales no sean rígidos al evaluar los ejercicios de los candidatos). De eso es de lo que se han valido Sánchez, Casado, Cifuentes y todos los demás. ¿O acaso es casualidad que una gran parte de los diputados del PSOE sean y hayan sido doctores de Derecho constitucional?

De esta corrupción (a menor o mayor escala) es de la que se han valido miles de personas en España para ser docentes. ¿Eso quiere decir que todos los profesores están ahí sin mérito alguno? Desde luego que no. Yo soy profesor y fui el número uno de mi tribunal (éramos trescientos y solo había dos plazas). Y son también miles los que han alcanzado su plaza por mérito y capacidad. Y son miles los que investigan en la universidad dejándose muchas horas en los laboratorios. No hablamos de esto, sino de si es posible obtener las plazas sin tener ni mérito ni capacidad. Y la respuesta, tristemente, es sí. Y el caso del doctor Sánchez, como tantos otros que no alcanzan notoriedad mediática, lo demuestra. Como he oído decir esta semana, “eso es lo que es una investigación en la universidad”.

Esta corrupción global del sistema no trasciende a los medios, pero es una realidad cotidiana de la que, como de las almorranas, nadie se queja, pasando a ser ese oscuro lodazal en el que se desarrolla el llamado “proceso de enseñanza-aprendizaje” (obsérvese la pomposidad del término que nos evoca otras latitudes) en los centros. Ese es el aire en el que se desarrolla la vida académica. Como sabemos, las cosas que nos envuelven dejan de percibirse, como ocurre con el oxígeno que respiramos. ¿Si pasó en Alemania con el dolor invisible de los judíos en los años treinta cuando los reprimían por millones sin que “nadie se diese cuenta”, no va a pasar aquí con una cuestión mucho más difícilmente detectable?

Aprobad a toda costa y mirad hacia otro lado

Han sido las propias administraciones educativas autonómicas, siempre dirigidas o claudicantes ante el PSOE, quienes han presionado desde hace décadas a los docentes para que aumenten las tasas de aprobados en todos los niveles. La Junta de Andalucía, por ejemplo, dio miles de euros a cada docente que se apuntó a su Plan de Mejora (sic). Esta cantidad se cobraba por el profesor solo en caso de que este aumentase significativamente su porcentaje de aprobados. También en la Universidad, los profesores cobran hoy día un plus que depende de su tasa de aprobados. En secundaria, el profesor que suspende debe hacer un informe explicando por qué eso ocurre y los aprobados de despacho promulgados por la inspección educativa (siempre cercana al poder político) son una constante en los institutos cada verano. Esta situación ha determinado que los padres sean cada vez más conscientes de que, presionando al profesor, este acaba aprobando a su hijo y, por ello, las reclamaciones oficiales de notas son hoy un elemento cotidiano en los centros. Además, ese entorno cada vez más violento de los centros de secundaria, con acoso escolar a alumnos y agresiones a profesores, ha acabado conduciendo a los docentes a anticiparse a estos posibles problemas de la forma más sencilla y menos traumática. ¿Cómo? Aprobando de antemano a alumnos que, de otra manera, habrían suspendido. Eso no significa que todas las personas que tienen hoy un título en España hayan necesitado de esa connivencia corrupta. Nada más lejos de la realidad, pues hay y habrá miles de alumnos inteligentes y aplicados. De hecho, ellos son los primeros perjudicados por este perverso sistema de regalo de titulaciones, porque su mismo título lo han obtenido y lo obtendrán muchas otras personas que solo han podido obtenerlo gracias a una equivocada conmiseración por parte de los docentes. Unos aprueban y a otros los aprobamos. Yo mismo lo he hecho en ocasiones, presionado por diferentes circunstancias.

Dame pan y llámame listo

En todo caso, esa idea halagadora que hoy proclaman los políticos de que “los jóvenes se dejan la piel para sacarse el título”, esa idea demagógica de que cuesta un tremendo esfuerzo obtener un título es en términos generales una rotunda falsedad. Obtener un grado universitario en España es más fácil que nunca y el nivel medio de un universitario de 2018 está por debajo del de un alumno de COU de 1985. Esa es la realidad constatable por cualquier persona que no se deje llevar por la realidad falsificada de los medios.

Cualquier maestro sabe que hoy en día es muy raro que un alumno suspenda un curso. Cualquier profesor sabe que hoy en día una gran parte de los alumnos pasa por los institutos de curso en curso sin dominar los contenidos y es aprobada por no generarse problemas con padres e inspectores.  Cualquier persona que tenga hijos o familiares en la universidad sabe qué tipo de alumnado puede llegar allí y el nivel bajísimo de conocimientos que en muchos aspectos muestra. Ese es el caldo de cultivo que permite que una tesis no sea una tesis y un máster no sea un máster. Los políticos han diseñado un sistema del que millones de personas se aprovechan y ellos, al estar más arriba, simplemente, se aprovechan a un nivel superior. Los políticos, sobre todo los del PSOE, han ocupado la universidad como el “banquillo” de un equipo de fútbol. Mientras son suplentes, esperan pacientemente dando opiniones en los medios en tertulias y entrevistas y dominando la universidad hasta que un día les llaman para formar parte de listas electorales y se hacen diputados. El día que dejan el acta de diputados vuelven a sus clases universitarias y a crear estados de opinión desde los medios. Esa es la realidad de la universidad española desde que yo estudié y fui representante estudiantil universitario en los años ochenta. Pero no son solo ellos los corruptos, sino millones de personas que saben, repito saben perfectamente, que todo el sistema está corrupto y por eso no quieren dar clase en los grupos de responsabilidad de los institutos como 4º y sobre todo, 2º de Bachillerato, donde las presiones para el aprobado de los alumnos son brutales. Como decía antes, habrá personas absolutamente puras, pero yo no las he conocido hasta ahora.

Esa es la gran corrupción del sistema educativo de la que nadie va a hablar, porque hay tantas personas que la practican (empezando por mí mismo) y tantas otras que se favorecen o se avergüenzan de ella, que a nadie le interesa desenmascararla. Eso es lo que explica que pocos profesores quieran dar clase en el curso preuniversitario.

Los graduados en Económicas acaban de administrativos

Si se desenmascarase esta corrupción, llegarían muchos menos alumnos al bachillerato y a la universidad, con lo que miles de profesores irían directamente al paro. Eso sí, los graduados que saliesen de ella serían escogidos y no necesitarían hacer luego tres másteres para obtener un empleo acorde con su título, con lo que el gasto en educación disminuiría sensiblemente. ¿Quién gana con el sistema actual? El profesorado. ¿Quién pierde? La sociedad, que paga 8000 € anuales por cada alumno matriculado y curso universitario pues este es el coste real (descontado lo que paga en matrícula) de su asistencia a clase. Mucho de ese dinero es un dinero tirado directamente al mar, porque esos titulados no trabajarán de economistas o abogados nunca. Los profesores universitarios, mientras tanto, pueden dedicarse a diseñar másteres y vivir razonablemente bien dando clase a los posgraduados. Un chollo que pagamos toda la sociedad. Igual que el comunismo fabricaba productos inservibles, el socialismo se dedica a fabricar graduados inservibles.

Esta estrategia hiperprotectora y falsa conduce además, inevitablemente, a que alumnos mediocres o incluso malos no se enfrenten a su verdadera situación vital hasta cumplir la treintena o la cuarentena. Hoy hay una parte de la generación LOGSE que se encuentra con que, habiendo sido mimada por sus padres y aprobada con facilidad en colegio, instituto y universidad, es incapaz de hacer valer su título y fracasa a la hora de enfrentarse a las oposiciones o al conseguir un trabajo acorde con su teórica formación. Hay economistas que hacen trabajo de administrativos, graduados en Derecho de tele-operadores y un largo etcétera que todos conocemos.

Esa es la realidad, el traje nuevo del emperador que nadie se atreve a denunciar. Y por eso, seguiremos hablando de los másteres de Casado y de las tesis del doctor Sánchez, cuando son simplemente la guinda del enorme lodazal (y no la pregunta parlamentaria de Rivera según la acusación del doctor Sanchez ) en que han convertido los políticos la educación en España.

Elegir las palabras para nuestros alumnos (1) ¿País vasco o Euskadi?

Nosotros, cada uno de nosotros, como profesores, debemos ser muy cuidadosos con las palabras que elegimos al dirigirnos a nuestros alumnos. Esto se debe, sobre todo, a que, justo después de los medios de comunicación (y aunque a mucha distancia) es el sistema educativo, encarnado en nosotros mismos, quienes más poderosamente influye en la juventud española.

La enorme influencia de los profesores

No debemos subestimar nuestra influencia. Al fin y al cabo, el alumno pasa en nuestro sistema, expuesto a nuestros mensajes treinta horas a la semana. Superamos sin duda al tiempo que invierte cada alumno en cualquiera de sus restantes ocupaciones. Imaginemos el enorme poder que atesora un maestro que tiene a su cargo a los mismos niños durante miles de horas cada curso. Un profesor tiene menos influencia, pero aún así, es posible que muchos de nosotros pasemos más tiempo con los adolescentes que sus propios padres. Y sobre todo, se trata de un tiempo de calidad, de un tiempo en el que la transmisión de valores, a la que nos obliga el nuevo modelo educativo, suple la necesaria educación ideológica que el alumno debería recibir de la propia familia. Pero es que además, transmitimos conocimientos que son resultado de planteamientos ideológicos y por medio de palabras bajo las que también subyace una ideología. Por ello, es imprescindible revisar el lenguaje con el que nos dirigimos a nuestros alumnos y, muy especialmente, en la clase de Lengua y literatura. Y esto me ha animado a iniciar esta serie sobre las palabras que salen de los medios de comunicación y que nosotros los profesores, empleamos a diario en nuestras conversaciones y en nuestras clases, con la idea de concienciarnos del valor de las palabras.

El valor de las palabras: ¿Provincias vascongadas o Euskal Herría?

Cada palabra tiene un valor connotativo que proyecta una visión de la realidad. No es lo mismo decir Vasconia que decir las Provincias Vascongadas; ni es lo mismo decir País Vasco que Euskadi o decir Euskal Herría. En esa región de España la utilización de una u otra palabra va a indicar a nuestro interlocutor cuál es nuestra visión de la realidad. Si decimos Provincias Vascongadas (la denominación usual hasta 1978) estamos diciendo que consideraos que son tres provincias y que pertenecen a un país que es España. Si décimos País Vasco estamos reconociendo de facto que existe una singularidad específica en esa región que la hace digna de llamarse «País»; es decir, estamos adoptando (quizá de forma inconsciente) el punto de vista del nacionalismo vasco. Estamos aceptando de facto su «relato», su «narración» de la historia. Porque, si el País Vasco es un país… ¿Por qué no lo es? No puede ser más que porque otra entidad, España, está oprimiendo sus derechos. Digamos luego lo que digamos, la adopción del término «País Vasco» supone en nuestro discurso la aceptación de sus argumentos. Si ya usamos la palabra «Euskadi» estamos admitiendo mucho más, pues es un término que inventó Sabino Arana que, como sabemos, era el líder del xenófobo nacionalismo vasco. Al decir Euskadi estamos asumiendo que ese territorio no debe ser llamado en español como Inglaterra, Alemania o  Escocia, sino que por su propia particularidad tremenda y brutal (que nosotros aceptamos como legítima) asumimos que son ellos (los nacionalistas) quienes tienen  derecho a poner el nombre de una región española. ¿Por qué? Pues porque es suya. De igual forma que asumimos que quien pone los nombres a los hijos es el padre. Más todavía si empleamos Euskal Herría, pues es el nombre que designa a las llamadas siete herrialdes. Cuando estamos diciendo esa palabra, estamos asumiendo que existe una entidad nacional que engloba también a Navarra y los departamentos del sur de Francia. Es además el término favorito de los terroristas de Bildu para diferenciarse de los separatistas del PNV.

¿Quién dicta nuestras palabras?

¿Y por que´nos plegamos a esta deriva lingüística dictada desde San Sebastián y Bilbao? Sobre esto hablaremos otro día. Lo sustantivo y esto ha sido un mero ejemplo inicial es que en las clases de Historia, de Lengua, de Filosofía y hasta de Ciencias Naturales nosotros ante los alumnos vamos a emplear uno de estos términos y hemos de ser conscientes de las causas y consecuencias de nuestros actos. Que los periodistas y millones de personas hayan incurrido en un error, no quiere decir que nosotros debamos perpetuarlo.

Mi propuesta: Vasconia

Yo, personalmente, empleo la palabra «Vasconia» que remite a la denominación primigenia de esa región y que es usada desde la Antigüedad. Eso me evita emplear la terminología separatista y también me evita emplear «Provincias vascongadas» por la resonancia franquista que todavía tiene.

¿Millenials o niños mimados?

Leo hoy en la edición catalana de El País que el jefe de los Mossos d’Esquadra, José Luis Trapero, se queja de que los nacidos entre 1980 y 1995, que suponen el 16% de la plantilla, están capacitados para tomar el relevo, pero que tienen “poca paciencia y baja tolerancia a la frustración. Están acostumbrados a tener todos los recursos y medios. Lo tienen que tener todo de forma inmediata. Eso se expresa de forma continua como una queja por falta de medios.”

¿De dónde surge este comportamiento? ¿Tendrá relación con que una parte de esta generación se ha visto obligada desde su más tierna infancia a buscarse la vida por sí misma? ¿O quizá con el hecho de que sus padres les negasen a sus vástagos la paga semanal y les obligasen a trabajar? O a lo mejor es por lo mucho que los profesores les han hecho estudiar para aprobar el Bachillerato, la Selectividad y la carrerita. ¿No será porque los periodistas se han hartado de decirles que antes que el desparpajo y la rebeldía está la educación y la experiencia?  ¿O es porque los sucesivos Gobiernos han reconocido el fracaso del sistema educativo por nuestra posición en PISA?

Yo nací en 1966. Mis padres no me daban paga, no me rellenaban las matrículas y no iba al instituto a que me motivaran sino a que me transmitieran conocimientos. No me quejaba mucho y no lloraba jamás, porque desde niño me habían dicho que los hombres no lloran. A mi alrededor vi la crisis del petróleo de 1973, vi derrumbarse toda la industria nacional por la reconversión industrial de los ochenta y vi a cientos de yonquis robando por las calles para pagarse sus dosis. Existían el Jaro y el Vaquilla. Eran famosos. Pero ahora escucho que los mismos que tienen un Iphone 6 o 7 y llenan terrazas, playas y discotecas, han vivido y viven la crisis más dura de la historia. Vivir para ver.

Criar entre algodones tiene sus consecuencias. La más importante: la incapacidad de madurar y comprender que la realidad nunca será como la deseamos.

Desgraciadamente, a una parte de los nacidos entre 1980 y 1995 en España, sus padres les enseñaron que, como hijos, podían menospreciarles, exigirles y cobrarles una paga semanal sin dar ni un beso a cambio, sus profesores les enseñamos que para aprobar no hacía falta esforzarse (¡Viva la LOGSE!), los medios de comunicación halagaron su agresividad y rebeldía para venderles todo lo vendible (que, por supuesto, pagaban sus padres) y los Gobiernos les entronizaron como la generación mejor preparada de la historia para aumentar sus réditos electorales. ¿Por qué todo eso iba a ser mentira? En realidad no son millenials, sino la generación estafada, como yo indicaba ya hace años en mi blog «El nuevo claustro»

Ahora, hasta hay un partido en España que ha convertido en programa político con aura de utopía su rabieta de niños estafados al ver que los Reyes Magos no existen. La película de Disney duró demasiado tiempo y alcanzar la realidad con treinta años es muy difícil. Y las consecuencias las estamos pagando y las pagaremos todos. Porque de la rabia al odio no hay más que un paso.

Reírse de Estados Unidos

En los ámbitos educativos y propagandísticos españoles es moneda corriente reírse de la ignorancia de la población´estadounidense. A menudo escuchamos en claustros, en tertulias televisivas o en las emisoras de radio (los focos más importantes de ideologización de la sociedad actual) que los norteamericanos no saben dónde está España (ni ningún otro país que no sea el suyo propio) o que creen que todos los españoles somos toreros. Su ignorancia es proverbial. A menudo, estos filósofos de lo cotidiano acompañan sus comentarios de sonrisas burlonas y exhiben una sonrisa autosuficiente y un tanto despreciativa que quiere decir: «Nosotros, los españoles, sí que sabemos.»

Para muestra, vale un botón. En la edición digital de hoy de El País, aparece este titular: «El 23% de estadounidenses piensa que su país se independizó de Francia, México o Alemania». ¡Fíjense qué barbaridad!, le falta rematar al periodista. Podrían haber titulado al revés: «El 77% de los estadounidenses sabe que su país se independizó del Reino Unido.» Pero el medio progresista, el más influyente difusor de la ideología progre en la España de la Segunda Restauración, elige cargar las tintas en la ignorancia norteamericana.

Sin embargo, pocas veces se oye decir (o se lee) que la culpa de esa ignorancia proverbial de los Estados Unidos radique en su sistema educativo. Parece que la ignorancia de estos congéneres de allende los mares se deba simplemente a su carácter de yanquis asquerosos e imperialistas. Sí, parecen decir nuestros filósofos de luces cortas, serán ricos, poderosos y dominarán el mundo,,,,, pero son una pandilla de asnos. Un coro de sonrisas complacientes aplaude tal aseveración.

Y lo cierto es que si una población nacional es ignorante no nos puede caber la menor duda de que es la consecuencia de la organización y funcionamiento de su sistema educativo. Así que la pregunta es obvia: ¿Por qué cuándo se critica la ignorancia yanqui (o sudista, que para el caso es la misma) no se menciona su sistema educativo? Pues muy sencillo, amigos, porque nuestro sistema educativo (el que defienden esos mismos filósofos) está calcado del suyo.

Las ideas sobre la bondad de la comprensividad, la importancia de la motivación del alumno y de las innovaciones docentes por encima de la evaluación externa, el rigor y la transmisión de conocimientos está en la base del sistema educativo norteamericano que, desgraciadamente y de forma criminal, instauraron en España los sucesivos gobiernos del PSOE con la connivencia de gran parte de este profesorado tan progresista. Estados Unidos nos lleva décadas de ventaja por el camino de la ignorancia, amigos; pero España  es una alumna aventajada. Desde la instauración de la LOGSE en 1990, no ha habido un año en que la ignorancia, como mancha negra, no se haya extendido más entre la población española. Ya es motivo común comentar o reírse del bajo nivel que tienen los universitarios españoles. Podríamos hacer una encuesta entre ellos para preguntarles cuál es el origen de España o por qué nuestra bandera es roja y amarilla. Pero a nadie le interesa hacer encuestas así. Tan solo recordaremos que entre los aspirantes a maestro de la Comunidad de Madrid (la única comunidad que se ha atrevido a hacer una prueba así para cribar a los opositores) no llegó al 25% quienes ordenaron correctamente en una sencilla sucesión histórica a celtas, romanos, visigodos  y árabes  en su aportación a la historia de España.

Esa es nuestra realidad y estos son nuestros maestros. Estas semanas atrás he leído un magnífico libro de Alicia Delibes (sobrina del famoso escritor) , La gran estafa, editado por Alegoría, en el que explica la evolución ideológica que desgraciadamente ha conducido a la educación española a un callejón sin salida: el de la ignorancia y su sustitución por la ideología progresista.

Y es que los docentes progresistas de aquí se ríen de los norteamericanos por ignorancia, cinismo y sectarismo. Se ríen porque se trata de norteamericanos, pero no por las causas reales de su ignorancia ¿Si se rieran delante de un espejo, se darían cuenta de que se están riendo de sí mismos? Lo dudo. Ni siquiera así creo que se les helase la sonrisa de complacencia. ¡Y es que no hay nada mejor que tener a todos los alumnos juntos en la misma clase! Igualito que en Estados Unidos…

El error universitario de Susana Díaz lo pagamos todos

La decisión de Susana Díaz de becar a todos los alumnos andaluces por aprobar todas las asignaturas supondrá un gasto de 29 millones de euros. Según la presidente andaluza y su aparato mediático, esta medida va a favorecer a 30.000 alumnos. Me permito disentir y explicar brevemente por qué creo que es una medida incorrecta.

En primer lugar, porque a pesar de sus declaraciones según las cuales, “Europa marcha en ese camino”, lo cierto es que la sociedad española está saturada de universitarios. España es un país donde hay muchas más personas que quieren ejercer profesiones que requieren un título universitario que puestos de trabajo de esas características. Es decir, es un país donde hay muchos que quieren ser jefes y muy pocos que quieren ser indios. Y al final, la estructura social ha de ser forzosamente piramidal y como no todos pueden ser jefes y muchos tienen que ser indios, pues una gran parte de la sociedad está frustrada y lo seguirá estando toda su vida. Una gran parte del problema de los indignados pasa por aquí. Por mucho que lo desee Susana Díaz, no va a haber más directores de sucursal que empleados, ni más arquitectos que obreros. Y en Andalucía va a haber muchos más camareros que gestores de restaurantes; eso seguro. Y si esto es así (y no puede ser de otra manera) ¿por qué gasta de mis impuestos un dinero que no va a ir a más sitio que a desarrollar frustraciones? (y a que los profesores universitarios vivan mejor).

 

En segundo lugar, todos sabemos que el nivel de exigencia de la universidad (y por lógica de la secundaria española) son hoy mucho más bajos que hace veinte o treinta años. Hoy las universidades (con raras excepciones) son meras expendedoras de títulos, donde aprender y estudiar se lleva muy poco. El reino de las optativas ha hecho que los alumnos elijan justamente aquellas en que menos se tienen que esforzar. A esa cultura del esfuerzo es a la que desea premiar Díaz. Un cinco hoy está al alcance de cualquiera. Y no es lo mismo aprobar todo en Derecho que en una ingeniería… ¿Esta medida tiene lógica para alguien que tenga una mínima formación?

 

Y finalmente, no hay ninguna razón para becar a personas que tienen dinero. ¿Por qué los trabajadores deben financiar con sus impuestos las carreras universitarias de personas que tienen mucho más dinero que ellos y que en el futuro ocuparán puestos de mayor responsabilidad y disfrutarán de mejores salarios?

 

La universidad andaluza y española es hoy de juguete. Un juguete que sirve esencialmente para que sus profesores vivan fenomenalmente y todos sus alumnos vivan en la ilusión de que llegarán lejos durante unos años. Lo que ocurra después no es problema para Susana Díaz. Lo que cueste, tampoco. Ya estamos los demás para asumir sus errores. Con nuestro dinero.

 

¿Hay sentido común en el sistema educativo y la sociedad?

A menudo se afirma que el sentido común es el menos común de los sentidos. ¿Y qué es el sentido común? El uso del razonamiento lógico para resolver los problemas que nos interpone la vida cotidiana. Es decir, están relacionadas con el sentido común capacidades como la inteligencia y la lógica. Actuar con sentido común supone prever qué puede ocurrir en una situación dada anticipándonos a las consecuencias de nuestros actos y optando por la solución mejor, que nunca es la óptima. Es decir, supone aplicar el razonamiento hipotético deductivo y asumir que las utopías no forman parte del paisaje cotidiano y que hay que pactar con la realidad para alcanzar avances prácticos. Supone que cada vez que pensamos en una determinada medida, nos planteamos cuáles serán sus efectos reales en la población y si estos son perniciosos, por buena que idealmente sea la medida, no la realizaremos. Es el realismo por encima del idealismo.

Contra el sentido común se oponen el dogma y el prejuicio; es decir, no el pensamiento lógico, sino la creencia o el principio moral. Es el idealismo por encima del realismo.

Cualquier que haya leído hasta aquí creerá que nos estamos refiriendo a ese conjunto de dogmas de fe, axiomas y creencias que conforman las religiones. Y es cierto, de eso también hablamos; pero no solo de eso, sino también de los sistemas morales que acaban siendo un obstáculo para el desarrollo lógico y natural de las cosas y que, por tanto, acaban creando perversos círculos viciosos en la política o la educación, que es el caso que aquí nos ocupa. En la actualidad, los paladines del prejuicio, los maestros y sacerdotes del pueblo, no acuden a Dios o a la fe, sino a principios morales que nos hablan no de cómo son las cosas, sino como deberían ser (como deberían ser para estos individuos, por supuesto). Y estos monjes del prejuicio, estos maestros de pueblo, imponen su credo a todos los demás sin pensar en las consecuencias de las medidas que pretenden implantar. Las cosas deberían ser así y punto. Y si no lo son, nos negamos a aceptar la realidad. Ese es el círculo vicioso e insano del pensamiento apriorístico, que, como en el cuento del emperador, obliga a todo el mundo a decir que el emperador está vestido aunque esté desnudo.

Pondremos algunos ejemplos referidos al sistema educativo, donde hay legión de maestros de este tipo. El sentido común y la observación de la naturaleza en general y de los seres humanos en particular, nos muestra las enormes diferencias que existen entre unos seres humanos y otros. No hay hombre igual a otro; ni mujer igual a otra mujer.; ni mucho menos hombre igual a una mujer. Es más, cuando nosotros vamos a adquirir un producto o requerir un servicio, somos conscientes de que lo mejor es que sea personalizado e individualizado; cuanto más personalizado e individualizado mejor, pues por pura lógica (por puro sentido común) responderá mejor a los intereses de cada cual. Eso es el realismo y cuando cada uno paga las cosas de su bolsillo, busca exactamente esto. Y cuando acepta un producto no individualizado es por abaratar costes, no porque crea que es mejor.

Sin embargo, la moral dominante en la actualidad es la del igualitarismo, que no es la igualdad de derechos con la que estamos de acuerdo, sino la creencia de que todos los seres humanos somos iguales. Ese virus tiene totalmente infectada la sociedad y también el sistema educativo. Y por ello, en el sistema educativo (que no olvidemos, paga el Estado) obligamos a alumnos que naturalmente no tienen el menor interés por estudiar a que estudien porque deberían sentir ese interés. Obligamos a seres humanos activos y poco sedentarios a los que les gusta esencialmente moverse y hacer cosas más que discurrir sobre ellas (lo cual es perfectamente respetable) a que se sienten durante seis horas en una clase aunque los supuestos beneficiarios crean que están perdiendo el tiempo. Como creemos que lo bueno  y asumible es que titule el 85% d los alumnos que hacen ESO, pues nos dedicamos a facilitar los aprobados sin pensar en las nocivas consecuencias que eso tiene para la sociedad y que ya se están manifestando en todos los órdenes.

El sentido común también nos dice que las experiencias y la moral aprendida en el sistema educativo por un joven repercutirán en su vida y en toda la sociedad futura con lo que la actitud y moral de los enseñantes es clave. ¿Cómo explicarle a un ser humano que ha aprobado hasta una carrera universitaria sin dar un palo al agua (lo que como todo el mundo sabe es hoy moneda corriente) a que las cosas cuestan un esfuerzo? La salida natural a este tipo de existencia es la petición de una renta básica sin trabajar: es decir, el pan y circo romano. Y así, hoy ya hay organizaciones políticas que plantean en sus programas electorales dar dinero a muchas personas solo por el hecho de haber nacido. Se supone que eso es bueno porque es humanitario. Otra vez se impone el idealismo y la moral cristiana sobre el sentido común. ¿Qué ocurrirá si tal hacemos? ¿Que nos dice el sentido común? Pues obviamente que muchísimas personas no querrán esforzarse ni trabajar y se convertirán en parásitos de los que si trabajarán. Si estas ideas se extienden por parte de demagogos, maestros y sacerdotes del pueblo, el choque social está servido. Y la caída de la producción también. Al final, no trabajará nadie.

¿Por qué hay tanta gente contaminada de prejuicios morales? Ya Piaget señalaba que la mitad de la población era incapaz de desarrollar el pensamiento hipotético deductivo. Creo que una parte de la explicación va por aquí. Son recetas sencillas y moralmente agradables. ¿Quién no quiere ser solidario, buena persona; es decir, un buen cristiano o un comunista de buen corazón?

Por favor, apliquemos el sentido común a todo y neguémonos a escuchar las ideas de los moralistas, los maestros y los sacerdotes del pueblo.

El socialismo se muere de éxito

Sí, han leído bien. El socialismo está muriendo de éxito. Esa es mi opinión. Y voy a argumentarla brevemente.

Lo primero que quiero hacer es definir qué entiendo por socialismo en este artículo. Y no me refiero aquí al término empleado por Marx, como ideología que busca la superación de la sociedad capitalista en una sociedad sin clases, sino que me refiero a lo que modernamente se ha llamado socialismo democrático o socialdemocracia. Es decir, a la ideología del conjunto de partidos que formaron la antigua Segunda Internacional y más modernamente denominada Internacional Socialista (PSOE, PSF, SPD, PASOK, PSI, etc). que consiste básicamente en un capitalismo con un nivel de impuestos muy fuerte que a su vez garantice subsidios y un sistema educativo y sanitario gratuitos. Algo que era un sueño para los socialdemócratas en 1915 y que convirtieron en su razón de ser, en su gran objetivo estratégico. Mientras tanto, los comunistas construyeron la URSS con los resultados de todos conocidos.

Pero en los últimos años, todos estos partidos socialistas están sufriendo un importantísimo retroceso. Comenzó la debacle con el fin del Partido Socialista Italiano, al que siguió luego el griego PASOK y al que se han sucedido las importantísimas crisis que sufre la socialdemocracia en Reino Unido, Alemania, en España y ahora también en Francia, donde el otrora poderoso PSF no ha llegado al 7% de los votos en las últimas elecciones.

¿Y por qué ocurre esto? Hay diferentes causas o razones, pero en mi modesta opinión, lo fundamental es que la ideología que dio lugar al surgimiento de la socialdemócrata a principios del siglo XX (apuntalamiento del estado del bienestar dentro del sistema capitalista, subsidios sociales, alto nivel de impuestos, libertades democráticas) son hoy una realidad en toda Europa. Es más, mientras que en los inicios del siglo XX o en otros países, como en Estados Unidos, las fuerzas de derechas no apoyan estas políticas y se oponen furiosamente a las mismas (defendiendo por tanto un modelo abiertamente liberal), lo cierto es que la derecha europea ha hecho suyas estas políticas hasta el punto de que si nos fijamos, sea el país que fuere en el que gobierne la derecha, lo cierto es que no acaban ni con subsidios, ni con los altos niveles impositivos, ni con el aborto ni con el divorcio, ni con un amplio gasto en educación y sanidad. Esa es, digan lo que digan, la verdad. Y por ello, el socialismo democrático, alcanzados sus objetivos fundacionales,  tiene dos opciones: o fusionarse realmente en un mismo cuerpo político con quien en la práctica defiende las mismas ideas (la derecha) o bien lanzarse hacia la extrema izquierda, asumiendo postulado políticos que tradicionalmente han sido propios del comunismo o de ideologías ajenas al socialismo originario (feminismo, ecologismo, animalismo…).

Defender que el socialismo fue anticapitalista y extremista, como defienden algunos militantes, es una falta a la verdad. ¿O acaso no fue el PSOE quien realizó la reconversión en los años ochenta, privatizó las empresas públicas, aprobó el aborto, diseñó el sistema educativo y sanitario que tenemos y nos metió en la OTAN?  ¿Cuál de esas políticas ha sido derogada por el Partido Popular? Ninguna.

Hoy, se pongan como se pongan las bases socialistas y algunos de sus dirigentes, lo cierto es que desde postulados socialdemócratas ya no hay margen para enfrentarse a la derecha real, porque la derecha se ha echado a la izquierda hasta confundirse con ella como si dos líquidos echados en un mismo recipiente se hubieran acabado mezclando hasta hacerse indistinguibles uno de otro y conformar una sola sustancia.

Afortunadamente, esa sustancia es la de la moderación y el consenso. Espero que los socialistas se den cuenta de su triunfo real y no se echen a la izquierda para convertirse en lo que nunca fueron: comunistas.

Es tiempo de unirse frente a los extremismos, que solo pueden medrar si las personas buenas y sensatas nos fijamos más en lo muchísimo que tenemos en común que en lo poco que nos separa.. Quiera Dios que seamos capaces de mirar a los demás con empatía para verlo.

Sobre el acoso escolar

En las últimas fechas, afortunadamente los medios de comunicación han comenzado a hacerse eco del acoso escolar. Y digo afortunadamente, no por las pobres víctimas, sino porque el acoso escolar ha existido siempre y sin embargo, hasta ahora, nunca había sido tratado por los medios como un problema social al que enfrentarse sino como “casos aislados”. No hace tanto tiempo de la muerte de Jokin o del suicidio de aquella alumna ecuatoriana acosada hasta en el propio autobús que la conducía a clase. Entonces fueron casos aislados. Hasta ahora, no se había tratado como lo que es: un problema social de primera magnitud.
Y ante un problema social, si queremos entenderlo y solucionarlo deberemos atender a la forma que adopta el problema, a sus causas y consecuencias.
El acoso escolar ha existido siempre. Los grupos humanos generan chivos expiatorios. Ocurre en cualquier grupo humano: en la familia, en los grupos de amigos y, lógicamente, en el instituto. Ese chivo expiatorio, esa persona que sirve para descargar sobre él el malhumor, las tensiones, los complejos, la angustia y los sinsabores que produce la existencia toma cuerpo en los centros como alumno acosado.
La diferencia entre el acoso de antaño y el actual estriba básicamente en que los individuos antisociales y dañinos que inevitablemente genera la existencia humana hoy están dentro de los centros de estudio y antes estaban fuera. En los años 80 del siglo pasado, los jóvenes antisociales se convertían en delincuentes callejeros y aterrorizaban barrios enteros. Esto incluso dio lugar a un género cinematográfico, el de los macarras, con obras como Deprisa, deprisa, Perros callejeros, Perras callejeras, El Vaquilla o El pico. Pero entonces, un instituto de bachillerato era un oasis, un lugar sagrado, donde los seres antisociales tenían muy difícil entrar e imposible mantenerse.
La LOGSE cambió ese estado de cosas. El lado positivo es que aquella masa humana sin estudios ni educación, que era expulsada del sistema educativo sin título alguno, desapareció de las calles y la delincuencia callejera hoy no existe. El lado negativo es que la permanencia de esa carroña dentro del sistema educativo en igualdad de condiciones con los estudiantes que sí quieren estudiar degeneró en la triste situación que muestra el sistema educativo actual y que se detecta en todas las pruebas internacionales.
Y una vez que hemos colocado a los lobos dentro del corral, ¿nos extrañamos de que maten a los corderos? ¿Existe hoy una legislación que castigue a los violentos y ampare a los débiles? ¿A quién protege realmente la legislación sobre menores? ¿A las víctimas?
No hay que olvidar tampoco que para que se produzca el acoso, como todos sabemos, es preciso que muchas personas miren hacia otro lado. Los primeros, los compañeros, que acompañan, adulan o temen al acosador y permiten que la víctima quede aislada. Y en segundo lugar, y con mucha mayor trascendencia y responsabilidad, a los maestros y profesores. Yo soy profesor y he visto decenas de veces a personas que se dicen compañeros míos mirando hacia otro lado ante los indicios evidentes de acoso. “Son cosas de chicos”. “Es que también el otro se lo anda buscando…” o tratando con fingida ecuanimidad a quienes son desiguales. Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en que una alumna fue agredida por otra que la agarró de los pelos e hizo chocar su cabeza contra un banco de piedra. La otra chica se enfrentó a la agresora y la golpeó. La dirección expulsó a las dos el mismo número de días. Yo fui a quejarme a la dirección porque en mi opinión existe el derecho a la legítima defensa. Poco después un grupo de alumnos acosó a otro hasta el punto de que dejó de ir al centro. La respuesta de la dirección fue cambiar de clase al acosado. En otra ocasión un padre de un alumno rayó el coche del director del centro tras ser expulsado su hijo, un simpático alumno ferviente seguidor del Camarón de la Isla. Yo recomendé al director que arbitrase un aparcamiento para que los miembros del equipo directivo y quienes se encargaban de la disciplina tuvieran su coche a buen recaudo de este tipo de padres. El director me aseguró con sonrisa complaciente que él no tenía miedo de nadie. Pero lo cierto es que los seguidores del Camarón de la Isla que había en el centro ya no fueron expulsados más del instituto.
Creo que esto refleja con nitidez cuáles son las causas del problema y creo que a la vez dibuja un panorama muy sombrío en cuanto a las soluciones porque, no nos quepa duda, lo que hace falta para luchar contra el acoso es valentía. Y eso, hoy por hoy, no es fácil de encontrar ni entre políticos, ni entre padres, ni entre profesores, ni entre alumnos. Todos temen a los adolescentes violentos y a sus violentos padres. Esta es la clave del asunto. Y mientras esto siga así, los débiles corderos seguirán tristemente a merced de los lobos.