Sobre los términos “fascismo” y “fascista” y su función social

Introducción

Desde el surgimiento del fascismo en Italia en los años veinte del siglo pasado hasta la actualidad, los términos “fascismo” y “fascista” han seguido una interesante evolución semántica que tiene que ver con su función pragmática-social. Resulta interesante seguir este proceso, pues da cuenta de la extraordinaria movilidad de los significados que se produce en los vocablos relacionados con los discursos políticos y de su estrecha relación con las necesidades política de quienes los emplean con estos cambios.  

¿Qué fue el fascismo en sentido estricto? 

Como bien sabemos, el fascismo es el nombre del movimiento político creado y encabezado por Benito Mussolini en los años veinte del siglo pasado. 

El fascismo combinaba el totalitarismo político con la presencia de elementos económicos socialistas (como la intervención estatal en la producción, los salarios y el mercado) y un exacerbado nacionalismo. Tenía, por tanto, similitudes con los idearios de los nazis alemanes y los comunistas rusos. Los parecidos con los comunistas rusos estribaban en el carácter revolucionario de su movimiento (esto es, la utilización de la violencia para alcanzar el poder y mantenerse en él), la prohibición de los partidos opositores, la negación del liberalismo económico y político y el control de la producción por medio del llamado “corporativismo”. 

¿Qué diferencia hay entre el fascismo y el comunismo? La propiedad privada

Las diferencias entre el fascismo y el comunismo estribaban en que, mientras que los comunistas no respetaban la propiedad privada, los fascistas sí lo hacían, aunque poniendo a las empresas bajo la autoridad del Estado. Es decir, en el fascismo, el patrón seguía siendo el dueño de su empresa, pero no tenía libertad plena para dirigirla, ni para optimizar su beneficio, sino que estas decisiones dependían total o parcialmente del Estado. En el comunismo, la empresa era expropiada y el patrón perdía su propiedad, pasando la misma a ser propiedad del Estado y siendo gestionada por las personas que el Estado designase.

¿Qué diferencia hay entre el fascismo y el comunismo? La supuesta participación democrática de la población.

Los comunistas señalan como otra diferencia el hecho de que en su régimen, son los obreros quienes detentan supuestamente el poder político y eligen sus representantes democráticamente. Pero en la práctica, todos los regímenes comunistas desde la URSS hasta China se han caracterizado, como todos sabemos, por la existencia de un partido único y una dirección política a cargo de la elite del Partido Comunista, de la misma forma que el régimen de Mussolini también tuvo su propia elite dirigente y también hacía elecciones restringidas.

Tabla comparativa entre democracia liberal, fascismo y comunismo

Simplificando, podemos comparar los sistemas políticos y sociales en esta tabla en la que observaremos que entre el comunismo y el fascismo hay más parecidos que diferencias.

Regímenes liberalesFascismoComunismo
Acceso al poder exclusivamente por vías democráticasAcceso al poder mediante elecciones o la violencia revolucionaria.Acceso al poder mediante elecciones o la violencia revolucionaria.
Libertades políticas y elecciones libres.Régimen de partido único. Censura. Represión violenta de los oponentes políticos.Régimen de partido único. Censura. Represión violenta de los oponentes políticos. 
Libertad de prensa y de expresión. Utilización sistemática de la violencia, la cárcel y el asesinato contra sus enemigos políticos.Utilización sistemática de la violencia, la cárcel y el asesinato contra sus enemigos políticos.
Libertad de empresaEconomía planificada por el Estado.Economía planificada por el Estado.
Existencia de propiedad privada.Existencia de propiedad privada.Ausencia de propiedad privada.
Control de la empresa por sus propietarios.Participación del Estado en el control de las empresas.Expropiación y nacionalización de las empresas.

¿Qué designan los términos “fascismo” y “fascista” hoy día? El proceso de generalización y envilecimiento.

Sin embargo, el significado de estas palabras en la actualidad es mucho más amplio de lo que fue en sus inicios hace cien años. Desde el punto de vista semántico, se han producido en ellas dos procesos: los llamados “generalización” y “envilecimiento”. 

Llamamos “generalización” al cambio semántico que supone que el significado de una palabra pase a designar algo más general o amplio de lo que designaba originalmente. Y así, mientras que en los años veinte, “fascista” se aplicaba de forma estricta a los seguidores de Mussolini, hoy día se emplean los términos “fascismo” y “fascists” de forma generalizada refiriéndose como “fascismo” no a ese movimiento concreto sino a todas las ideologías que se consideran autoritarias, poco democráticas o directamente violentas y de la misma forma se definen como “fascistas” a quienes se considera que defienden estas ideas. 

Además ambos términos (“fascismo” y “fascistas”) han sufrido un proceso de envilecimiento, pues han pasado de designar de forma neutra a los fascistas originarios (que entonces y ahora se siguen proclamando como tales de forma orgullosa)  a utilizarse como insulto individual y colectivo, con connotaciones claramente peyorativas.  

¿Cómo y por qué se generalizó y envileció el término “fascista”? 

El vocablo “fascista” dejó de ser una denominación objetiva, con significado denotativo como seguidor de Mussolini y comenzó a ser utilizado como insulto con significado connotativo contra quienes no eran realmente fascistas a finales de los años veinte. Esta obra de modificación semántica se debió al comunismo ruso, sus ideólogos y propagandistas.

Comenzó por el uso del vocablo “social-fascista”, que fue una creación de la Internacional Comunista (Komintern) en su VI Congreso en 1928 para atacar a sus (entonces) enemigos socialdemócratas. Inicialmente, este término se empleó como insulto y forma de señalamiento y aislamiento contra los partidos socialistas europeos en una época en que los comunistas pugnaban por diferenciarse nítidamente de todo aquel que no fuera comunista. Recordemos que los enfrentamientos entre estos partidos socialistas y comunistas habían sido muy fuertes llegando en algunos lugares al asesinato como ocurrió en Alemania. Los comunistas habían escindido la II Internacional y creado la III Internacional o Komintern acusando a los socialistas de “criminales”, “revisionistas” y “traidores” a la clase obrera. Recordemos que, por ejemplo, el líder obrero de la UGT y del PSOE, Largo Caballero, que luego sería llamado el “Lenin español”, formó parte del gobierno del dictador Primo de Rivera. Así, los miembros del PSOE o del SPD alemán pasaron a ser llamados por los comunistas “socialfascistas”.

Pero tras la llegada de Hitler al poder en 1933, el VII Congreso de la Internacional Comunista de 1935 impulsó por toda Europa la creación de “frentes populares” con los partidos socialistas, por lo que los socialdemócratas pasaron de ser enemigos a ser aliados de los comunistas. Por ello, se dejó de emplear el término “socialfascista” y se pasó a generalizar el término “fascista” para designar de forma genérica a los principales opositores al comunismo, que dejaron de ser los socialistas para ser todos los grupos de derecha. Durante la Guerra Civil española, el término se generalizó todavía más, pasando a designar no solo a los seguidores de Falange, sino a los militares, a los religiosos y sus fieles católicos y a las personas de clase media o alta independientemente de su ideología. Todos ellos pasaron a ser “fachas”. Podemos ver ejemplos de este análisis, por ejemplo, en la interesante obra de Clara Campoamor La revolución española vista por una republicana reseñada aquí.

El termino “fascismo” y su función pragmática como chivo expiatorio

Hay una parte de la humanidad que muestra una evidente tendencia a desviar sus problemas y errores hacia los demás. De esta forma, de verdugos o culpables pasan a mostrarse como víctimas. Con esto consiguen limpiar su conciencia, desviar el enfado y el dolor hacia sectores más débiles de la sociedad y, además, recabar simpatías hacia ellos mismo. Se conoce la figura del chivo expiatorio desde la Antigüedad con el sacrificio ritual de personas luego sustituidas por animales y podemos advertir esta misma tendencia en cualquier grupo humano, entre pandillas de amigos, en las clases de los institutos, en las familias y, por supuesto, en la política. Y así, este proceso de asilamiento social y deslegitimación que en ámbitos familiares llamamos ser el “garbanzo negro” y en el ámbito laboral hoy llamamos “acoso”, en la política se ha empleado también con profusión desde los inicios. Ya se hablaba entre los griegos del “ostracismo”, durante la Edad Media se generó el antisemitismo y a partir de nuestro Siglo de Oro, la leyenda negra ha sido el elemento clave usado por los protestantes para estigmatizar a los españoles como punta de lanza del catolicismo y hacerse con el dominio mundial fragmentando la comunidad hispanohablante.

Se trata, por tanto, de un fenómeno tan viejo como el hombre y que sigue hoy día teniendo plena efectividad. Hoy día, en España, se sigue hablando por parte de la izquierda o de los partidos separatistas de establecer “cordones sanitarios” contra Vox o contra el PP, con la carga semántica que esto conlleva. Al emplear esta terminología, las personas contra las que se establecen esos cordones sanitarios son, por tanto, convertidas en gérmenes patógenos, deshumanizándolas de hecho.

Los nazis hicieron eso mismo con los judíos. Primero los señalaron como culpables de la decadencia de Alemania, después los animalizaron comparándolos con cucarachas o ratas, luego los aislaron socialmente, después los encarcelaron y finalmente los asesinaron por millones. Este comportamiento inhumano ha convertido a Hitler en el enemigo público número uno de la historia de la humanidad y buena prueba de ello es que en el reciente conflicto ruso-ucraniano, los dos bandos califican a sus rivales como “nazis”. Esa es la etiqueta que acepta toda la humanidad como significante de las mayores cotas de crueldad e inhumanidad posible. En esto hay un consenso casi universal. 

Sin embargo, como muestra de forma irrebatible Yuri Slezkine en su magnífico ensayo La casa eterna, quienes desarrollaron ese sistema de violencia social y lo llevaron a sus mayores cotas de inhumanidad y exterminio, tanto en número de personas como en el perfeccionamiento cruel de las torturas y asesinatos fueron los comunistas rusos desde Lenin en adelante.

La creación constante  de un enemigo imaginario

Y fueron los comunistas rusos quienes comenzaron sus “cordones sanitarios” desde su acceso al poder. La Revolución rusa, desde el principio, fue un baño de sangre ejecutado por los comunistas rusos en el que murieron por violencia política e ineficacia administrativa decenas de millones de personas. Repitámoslo: a pesar de que han sido los nazis quienes han acabado como representantes máximos de la maldad humana, decenas de millones de rusos habían muerto en la URSS a manos de los comunistas rusos antes de que Hitler llegara al poder. Obviamente, ante esa avalancha de hambrunas y asesinatos masivos en la URSS, los dirigentes solo vieron una forma de impedir la rebelión social, como muy bien señala Orwell en su obra 1984: reprimir hasta la cárcel, la tortura y la muerte cualquier foco de disidencia posible o inventado y generar un enemigo al que echarle las culpas del desastre económico que las ideas comunistas habían producido. Crearon desde el principio una policía política, el NKVD (en el que luego se inspiró la Gestapo) y se aprestaron al señalamiento de disidentes reales e imaginarios, para luego ejecutar sobre ellos la más cruel represión. Los encarcelamientos y asesinatos ejecutados además contra supuestos enemigos (muchas veces militantes comunistas) cuya inocencia era conocida perfectamente por familiares, compañeros de trabajo o camaradas del partido, servía para crear un ambiente de Terror social del que era imposible sustraerse. En ese clima terrible, en el que los propios hijos denunciaban a sus padres, se criaron todas las generaciones soviéticas desde 1917 hasta 1989. 

De esta forma, los bolcheviques desde Lenin hasta la actualidad fueron poniendo nombre a los supuestos enemigos que impedían el progreso de la URSS, a los que hacían culpables de todos los males que asolaban el país. Primero, nada más tomar el poder, fueron los “zaristas”, denominación en la que incluyeron por ejemplo a los cosacos. Cuando violaron, mataron y robaron a todos los “zaristas”, los enemigos de la Revolución pasaron a ser los “burgueses” y los “intelectuales”. Tras el encarcelamiento o fusilamiento de miles de familias enteras de la clase media rusa, los comunistas designaron un nuevo enemigo: los “kulaks”. Era el tiempo de la colectivización forzosa (que generó una hambruna que solo en Ucrania costó más de cinco millones de muertos). Entonces, cualquier propietario de tierras por minúscula que fuera su propiedad podía ser considerado un “kulak”, lo que suponía el requisamiento de las cosechas, la expropiación de sus tierras y su encarcelamiento en Siberia para realizar trabajos forzosos. Es ahí cuando surge el Gulag, el impresionante y terrible conglomerado de campos de concentración soviético que luego imitarán, pálidamente, por supuesto, los nazis. Cuando los comunistas soviéticos acabaron con la clase de los “kulaks”, la economía seguía yendo fatal y el nuevo enemigo fueron los “saboteadores”, que al parecer no tenían mejor cosa que hacer que sabotear los procesos económicos para empobrecer Rusia. Otros tantos millones de personas, entre ellos muchísimos líderes comunistas, fueron encarcelados y asesinados acusados de ser “saboteadores”. Después vinieron los “agentes provocadores”, luego los “social-fascistas” y finalmente los “fascistas”. En todos los casos, lo que menos importaba era qué quería decir el vocablo, porque en realidad siempre quiso decir lo mismo: enemigo que hay que eliminar como a “insectos”. Este lenguaje, consistente en animalizar a los enemigos reales o imaginarios, fue inventado por el propio Lenin y como demuestra Slezkine está en todos sus artículos, documentos y correspondencia privada. Para Lenin los enemigos son insectos, cucarachas, etc. No es un proceso inventado por Stalin, aunque él mismo lo desarrollara como nadie, sino que surgió con el propio comunismo real. 

Los términos “fascista” y “fascismo” como polarizadores sociales y chivos expiatorios del comunismo: El caso de Andrés Nin

Este proceso, en España, mostró muchísimos ejemplos tras la llegada de los espías rusos del NKVD durante la Guerra Civil, donde con la anuencia de los sucesivos Gobiernos prosoviéticos, organizaron y dirigieron el SIM (Servicio de Inteligencia Militar). El PCE consiguió en aquellos tiempos popularizar el término “fascista” (con su variante española: “facha”) entre los comunistas y sus aliados contra sus enemigos políticos, independientemente de que fueran fascistas en sentido estricto o no. De hecho, fueron decenas de miles las personas asesinadas por los comunistas durante la Revolución española desde 1931 hasta 1939 acusadas de ser “fascistas” y posteriormente. Tal fue el caso de Andrés Nin, que había sido secretario personal de Trostky, enemigo de Stalin (también asesinado en 1940 por un agente estalinista, el español Ramón Mercader).

Nin era el líder del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) que, dentro del bando republicano, se enfrentó durante la Guerra Civil al todopoderoso PCE proponiendo unas políticas más abiertamente revolucionaria. Este proceso lo describe muy bien George Orwell en su Homenaje a Cataluña, pues el escritor inglés participó en nuestra guerra enrolado en las milicias del POUM. De su experiencia en nuestra guerra surge precisamente su visión sobre el comunismo que plasma en 1984. Tras los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona (una pequeña guerra civil entre los comunistas del POUM y la CNT dentro de la Guerra Civil contra los estalinistas), el PCE publicó una falsa carta en la que Nin, supuestamente, proponía a Franco ayudarle a invadir Barcelona. Hoy todo el mundo sabe que esa carta que se empleó como prueba acusatoria era torpe y absolutamente falsa, pero las cosas no eran tan sencillas en 1937 y, de hecho, a las pocas semanas, el periódico del POUM (La Batalla) fue prohibido por el Gobierno prosoviético de la República y Nin fue secuestrado por agentes del espionaje soviético (NKVD) y conducido a Alcalá de Henares, donde fue despellejado y asesinado por los espías rusos. Su cadáver aún no ha sido encontrado, aunque no parece que haya nadie interesado en encontrarle, lo cual puede estar relacionado con lo que estamos hablando.

Cuando esto ocurrió, los militantes del POUM lanzaron una consigna en pintadas callejeras que rezaba: “¿Dónde está Nin?”. A esta campaña por esclarecer el secuestro y asesinato de su líder, los comunistas del PCE contestaban jocosamente escribiendo debajo: “En Burgos, en Roma o en Berlín.”; es decir, tras haberlo asesinado, tildaban a Nin de fascista. Incluso Negrín, el presidente del Gobierno, declaró que Nin estaría “con sus amigos de la Gestapo”. Recordemos que, en esos mismos momentos, era el propio Stalin quien se disponía realmente a negociar con los nazis un pacto que suponía la repartición de Polonia entre ambos países.

El antifascismo como plataforma de masas del comunismo 

El antifascista como antónimo del fascista.

Es también una creación de la guerra española la figura del “antifascista”, como ser político cuya finalidad principal es noble y altruista, pues se trata, simplemente, de un “enemigo del fascismo”. A ese banderín de enganche intentaron unir los comunistas (y con mucho éxito) a todos las personas (de buena o mala fe) que pudieron. Desde el inicio de la contienda, una de las más significativas en lo relativo a la propaganda, los comunistas crearon un relato según el cual la Guerra Civil española era el combate entre un gobierno democrático legítimamente elegido y un grupo de fascistas que se había alzado en armas contra él. Este relato no fue creído por las democracias burguesas de la época y de ahí que tanto Inglaterra como Francia o Estados Unidos firmaran el famoso pacto de no intervención.

Pero otra cosa fueron las masas de estos países y del mundo occidental que, como democracias, eran muy susceptibles a la propaganda. Y a esta tarea se aprestaron los comunistas, lanzando la dicotomía “democracia-fascismo”, que ocultaba la real “comunismo-anticomunismo”, que era la que realmente entre la población española operó durante todo conflicto.

En esta tarea singularmente se intentó polarizar a los escritores y artistas, intentando que firmaran “manifiestos antifascistas” por el tremendo efecto propagandístico que ello tenía en todo el mundo. Y con esa finalidad, los comunistas crearon la Alianza de Intelectuales Antifascistas (AIA) en la que figuraron prestigiosas personalidades como o se hicieron manifiestos en Hollywood. 

Fue así como surgió el término “antifascista”, intentando dividir el mundo en dos facciones opuestas e irreconciliables. Por un lado, estarían los “fascistas” que, como ya hemos visto, eran una creación del comunismo que englobaba a todos los enemigos políticos del comunismo y, por el otro, estarían los antifascistas, que era el término con el que los propios comunistas se designaron a sí mismos y a quienes les quisieran acompañar en su viaje.  La elección de este término intentaba agrupar a toda la población a la que le repugnaba el fascismo, buscando de esta forma atraer a la ideología y estrategia comunista a personas inicialmente no comunistas para instrumentalizarlas para sus propios fines. Esta técnica tan simple como efectiva sigue siendo utilizada hoy por los comunistas en todo el mundo y sigue recogiendo simpatías entre las personas más ingenuas.

Los términos “fascismo” y “fascista” tras la Guerra Mundial

Tras la Guerra Mundial y la derrota de los países del Eje, que podían ser clasificados como “fascistas” (Japón, Alemania e Italia), surgió el Telón de Acero y la Guerra Fría: el mundo de los bloques comunista y anticomunista, el Pacto de Varsovia y la OTAN. Esto hizo que, por ejemplo, la dictadura de Franco y otras similares fueran toleradas por las democracias liberales en la medida en que formaban parte del bloque anticomunista. Esto hizo que el término “fascista” y “fascismo” retrocedieran en su uso y pasaran a ser utilizados en Estados Unidos o Europa solo por los comunistas o filocomunistas.

Estos pasaron a asociar ambos términos a las dictaduras militares de todo el mundo, independientemente de que pusieran o no la economía en manos del Estado. Así la dictadura de Franco o Pinochet fueron caracterizadas como fascistas mientras que con la de Perón el juicio es más benévolo y la de Fidel Castro, directamente no era “fascista”, pues era comunista. Tampoco se designaron así los grupos terroristas de izquierda que defendían ideas comunistas (y por tanto totalitarias) mediante el crimen y el asesinato.

El sinónimo referencial actual del fascismo: el término “ultraderecha”

En los últimos años, se ha producido en toda Europa el surgimiento de unos partidos que manifiestan un abierto rechazo ante la inmigración ilegal, reivindican las tradiciones culturales y la identidad política de sus propios países, son conservadores y cristianos desde el punto de vista moral y desconfían de las regulaciones de corte socialdemócrata que imperan en la Unión Europea. Este bloque ha sido tildado de “ultraderecha” sin atender a las diferencias que pueda haber entre ellos. En la mayor parte de los casos, estos mismos partidos no han mostrado gran interés en deshacerse de esta etiqueta. El auge de estos partidos ha conducido a que, sobre todo en medios socialistas, se haya comenzado a emplear este término en vez del de “fascismo”, pero buscando las mismas finalidades. Este uso se debe a que ninguno de estos partidos reivindica la violencia ni la llegada o mantenimiento del poder por medios violentos.

Los términos “fascismo” y “fascista” en España

El caso español es el más interesante para nosotros, pues es el país en el que vivimos y quizás en el que el término se ha revitalizado con mayor vigor en la última década empleado por dos sectores muy marcados: los comunistas y los separatistas catalanes y vascos. 

La utilización actual se debe, en primer lugar, a las tendencias que en la izquierda española se dieron de forma recurrente tras la Transición a romper el pacto del olvido de lo ocurrido en la Guerra Civil y que daba por supuesto crímenes nefandos por ambos bandos. Este pacto de convivencia se rompió bien pronto y la acusación de “fascismo” abierta o encubierta contra los partidos de derecha y sus militantes se dio desde la izquierda (singularmente el PSOE de Felipe González) desde la propia aprobación de la Constitución (1978) y se revitalizó cada vez que la izquierda vio peligrar su mayoría parlamentaria (singularmente en las elecciones de 1996 con el spot donde se representaba al PP con un dóberman, perro de connotaciones nazis) y eso a pesar de que cuatro de los siete redactores de la Constitución eran de derechas. Esta tendencia llevó a que la derecha española haya sido acusada reiteradamente por los líderes socialistas de ser “heredera del franquismo”, de “no ser homologable a la derecha europea”, de tener comportamientos antidemocráticos o incluso, directamente (en el caso de Vox), de ser fascista. Esta línea de propaganda socialista ha sido secundada por los comunistas sobre todo tras la irrupción de Podemos.

Por otro lado, los separatistas han empleado los términos con igual profusión y así tanto el mundo de la ETA como el separatismo catalán han tildado como “fascistas” a quienes se le han opuesto e incluso ha intentado deslegitimar a España calificándolo como “Estado fascista”, insistiendo en que pervive en nuestra nación el franquismo y justificando de forma constante las agresiones, el aislamiento y hasta el asesinato de de sus opositores (muy singularmente de las casi mil víctimas de la violencia etarra).

La finalidad pragmática: la extensión del terror. 

Desde un punto de vista pragmático, la voz “fascista” se empleó y se emplea, por tanto, por elementos comunistas y filocomunistas contra una persona o un partido con la intención de aislarlo socialmente y, posteriormente si se dan las circunstancias oportunas o necesarias, reprimirlo, prohibirlo, agredirlo y asesinarlo. Es decir, el término, como todo insulto, es el paso previo en la escalada de la violencia, convirtiéndose además en la justificación del empleo de métodos violentos contra las personas que primero han sido así caracterizadas. Es decir, primero se le adjudica el calificativo de “fascista” a algún grupo de personas y eso sirve como justificación suficiente para repudiarlo, aislarlo socialmente, prohibir la difusión de sus ideas, encarcelarlo o asesinarlo. Por tanto, la finalidad pragmática del vocablo es la instalación del terror social, favoreciendo de este modo la pasividad y la inacción ante las políticas comunistas. 

De este modo, además, se realiza una política disuasoria y preventiva. Si una organización a la que previamente hemos catalogado como “fascista”, alcanza el poder democráticamente, nos sentimos legitimados para utilizar cualquier medio para derribarla, singularmente el caos y la violencia. Un ejemplo claro de esto lo pudimos ver en España en 2019, cuando Podemos reaccionó a su derrota electoral y a la victoria del PP declarando la “alerta antifascista”, que consistió en promover conflictos callejeros incluyendo violencia y vandalismo, que no llegaron a más no por falta de interés de sus promotores, sino por el escaso eco social obtenido.

Ese mismo proceso se sigue utilizando hoy por parte de toda la izquierda. Tanto el PSOE como Podemos y sus terminales mediáticas repiten hasta la saciedad la acusació a Vox de ser fascistas y la derecha de ser “cómplices del fascismo y la ultraderecha”, término que es ahora más utilizado para referirse a los enemigos del socialismo y el comunismo. Esto es perceptible cada día en el Telediario o en las declaraciones de los grupos de izquierda. Solo hace falta tener ojos y mirar la realidad de manera objetiva.

Lo más singular de la evolución del término es que algunos partidos de derechas en España, Ciudadanos y el PP, también han empleado últimamente estos términos para designar a sus enemigos políticos, con lo que la generalización del término es ya absoluta llegando a grados de confusión tragicómicos. De este modo, es la misma derecha quien renuncia a explicar a la población qué es el fascismo y cuáles fueron sus causas, para asumir la propia lógica del comunismo, pero encauzándola fuera de su significado primigenio y dirigiéndola hacia otro objetivo externo a ellos: los propios comunistas, singularmente cuando emplean métodos de tipo violento. De este modo, para los ideólogos de la derecha, “fascista” es un sinónimo de “autoritario” o “violento” y no un seguidor de Mussolini.

Conclusiones

Finalizamos por fin esta serie con las siguientes conclusiones fundamentales:

1. El término fascista se asocia con el totalitarismo, la ausencia de libertades, la tortura, la represión y la muerte. Hitler sería el máximo exponente del mismo y el enemigo más importante de la humanidad. 

2. El término fascista se utiliza de forma generalizada por las izquierdas para designar a personas que no son objetivamente fascistas. 

3. La finalidad de su uso es aislar a los colectivos sociales que la izquierda elige como enemigos. Su significado acaba quedando realmente vacío, pues se aplica de forma arbitraria. Su sentido es siempre el de “ser despreciable”. La finalidad es el aislamiento social de estos grupos y finalmente, si se dan las condiciones, su represión, encarcelamiento y asesinato.

4. La segunda finalidad de usar ese término es polarizar la sociedad y dividirla. Al designar a una parte como fascistas, se persigue conseguir que el resto de la sociedad también se declare anti-fascista y simpatice por tanto con la ideología comunista. De estas simpatías provendrán alianzas, influencias ideológicas e incluso la hegemonía ideológica sobre las masas.

5. La tercera finalidad de usar este término es ocultar con esta cortina de humo que las prácticas totalitarias, la negación de las libertades, los robos, las torturas y los asesinatos masivos han sido ejecutados sobre millones de personas allá donde el comunismo ha gobernado o ha intentado gobernar. Es decir, se acusa a un supuesto rival exactamente de los mismos delitos que en la práctica los comunistas han cometido de forma constante.

6. Las derechas han sido incapaces de revelar ante la población este burdo juego semántico y han calcado sus expresiones y conceptos y son ellos mismos quienes emplean también los términos “fascistas”, “cordón sanitario” o “ultraderechistas”. De esta forma, se muestra su incapacidad para dotar a sus bases sociales de una explicación racional de la sociedad quedando a remolque de los conceptos generados por la izquierda.

7. En España, el término se ha usado con profusión sobre todo por los terroristas etarras y por la izquierda en general, bien de forma explícita o bien de forma subliminal al indicar que la derecha española es heredera del franquismo, nostálgica del mismo o no es homologable a la europea. La finalidad ha sido siempre aislar las ideas de derechas en la sociedad. El éxito de esta propaganda es innegable.

Los sueños sociales de unos son siempre las pesadillas de todos los demás.

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Ayer, 6 de diciembre de 2016,  en el Parlamento de España hubo diputados que quisieron marcar su oposición a la Constitución de 1978. Es para ellos una ley que supuso una traición y que no merece respeto leal. Es una ley que no les representa. También en algunas ciudades de España, grupos separatistas han ofendido nuestra ley suprema de diferentes maneras. Es evidente que hay muchas personas en España que cuestionan el marco social vigente. ¿Somos conscientes de lo que eso supone?

La democracia es ley antes que nada

Muchas personas creen que la democracia es votar. Y es cierto que esa es una parte de la democracia. Pero no es la única. El voto ha de tener límites para que un estado sea democrático. ¿Se puede votar en España que los negros o los judíos son inferiores? ¿Por qué no? ¿Acaso no tenemos derecho a votar y el pueblo es soberano? ¿Se puede votar en España que determinado líder político (o usted o yo mismo) es un imbécil? La respuesta es no. La Constitución garantiza sus derechos (y los míos). Por esa misma razón, hay otras muchas cosas que tampoco se pueden votar. Porque la ley que garantiza la estabilidad y la concordia, la Constitución lo impide.

Así pues para que haya democracia es  que haya una ley que garantice el derecho al voto y unas normas muy básicas que todos se comprometen a respetar siempre, pase lo que pase. En España esa ley es la Constitución de 1978 y quien la toca, solo la puede sustituir por otra que tenga más apoyo que la actual.

La democracia solo sobrevive en  la moderación

La democracia es siempre el terreno de la estabilidad y la moderación, del acuerdo y la cesión. De forma forzosa e imprescindible. Y cuando esto deja de ser así, es que estamos caminando, lo queramos o no, hacia el enfrentamiento y la guerra. Y por tanto, hacia el final de la democracia. Apliquemos el sentido común. Si en una democracia, un grupo de personas quiere cambiar las normas del juego y otros grupos  están en contra, el grupo renovador solo puede plantearse cambios menores y que no resulten traumáticos a los otros grupos sino quiere crear un enfrentamiento social. Si por el contrario, los cambios planteados son radicales y amenazan con modificar el estatus quo de los demás; es decir, el marco que ha garantizado hasta ese momento la convivencia entre todos, es seguro que la otra parte de la sociedad, que sigue aceptando el marco social vigente, que les ha garantizado la convivencia, se asustará y por tanto, se radicalizará para evitarlo. Esto es absolutamente lógico.

Es más, históricamente, cuando una de las partes se ha radicalizado, el clima social se ha ido tensando hasta desembocar en graves disturbios, asesinatos, revoluciones y guerras. Toda Europa vivió este proceso de radicalización durante los años 30 del siglo XX, una etapa histórica que acabó con la instauración del nazismo en Alemania, del fascismo en Italia, la Guerra Civil española y, finalmente, la devastadora Segunda Guerra Mundial. Todo esto costó decenas de millones de muertos. Ese fue el precio del fin de la democracia.

Los sueños tienen siempre un coste

Que nadie se engañe. Cuando alguien habla de que va a imponer sus sueños, al tratarse de ideas que están muy alejadas de lo que ahora ocurre (si no, no serían sueños), son a la vez la pesadilla de los demás. Los sueños de unos son obligatoriamente las pesadillas de todos los demás. Y esto lo vemos día a día con mayor insistencia en España.  Es muy fácil hacer la carta a los Reyes Magos y pedir que lo pague el vecino. Y es absolutamente ingenuo pensar que el vecino (que es el que tiene el dinero) lo va a pagar. alegremente. Si es poco el pago, se resistirá poco; pero cuanto mayor sea la cuenta, mayor será la resistencia. Esto es de una evidencia palmaria.

Y conseguir los sueños en la tierra no es gratis. Justamente porque son sueños.

Los sueños individuales nos exigen enormes esfuerzos personales, sacrificios, renuncias y pérdidas de todo tipo en aras de lo que queremos conseguir. Seamos deportistas, artistas o simples seres humanos que conocemos el esfuerzo que cuestan las cosas, sabemos que solo con el dolor se alcanzan los sueños. Con nuestro propio dolor, no con el ajeno.

Los sueños sociales también exigen esfuerzos personales, pero además de los nuestros exigen torcer la voluntad de muchas otras personas y obligarles a pasar por sacrificios que no quieren y no tienen por qué asumir. Y la cuestión no es si una cosa es más injusta o menos, porque lo que para unos es justo, para otros no lo será. No hay que quedarse solamente en lo que queremos o nos parece bien, sino que hemos de pensar de qué forma se puede conseguir y si estamos dispuestos a ese coste. Para hacer una tortilla hay que romper los huevos. Y eso no es justo ni injusto; simplemente es. Y solo hay una manera de conseguir sueños sociales, y es por medio de la violencia. “La revolución es la partera de la historia”, decía Carlos Marx, que era un revolucionario valiente y sin careta . Lo que todos los seres humanos hemos de preguntarnos es qué precio estamos dispuestos a hacer pagar a nuestros semejantes por imponer nuestros sueños sociales. ¿La represión y la cárcel? ¿los campos de concentración? ¿el atentado terrorista? ¿el asesinato? ¿la revolución y la guerra? Solo cuando hayamos contestado a estas preguntas, podemos seguir la senda de la radicalización y de los sueños.

La democracia es el sistema del cambio pacífico

Esto no significa que no se puedan cambiar las cosas. La democracia es el terreno del cambio posible y pacífico. La democracia permite que las sociedades han cambiado y cambian, diariamente, sin violencia. De la sociedad española de mi infancia a la actual hay cambios tremendos. La libertad política, el ingreso pleno de España en Europa y en el mundo occidental, la incorporación de la mujer al trabajo, la generalización de los anticonceptivos o la instauración de la informática en nuestras vidas han supuesto un cambio radical en la sociedad española. Todos esos cambios han sido posibles dentro del marco constitucional vigente. Un marco democrático y reformista. No fueron posibles en el marco anterior (el del general Franco), ni tampoco lo serían en el que nos prometen los que proclaman sus sueños, nos prometen asaltar los cielos y en la práctica gestionan las peores  pesadillas en Cuba o Venezuela, aunque ellos prefieran vivir aquí en este lodazal de corrupción. Sacrificados que son, sacrifican sus sueños por nosotros.

Querámonos a nosotros mismos y busquemos la concordia. Cualquier grupo que aspire al cambio de la Constitución de 1978 debe garantizar un consenso mayor que el que se consiguió entonces. Lo demás es conducir a la población (y no como Marx, con la verdad por delante, sino con engaños y embelecos) por la senda que lleva al enfrentamiento violento, al asesinato y la guerra.